las losas agrietadas del camino que hay que salvar (parte 3)

Cuando Elena despertó al día siguiente aún era de noche; los niños habían estado tranquilos, la morfina también ayudó mucho para que ella durmiera de un tirón y su mente lo notaba. Se había convertido en un hábito sentarse por la mañana en la cocina y fumar unas caladas del cigarro, pero ahora que había empezado a llevar a los mellizos al colegio, prefería retrasarlo. También era una costumbre bajar a la calle a la llamada del lechero, éste sabía lo que Elena quería y no hacía falta señalar con gestos.

A las siete, Octavia gritó que quería leche, y su madre comenzó la rutina: prepararles los vasos de leche, vestirlos, gritos, peleas, salir corriendo y más peleas en la calle hasta que llegaban al colegio. 

La hermana portera del centro le dijo que la directora quería hablar; Elena pensó que eso de hablar debía de ser un chiste; ya quisiera ella: poder conversar largo y tendido sobre su situación, pero debía limitarse a asentir o negar con la cabeza a todo lo que los demás tuvieran a bien contarle o escribir, de vez en cuando, en su pequeña pizarra si quería hacer alguna pregunta. Esperó a las puertas hasta que la portera terminó de recibir a los niños y tuvo que soportar comentarios crueles de las demás madres que ya la conocían porque los rumores volaban por aquel barrio. Las mujeres cometieron el mismo error que los demás desde que ella salió del hospital: como no podía hablar, la tomaban por sorda, y no tenían inconveniente en criticarla como si no estuviera presente.

—Esta es la rica venida a menos.

—Dicen que el marido la dejó porque se enteró de que los niños no eran de él.

Las mujeres la miraban de arriba a abajo mientras hablaban de ella.

—Y ahora, se aprovecha de la caridad de las hermanas… —apostilló una tercera.

—Pues que trabaje como todo el mundo —dijo la primera— Mi marido se parte el lomo para llevarnos a todos para delante.

—¡Si esta no sabe ni cómo criar a unos niños!

Todas se rieron de una manera escandalosa, y Elena notaba sus ojos llenarse de lágrimas; tenía la impotencia de no poder contestar pero, aunque hubiera podido, no sabría enfrentarse a esa crueldad. Nunca había sido objeto de un ataque tan brutal, de hecho, jamás se había encontrado en una situación en la que ella fuera objeto de agravio.

—Y mi Manolillo me ha dicho que la niña está aventá [1].

Elena ya no supo quién dijo eso porque les daba la espalda, pero conocía el término; así era cómo llamaban a los locos o dementes que iban por la calle.

—¿Sólo la niña? —respondió otra —Y el niño. Dicen que es peligroso y que te puede atacar en cuanto a él le dé por ahí.

La portera, que estaba al tanto de la conversación, cogió del brazo a la madre y la metió al zaguán del centro; entonces, se dirigió a las otras:

—Señoras, ¿no han entrado ya sus hijos? Pues hagan el favor de apartarse para que entren los demás.

Las mujeres se alejaron de la puerta pero continuaron con su cháchara.

Elena, mientras tanto, no pudo aguantar más y se echó a llorar, las lágrimas le bañaban la cara y no le daba tiempo a enjugarse con el pañuelo. Pensó que habría sido mejor morirse en el accidente, pero se acordó de sus hijos y se convenció de que ella tenía que estar allí para protegerlos ante tanta maldad, aunque tuvieran que huir a un lugar alejado.

Cuando entraron todos los niños, la hermana portera cerró la puerta y le indicó que la siguiera. Fueron al despacho de la directora; esta se hallaba sentada a una mesa llena de papeles. Su rostro era amable, pero Elena estaba aprendiendo que ya no podía fiarse de la gente, así que se preparó para lo peor.

La monja le dijo que se sentara en la silla que estaba frente a ella, la mujer hizo lo que le dijo y esperó a que terminase de escribir mientras la comían los nervios. Pensaba que le habría venido bien fumarse medio cigarro de marihuana antes de salir, y, de paso, se acordó que ya se le estaban acabando y que, como muy tarde, tendría que ir al día siguiente a la botica para comprar otro paquete…

—Disculpa, Elena, buenos días. —La religiosa la interrumpió en sus cavilaciones— He pedido a la hermana portera que te hiciera pasar para conocernos mejor, aunque las hermanas que te cuidaron en el hospital me han informado, en su mayor parte, de vuestra situación.

Elena pensó que un día debería ir al hospital donde estuvo tanto tiempo para visitar a las monjas; se habían preocupado mucho por ella y, aún, seguían haciéndolo; si no fuera porque estaba tan sobrepasada con los mellizos, ya habría ido a agradecérselo.

—También sé —continuó la religiosa— que ya has ido a ver al doctor de Linares, el alienista. Espero que sigáis con él; es un hombre que conoce las teorías extranjeras y está utilizando nuevos métodos para la rehabilitación de enfermos mentales.

A la madre no le gustó que utilizara esa expresión, sabía que sus niños eran revoltosos y muy impulsivos, pero no los veía como enfermos.

—Aún llevas poco tiempo fuera del hospital y hay muchas cosas que no sabes —La monja se puso seria—: Conocí a tu madre cuando vino a este centro a pedirnos que admitiéramos a sus nietos. Ella es una señora que se ha ocupado de todo para que, cuando salieras, te encontrases como antes, pero no fue posible.

Elena ya sabía eso, y se preguntaba a dónde quería ir a parar la monja. Si pudiera hablar, ya le habría dicho que le hablase sin rodeos.

—Lo que no sabes, es que la niñera de tus hijos, cuando fue despedida, denunció que los niños llevaban tiempo mostrando un comportamiento anormal que hacía sospechar que sufrían algún tipo de demencia. Dijo que avisó a los padres, pero que no la escuchasteis…

A Elena se le escapó un grito que asustó a la religiosa. Tenía un sentimiento de injusticia y ensañamiento que sobrepasaba la crueldad. Quería hablar porque no tenía otra manera de proteger a sus hijos, todo iba muy deprisa, veía que los estaba perdiendo y que nadie le hacía caso porque la veían como a una lisiada. Quería contar que la sinvergüenza de la niñera jamás comentó nada sobre la conducta de los niños; que se lo había encontrado de pronto, y que ella siempre estuvo presente para escuchar todo lo referente a ellos. Esa mujer siempre dijo que sus hijos eran unos niños encantadores, buenísimos, según sus palabras y, ahora, cuando había perdido el trabajo, había sacado a relucir esa porquería.

Pero la hermana, aunque no quería hacer daño, debía terminar de explicarle la situación y, así lo hizo:

—Elena, después de aquella denuncia, la Diputación quiso conocer la situación real de tus hijos. Tu madre se ocupó muy bien de ellos, pero lo que contó vuestra niñera y el hecho de que las siguientes no aguantasen más de una semana en su trabajo no ayudaron nada.

La madre de los niños creía que se iba a desmayar de un momento a otro; pensaba que no volvería a ver a sus hijos.

—Las autoridades —continuó la religiosa— temen que los niños puedan ser un peligro en el futuro y quieren que los evalúe un frenópata. Elena se puso a manotear para negarse; estaba desesperada por parar la situación y emitía ruidos sin control.

—Elena, vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para evitarlo. Confía en el doctor de Linares; ha tratado a más niños que también perdían el sentido de la realidad y quedaban obnubilados como los tuyos, incluso, algunos, ni siquiera hablaban. Ya verás cómo saldremos de esta.

—Sólo te voy a pedir una cosa —siguió la directora. Elena se preguntó cómo se podía estar tanto tiempo con un soliloquio—, las Hermanas de la Caridad te van a ayudar en tu recuperación, al igual que lo hicieron mientras estuviste ingresada —recalcó esto último—, como eres una madre viuda sin apenas ingresos, te pagarán la medicación que te prescribe tu médico —Elena pensó que ya estaba tomando más marihuana de la que le había aconsejado el doctor, pero eso ayudaría mucho—, y la Madre Superiora me ha dicho que te pida que colabores con nosotras: necesitamos a alguien que confeccione las batas escolares de los niños y que repase las estropeadas.

Ella no tenía ninguna objeción, y tampoco había posibilidad de tenerla, puesto que no podía decir nada, pero la costura era una de las pocas cosas que sabía hacer y esa sería una oportunidad para agradecer todo lo que las monjas estaban haciendo por ellos.

Al rato, Elena salía con un hatillo con la tela que necesitaba para confeccionar las batas; no imaginaba que tenía que hacer tantas, pero pensó que era capaz de hacerlo por las mañanas, mientras los niños estuvieran en la escuela. Al final, la conversación con la directora había sido un bálsamo para ella y estaba más tranquila, pero no tanto como para perdonar un poco de marihuana. De hecho, ya era casi mediodía; apenas tenía tiempo de comer y de arreglarse un poco porque después de recoger a los mellizos, irían a la casa de sus vecinos: el señor Ruiz y su esposa los habían invitado a ir un par de veces a la semana. El esposo era profesor de dibujo en la Escuela de San Telmo de la ciudad y, según comentó su esposa, él estaba maravillado por el talento que Octavia mostraba en sus garabatos infantiles, así que le dijo que fuera a su casa para enseñarle a dibujar. A Elena le preocupaba la impulsividad de los hermanos; podían tener un ataque por cualquier cosa y, el hecho de que el matrimonio hacía, apenas, un mes había tenido a su primer hijo, la inquietaba, pero vio que era una oportunidad para que los niños se relacionaran con adultos.

De manera que, a la hora de la comida, se fumó parte del cigarro y preparó una rebanada de pan con un trozo de chocolate a cada niño para que se la comieran en el camino de vuelta.

Los hermanos hicieron difícil el regreso a casa, con peleas, gritos, llantos, y las miradas reprobatorias y comentarios de los que pasaban por al lado. En el último tramo, los mellizos iban casi en volandas, cada uno de una mano de la madre; la marihuana había apaciguado un poco el dolor de la espalda y subieron rápido hasta su piso para cambiarse y dirigirse a la casa de los vecinos.

Una vez en casa del señor Ruiz y su mujer, la señora Picasso, César no mostró interés por los dibujos y se puso a hablar con el hombre sobre antenas y pararrayos; Octavia se tiró al suelo con un cuadernillo y se puso a pintar palomas como le dijo don José. El matrimonio se mostró comprensivo con los mellizos a pesar de ser padres primerizos, y eso hizo que la tarde fuese más relajada para Elena, de hecho, se le pasó volando y ya era de noche cuando subieron para cenar.

Sin embargo, cuando volvieron, Elena no entendía qué había pasado. La puerta estaba abierta y la casa revuelta. Faltaban objetos de la cocina, el juego de café y la cubertería de plata; miró alrededor, y todo lo que tenía de valor del ajuar de su vida anterior había desaparecido. Les habían robado; tardó en comprender pero algo la empujó a tirar las cosas que hallaba, iba arrasando con todo. Sabía que aquella actitud iba a provocar una reacción violenta en los niños pero no podía evitarlo; se sentó en la silla de la cocina y se golpeó las piernas a puñetazos. Le dolía, tenía que parar, pero siguió golpeándose: sólo quería que se hundiera el mundo.

El vecino subió preocupado por el ruido, y Elena sintió alivio al verlo; ella le mostró lo que había pasado, otras dos vecinas de las plantas de abajo, en cuanto vieron el desastre, se llevaron a los hermanos junto a sus hijos, y el marido de una de ellas fue a buscar al sereno. 

Elena lo observaba todo como si ella estuviera en otro lugar. Alguien le preparó una tila; el sereno llegó y habló con el vecino. El guardia se dedicó a observar el salón, situado en el centro con los brazos en jarra. Un tiempo después, se marchó y las vecinas ofrecieron a Elena irse a dormir a sus casas, pero ella lo rechazó temiendo la reacción de los pequeños.

Cuando se fueron todos, sólo había silencio; los gemelos no pidieron a su madre que les enseñara los dibujos del libro de cuentos, y  Elena se acostó con Octavia en su lecho; César la miraba desde su cama de al lado hasta que se le cerraron los ojos. Octavia, casi dormida, se arrimó a su madre y la abrazó. Era la primera vez que lo hacía desde que nació.


[1] aventá: Expresión popular malagueña que significa ‘loca’ o, también, ‘atontada’, ‘despistada’.

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