La creación (la verdadera historia). Parte II

Parte II

Esa situación, más que alarmante, era totalmente insostenible para todos e inadmisible desde todos los puntos de vista. Es deber de los dioses construir y velar por el mundo. Para eso crean a los ángeles, cada cierto tiempo, después de cada cíclico Big Bang. Cada ángel tiene un propósito; creadores; vigilantes; acompañantes de la vida y guiadores de la muerte; expertos en caos y pitonisas de la contrariedad; esos y miles más; cada uno hecho con un porqué puntual. Si alguno no hace bien su trabajo, definitivamente son los dioses los que no están haciendo bien el suyo. Entonces el peso del universo se hace inmenso e insoportable, la balanza se mueve hacia la materia oscura y deja de existir el mundo, antes de su hora.

Era inminente la extinción de este mundo, hecho que había ocurrido millones de veces antes, pero nunca por esta causa.

El ámbito celestial estaba revuelto, nadie comprendía qué había pasado, qué había fallado; pero lo cierto era que había que tomar medidas al respecto. Nunca había ocurrido un error de esa magnitud.

Bien se sabe que la historia se acompaña de rumores. El mayor error conocido involucra una manzana y a dos humanos (los primeros del mundo) como responsables del cataclismo que dio vida a las fuerzas del mal, a la cruz de la humanidad. Pero esas eran solo historias que los dioses habían creado a su conveniencia (otro más de los tantos mitos que tenían que introducir en las cabezas de la raza humana para dar un toque de fantasía y temor a la vida); enamorarse era el verdadero Pecado Original. Los ángeles no podían enamorarse de algo más que lo creado por sus aureolas espirituales, no estaban diseñados para eso.

Ese amor acabaría con el mundo, y no de la manera que pensaban, no de la manera de siempre, sino que podía llevarlo a la nada paradójica de existir para siempre en un estado de pecado eterno que afectaría incluso a los confines supernaturales. Nadie estaba preparado para eso, para verlo, para sufrirlo; y nadie estaba preparado para reparar el desastre una vez establecido. Debían detenerlo antes. El culpable debía ser castigado, y así fue.

Los dioses no recordaban un antecedente a este tan devastador, pero sí recordaban bien que el mayor castigo para un ángel que se desvía de su propósito no es más que convertirse en lo más temido y triste: un fantasma. Un fantasma no es nada, no es nadie, no se ve ni se siente, no ve ni siente. Es un ente errante, que observa eternamente acontecimiento tras acontecimiento del mundo y de todos los que le sucederán; de la vida, del tiempo, sin tener espacio y tiempo propios.

Ese es el mayor castigo y es el que merecía una falla como esa.

Cuando él se enteró de su destino, aun sin poder comprender lo que le había ocurrido, sin siquiera saber porqué había sentido lo que sentía, no hacía más que pensar en aquel ser capaz de provocarle ese sentimiento. Su mente atormentada no albergaba pena, sino una angustia enorme, mas no por el castigo que le esperaba, sino porque ya no podría verlo más.

Continuará…

📷Pixabay\Editado con PhotoDirector

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