Revista Submarino de hojalata número 10

Revista Submarino de Hojalata número 10.
Especial retos.

“Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?Fernando Pessoa

Asunto pendiente (microcuento, JudithAA)

Creyó que yéndose al Otro Mundo podría eliminar el dolor de su pequeño universo. Pero olvidó que tenía un asunto pendiente, y se quedó varada en el espacio de los vivos. Trató de salir muchas veces hacia la luz, pero la luz la rechazó una y otra vez. Es que lo único que tenía que hacer era pedir perdón. Cosa simple si lo ves como una palabra. Cosa obligada en el mundo de los vivos, para no quedarte estancado en el pasado. ¿Pero cómo pedir perdón por haber existido? Jamás lo había querido, ni pedido. Y si había decidido marcharse fue porque de algún modo dejó de hacerlo (al menos espiritualmente), en los corazones y la memoria de la gente. Aunque la vida aún la tenía registrada como ente biológico que en algún momento ocupó un lugar en la historia de la humanidad. Entonces se dio cuenta de que jamás tocaría la luz; y todo por no poder perdonar a un destino sin propósito alguno. Perra vida, que te pone a caminar, por pura serendipia. Perra muerte, que por la incapacidad de la vida para controlar a sus seres, no te deja continuar.

Fotografía: Pinterest

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Edel

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Siete años a su lado fueron suficientes para amarla y respetarla. Se que ella me amaba hasta la adoración, lo sentía en sus caricias y sus mimos. Encontraba consuelo en mí y lo único que yo hacía era acompañarla y escucharla a diario. Al contrario de Vanda, su hija, quien la visitaba una vez al mes. Cuando se aparecía por la casa, yo pasaba a la cocina a saludarla y me regresaba a la habitación donde dormía al lado de Selma.

—Edel es muy raro, no me da buena espina. Cada vez que vengo, va y se encierra en tu recamara, mamá. —Decía Vanda.

—Déjalo vivir a gusto. No te hace mal, y a mí tampoco. Mientras yo lo quiera y él a mí, no tiene porque preocuparte nada. —le contestaba Selma, cerrando así el tema de nuestra relación. Y ciertamente, Vanda no tenía derecho de opinar.

El día que Selma ya no despertó de su siesta, no me preocupé mucho, su cuerpo seguía ahí y su perfume natural aún estaba impregnado en su bata. Me acurruqué buscando su cariño en sus manos frías y tiesas. Después de cinco días, comencé a sufrir de hambre y sed de una manera incontrolable. Su olor había cambiado y apestaba toda la casa. Con todo el dolor de mi alma, me vi en la necesidad de servirme de su carne. Ruñí de su lengua, y bebí de sus jugos gástricos para sustituir la falta de agua. Grité y lloré por todos los rincones, pero nadie nos daba auxilio. Comí de ella hasta el día dieciocho que entró Vanda a la casa.

Nos encontró juntos en el catre de la siesta, en una recamara contigua a la sala. Los dos ensangrentados hasta los bigotes. Se acercó a su madre llorando y gimiendo de espanto, yo la trate de consolar, pero al ver las manchas rojas en mi blanco pelaje, me tomó del lomo y me lanzó por el aire hasta hacerme golpear en la pared. Corrí asustado hasta debajo de la cama, de la habitación de noche, donde solía dormir al lado de Selma.

Decenas de hombres entraron y levantaron la declaración de Vanda, tomaron fotos del cadáver y del rastro guinda que dejaron mis huellas por todas las baldosas blancas.

—Ven gatito, es hora de cambiar de casa. —me dijo un hombre con unos guantes enormes y terroríficos.

Pero yo los quería fuera de ahí. Invadían nuestro espacio. Era el hogar donde crecí toda mi vida al lado de Selma y me querían sacar. Sentí odio, deseaba que Selma viviera y que mi comida hubiera sido la carne muerta de ese hombre.

Manoteó y me persiguió hasta acorralarme, cuando me intentó agarrar, le brinqué a la cara para aferrarme a su nuca con mis garras y morderlo.

—¡Maldita bestia! —gritó.

Me tomó con las dos manos y me sometió por el cuello hasta meterme dentro de una jaula. Luego me trajeron a este lugar frio y alumbrado. Me sirvieron comida como la que solía darme Selma, pero mi enfado y mi tristeza no me dejaba probar bocado.

Un día después, mi estomagó seguía tenso por estar encerrado en esa jaula. Vi entrar a Vanda al lugar, y no estaba seguro, si deseaba irme con ella. Era dura de carácter, y nunca me dio confianza.

—No ha querido comer nada. Es duro decirlo, pero tal vez ya le gustó comer carne humana. —vaciló la mirada, para evadir los ojos de la huérfana. —Piénselo. Mientras dígame, nombre y edad del gato

—No hay mucho que pensar, ese gato no me quiere. Quédenselo aquí.

—Bueno. Aun así, necesito el nombre y la edad del gato, para poder darlo en adopción.

—Sí, se llama Edel, tiene nueve años—No sé si Vanda mintió o solo desconocía mi edad.

—Bien, pues solo firme estos papeles. —puso unas hojas en la mesa y le entregó un bolígrafo que, Vanda tomó apresurada y firmó. Luego, la mujer me vio a los ojos.

—Adiós Edel. —y se fue.

El hombre se acercó a mí

—Es hora de dormir amiguito. —Dijo con una sonrisa malévola. Me acorraló en la jaula. Sentí un piquete frio en la pierna, cerré los ojos y vi a Selma.

Descripción: personaje de fondo

En una novela la construcción de los personajes es fundamental. Son quienes viven la historia y quienes le dan vida.

Piensa lo siguiente, si extraes un personaje de tu historia y la trama principal o subtramas no sufren daño, ese personaje o no está bien construido o no es necesario.

Para describir a un personaje debes tener en cuenta el peso que tiene en la historia. Si es protagonista, antagonista (villano), secundario, terciario o de fondo. En función de esto, la descripción se realizará en mayor o en menor profundidad. Tanto el protagonista como el antagonista es conveniente describirlo usando la misma proporción. La descripción del secundario será más corta, la del terciario un poco menos.

Del personaje de fondo podemos describir algún rasgo particular de su personalidad o de su aspecto físico y ni tan si quiera conocer cuál es su nombre. Con toda probabilidad aparecerá solo una vez en el libro.

Escribiremos solo lo que será relevante en las tramas o subtramas y produce el cambio

Veamos algunos ejemplos:

Antes: el personaje tiene miedo a que lo despidan y se esfuerza por encima de sus posibilidades.

1. Un tipejo desgarbado con más prisa que educación me tiró el café sobre los documentos del señor notario (personaje de fondo).

Este personaje de fondo ha cambiado la trama. Al tirarle el café sobre unos documentos importantes a un protagonista de la historia abre un abanico de posibilidades que deberá solventar: ¿podrá imprimir otra copia antes de entregárselo al notario? ¿Eran documentos originales imposibles de reproducir? ¿Perderá el trabajo?…

2. Observé a la muchedumbre. Fui incapaz de detectar quién poseía esa risa, pero estaba decidido a igualarla, al menos hasta que terminara la reunión de antiguos alumnos de la dichosa promoción del 79 (personaje de fondo).

Este personaje de fondo cambia la actitud que tendrá la protagonista ante un evento al que no quiere asistir. Ese cambio de actitud con toda probabilidad tendrá repercusiones en la trama. No es lo mismo llegar a un sitio y sentarse en la barra a beber sin relacionarse con nadie que entrar a hablar con todo el mundo “armado con una risa” (con intención de gustar, de entablar conversación, de recuperar amistades o amores, de buscar un contacto concreto para buscar un trabajo, con intención de aparentar felicidad y éxito …)

¿Has utilizado alguna vez a los personajes de fondo en tus relatos o novela?

Fotografía destacada: Pexels

HABLANDO CON LA VIDA (@ikormar, POESÍA)

Y aquí estoy
paseando con la
vida en perpetua soledad.
Le digo que en el
pasado quiero vivir,
borrar lo malo, disfrutar
de lo bueno.
Borrar que soy y he sido
un necio.
Enamorarme de cada sol,
De cada brizna de viento,
Exprimir cada sentimiento.
Pero la vida me ha mirado
y sonreído de medio lado.
“Mira muchacho, a pesar
de que ya has pasado esa
edad y pesa demasiado
la mochila, a mi lado siempre
serás un muchacho neófito
de mis secretos. Pero te he
de revelar que el pasado son
recuerdos y los recuerdos,
recuerdos son. El pasado
es muerte.
Yo, la vida, soy el presente…”
Y aquí me ha dejado,
dando pasos lentos
mientras dudo si avanzar
o quedarme quieto.
Deseando saber que hacer,
encontrarme de una maldita vez.
Dejar de estar perdido,
con el miedo como vicio,
el dolor como compañero
de baile y la soledad
como compadre.
La vida me ha hablado,
y supongo, que como siempre
no me he enterado.
Sin rumbo, otra vez, seguiré
vagando.

📸 PIXABAY

elrinconolvidado.home.blog

El trabajito

Noemí en Twitter y en Instagram

Noemí Ester Marmor, de Córdoba, Argentina. Dice que tiene una relación amor/odio con la poesía. Adora hasta la idolatría a Stephen King y Gabriel García Márquez. Ha publicado cuentos en el diario físico de Córdoba. Un guion teatral de un unipersonal representado por la actriz argentina, Cecilia Trejo en Chile. También sus letras se pueden ver en la Antología APAIB, Orgullo Zombi 2020 y 2021, Secretos del corazón (poesías, ediciones Afrodita), Antología Beatle, plaquette Sangre de tu sangre (editorial Winged). Y ha sido columnista en la revista virtual Rigor Mortis, con “Edgard, el coleccionista” y tambien en la novela “La misión de Muriel” (editorial Passer). A sus cincuenta años nos cuenta que le apasiona escribir y que lo hace desde que tiene uso de razón. Le agradecemos, que con esa misma pasión nos haga entrega de sus letras en este cuento de terror, “El trabajito”, una irónica historia de brujería que nos ha encantado.

El trabajito

—¿Está segura, entonces?

—Completamente. Es hacer justicia. Ni más ni menos.

—Se lo consulto porque hay clientas que se arrepienten cuando tienen la cabeza fría. Y en esto no hay vuelta atrás.

—Querida, jamás tomo una decisión en la vida sin pensarlo largo y tendido. Esto está decidido. No me voy a arrepentir.

 —Pero es su mejor amiga. En algún momento, puede ver las cosas de otra manera.

—No hay otra forma de ver esto. Mi supuesta mejor amiga, me engañó con mi amante y proveedor. Lo usó como a un juguete, y cuando se cansó, lo desechó. Y el muy idiota, se suicidó. Sin dejarme un centavo. Si no hubiera tomado mis recaudos a tiempo, cuando aún estaba bajo mi influjo, hoy debería ir a trabajar de nuevo ocho horas diarias como una esclava.

—¿No lo quería?

—No. Pero a ella sí. Le di mi afecto y confianza, y me traicionó. No soporto saber que respira el mismo aire que yo. No voy a tener paz hasta que pague su falta de respeto. Aníbal era mi proyecto personal. Mi seguro de retiro, por así decirlo. Ella echó a perder todos mis planes de una madurez económicamente estable y tranquila.

—Pero me contó que ya está en otra relación. ¿No sería mejor para usted dar vuelta la página?

—¿Acaso no desea ganar dinero? Este trabajito es bastante caro. ¿Por qué tantos remilgos?

—Solo le daba una opción. Cobro caro, pero no estafo. Quiero hacer lo mío sin cargos de consciencia. Porque soy un instrumento del destino. Considere que él fue quien la trajo hasta mí.

—Me gusta como lo dice. Quédese tranquila, y pongamos en marcha al destino.

—Muy bien. Necesitaré carne humana. Usted tiene que estar al tanto de todo el procedimiento. Puedo conseguirla a través de un contacto en el hospital. Alguien que trabaja en la morgue. Usted deberá traerme tierra de un cementerio. Es mucho más poderosa mi labor si en él hay enterrado algún ser querido de la persona que trabajaré.  Necesito también fotos de ella, y en lo posible, alguna prenda de su pertenencia. ¿Aún tiene la regla?

—¡Por supuesto! ¿Tan vieja me veo?

—En absoluto. Pero hay mujeres que dejan de tenerla relativamente jóvenes. Mejor si no es su caso. Me deberá proveer de esa sangre.

—¿Y qué hubiera hecho si estaba menopáusica?

—Sencillo, se hubiera tenido que cortar, y brindarme de allí lo que le pido. Pero, según mi experiencia, todo sale mejor y es más potente, si viene del útero. Cuando consiga el material cadavérico, la llamaré. Es absolutamente necesario que esté conmigo mientras confeccione la muñeca. Para entonces, deberá venir con los elementos que le pedí.

—¿Le pago ahora?

—Prefiero que lo haga cuando esté todo en marcha. Para mi tranquilidad, y la suya.

—Me parece bien. Quedo a la espera de su llamada, querida.

Antonela se fue taconeando muy satisfecha de la casa de la bruja.

Se la había recomendado una amiga del mismo grupo que integraba con Mónica, la traidora. Había violado ese pacto no escrito de solidaridad y respeto de esa sórdida y productiva comunidad de mujeres que vivían de la generosidad masculina.

Rompió los protocolos por capricho. Ella la aleccionaría. Sonrió al pensar en la hechicera. Había esperado ver a una anciana de aspecto siniestro, con una lechuza en el hombro. Se encontró con una joven atractiva, con aspecto de mujer de negocios, y una dialéctica práctica y sensata. Nada de oscurantismos, ni drama. Eso le resultó agradable.

Pasados unos días, Laila la llamó. Combino la fecha en que tendría su menstruación para apersonarse.

Ya había ido a juntar la tierra del cementerio donde descansaba la madre de Mónica, y tenía a mano una chalina que ella había dejado en su casa.

—Bueno, Antonela, pasemos al procedimiento.

Laila sacó de un recipiente plástico guardado en su refrigerador sendos pedazos de piel con carne adherida. Lo colocó en su escritorio, donde ya estaba dispuesta una aguja de coser gruesa, grandes tijeras de plata, e hilo de suturas quirúrgicas.

Antonela sintió náuseas al ver las piezas de restos humanos. Tragó saliva, y contuvo sus ganas de salir corriendo de allí. La bruja cortó hábilmente las partes que necesitaba, con sus manicuradas manos cubiertas de guantes de látex.

Cosió con la pericia de la experiencia, mientras salmodiaba una oración en un idioma desconocido.

Una vez confeccionada la horrenda muñeca, la rellenó con la tierra empapada en menstruación, y colocó la fotografía de la víctima en su interior. Con un afilado cuchillo de punta muy aguda, le dibujó los rasgos a la espantosa carita de carne muerta, y con un pincel y una extraña tinta negra extraída de un tintero con símbolos cabalísticos, los remarcó.

El rostro de la muñeca tenía una repulsiva mueca de espanto. Para completar su obra, la envolvió en la chalina de seda multicolor. Después, la colocó en una caja de madera, tallada con pirograbado, con el nombre de la destinataria del hechizo, y de quién lo decretaba por mandato. Poniéndola en una alegre bolsa de compras, se la tendió a Antonela.

 —Ya está. Cuando la entierre, no habrá retorno.

—Está bien. ¿Qué es ese sonido que sale de la caja? -—preguntó con el estómago revuelto.

—Larvas. Muy activas. Se alimentan de la sangre en la tierra. Luego devorarán la carne de la muñeca, cuando usted la sepulte. Verá el resultado con sus propios ojos.

—¿Será tal y cómo me lo prometió?

—Por supuesto. Su amiga comenzará a pudrirse en vida. Algo similar a la lepra, pero sin cura. El primer síntoma será un sarpullido, seguido por decoloración en cada una de las zonas afectadas. Luego, pérdida de la sensibilidad. Irá… perdiendo piezas, por así decirlo.

—Perfecto. —dijo muy pálida. -—¿Le abono ahora?

—Estaría muy bien.

 Antonela, le extendió un cheque, tratando de no denotar el temblor de sus manos.

 Laila lo tomó con un movimiento felino, y una sonrisa fría. Se saludaron cordialmente. Cuando ya se retiraba del hogar de la bruja, ésta le dijo:

—Por cierto, no demore en enterrar la muñeca. Si no lo hace esta misma noche, la caja estallará por la acción de las larvas carnívoras. Y no me hago cargo de las consecuencias. Mi poder —hizo una breve pausa —tiene algunos límites.

Antonela se fue absolutamente horrorizada, reprimiéndose para no arrojar la bolsa con el malsano contenido. Se ordenó calmarse.

Al llegar a su bella casita, tomó un buen trago de whisky, y se apresuró a llevar una pala, y la infausta bolsa al jardín.

Cavó la fosa bien profunda, y con una abyecta sensación repulsiva, tomó la caja y la colocó en el fondo, tratando de ignorar los truculentos sonidos que salían amortiguados de su interior. Solo cuando estuvo bien cubierta la pequeña tumba, consiguió normalizar su desbocado ritmo cardíaco.

Esa noche consiguió conciliar el sueño con una muy poco saludable mezcla de alcohol y ansiolíticos, que no la rescataron de una sesión de pesadillas dignas de una película de terror barata.

Le costó bastante, al día siguiente, ocultar los signos de la mala noche con maquillaje. Debía verse perfecta y cautivante, para cuando su nuevo amante la visitara. No era momento de mostrar algún defecto que alejara al espectacular partido que quería atrapar para esquilmar. Pasadas unas semanas, el tiempo que Laila le había dicho que la maldición mostraría sus estragos, decidió visitar a Mónica, para ver en primera fila el espectáculo.

Se llegó a su departamento sin avisar previamente. Presionó el portero eléctrico. Una voz cascada le contestó.

—¿Qué necesitas? Si vienes a reprocharme lo que hice, no te molestes. Estoy muy mal. Puedes estar contenta.

—Solo venía con la intención de reconciliarme contigo. No podemos estar enojadas por un hombre. Ninguno vale lo que una buena amistad. Hasta te traje tu champaña favorita, como ofrenda de paz.

El sonido de la puerta abriéndose al ingreso del edificio, le arrancó una pérfida sonrisa.

Cuando Mónica abrió la puerta, no estaba realmente preparada para la visión que la recibió. Aunque tenía la cabeza casi totalmente tapada por un pañuelo, y solo los ojos estaban descubiertos, se asombró del deterioro de su amiga.

—¿Qué te ocurrió, Mónica? ¿Qué tienes?

—No lo sé. Los médicos no aciertan a ver que me ocurre. Hablan de una enfermedad auto inmune, pero no encuentran ninguna solución.

Antonela, viendo el estado lamentable de la mujer, descubrió que no encontraba el amargo placer que esperaba gozar ante su desgracia.

Se sentía horrible. Mónica parecía haber bajado muchos kilos.

No solo se cubría el rostro, y la cabeza, donde se adivinaba que había perdido el cabello, sino cada parte visible de su piel. Hasta las manos estaban enguantadas.

—Lamento mucho lo que te pasa. Yo… no tengo palabras.

—Seguramente las tienes, Antonela. Me alegra que te acercaras a brindarme tu perdón. Yo siento que la extraña enfermedad que me consume es una especie de castigo por mis actos.

—No digas eso, por favor… Antonela estaba sollozando, de culpa y espanto.

—No creo encontrar la cura para este suplicio. Ya has notado que hasta mis cuerdas vocales están afectadas. Estoy cada día con menos fuerzas. Mañana vendrá mi madre a cuidarme. Mi madre, que me había repudiado por mi vida ligera.

—Lo siento tanto.

—Es justicia Divina, Antonela. Déjame darte un consejo: abandona las frivolidades que hemos compartido juntas. Nada bueno sale de esto. Mírame a mí, sino. Me estoy pudriendo en vida. Mónica se sacó el pañuelo, que develó un rostro carcomido de momia, al que le faltaba la nariz, con costras purulentas en las mejillas, frente y boca.

Antonella, casi al borde del desmayo, empezó a llorar a los gritos.

—¡Lo siento, amiga! ¡Lo siento muchísimo!!

—Cálmate, querida. Si te mostré mi deterioro, es porque no quiero que te ocurra la misma desgracia que a mí. No sé si esto no es tal vez una enfermedad venérea nueva.  Los médicos no tienen siquiera una mínima idea de que se trata. Quizá algún infeliz de esos con los que alternamos me haya contagiado.  No te me acerques mucho. No quiero que después de tu hermosa acción de perdonar mi mal obrar, te pueda pasar esta horrorosa condición que me afecta.  Márchate, y recuerda mi consejo.

Antonela huyó del coqueto departamento sin dejar de llorar y gemir.

Casi choca antes de lograr llegar a su casa con temerarias maniobras fruto del pánico histérico que la ahogaba. Ya en su hogar, se preguntó horrorizada:

—¿Qué he hecho?

Bien sabía, por los dichos de Laila, que no existía forma de revertir la maldición.

Llamó a su amante diciéndole que no se sentía bien, y sin dudarlo, se sirvió generosas dosis de wiski con pastillas, que no le dieron el alivio del sueño.

Tuvo una semana de pesadilla. No podía descansar. Oscuras ojeras sombreaban sus ojos, y no se molestaba en maquillarlas. No tenía ánimos para recibir al tipo que tanto esfuerzo le había costado conquistar. Una mañana, descubrió un sarpullido en todo su cuerpo y rostro. Al rascarse, se dio cuenta de que las zonas afectadas no tenían sensibilidad. Un sudor frío le perló la piel. Sin pensar demasiado, se vistió lo mejor que pudo, y se colocó enormes gafas negras. Condujo hasta la casa de Laila. Tocó la puerta con desesperación.

—No habíamos acordado ninguna cita, que yo recuerde. —le dijo secamente la hechicera, permitiéndole pasar, de mala gana.

—Es cierto. Pero sé que usted sabe muy bien la razón de esta visita.

—Posiblemente.

—Solo quiero que me diga la verdad. Sé que no es reversible, pero, aun así, deseo saber quién me maldijo.

—Mónica.

—¿Entonces estuvo actuando cuando la visité?

—En absoluto. Pidió maldecir a la persona causante de su desgracia. Jamás develo el nombre de mis clientes. Salvo en este caso, claro, donde el destino se cruzó con este entramado. Ella morirá sin saber quién le hizo el daño. Y usted, con el conocimiento total de lo ocurrido.  Le pido que recuerde que la llamé a la reflexión antes de comenzar con todo, aun en contra de mi beneficio económico. Las cartas están sobre la mesa. No fui yo quien las repartió. Solo las di vuelta para verlas. Fui un instrumento del destino todo el tiempo.  Usted eligió el camino más oscuro y retorcido. Si no lo hacía conmigo, el daño se llevaría a cabo con otro instrumento, por su obcecación. Ahora le queda la decisión de elegir como vivir el tiempo que le queda. Le recomiendo que no se mate. Sé que lo desea. No será agradable la agonía, pero si no aprende nada de este proceso, no le auguro un buen tránsito hacia el siguiente nivel.

—No creo que haya nada después de esta vida.

 —Ya se equivocó una vez. No se condene por toda la eternidad. Así como confió en mí para hacer daño, hágalo para conseguir la paz. Sea digna.

— ¿No le da remordimiento lo que hace?

—En absoluto. Ya le expliqué mi postura y posición.

— ¿Entonces, solo me queda encerrarme y esperar a la muerte mientras me pudro en vida, y rogar que todo termine rápido?

—¿No tiene nadie que la acompañe en este trance? Mónica al menos pudo retomar el contacto con su madre. Alguien tomará su mano antes de marcharse.

Una lágrima rodó por el rostro de Antonela. No había nadie. Eso, quizá, sería lo peor de enfrentar la maldición, conseguida a fuerza de puro odio.

79. Entre el mar

78. Pacientemente esperaré

Gracias, Alicia Adam

Estuve tentada a salir corriendo tras él y confesarle que era yo. Que siempre había sido yo quién lo cuidaba convertida en la voz metida en su cabeza que le impulsaba a seguir y a no tirar nunca la toalla. Que esa voz una vez tuvo un nombre propio. Pero allá donde marchaba sería más feliz sin conocer ese detalle y se convertiría en quien siempre quiso ser.

Ni si quiera fui a despedirlo. Tenía más que callar que decir. Más que guardar que compartir.

No podía acompañarlo, aunque quisiera. Cuando fallecí me prometí que siempre permanecería ligada al mar y que las almas que lo visitarán pidiendo ayuda, la tendrían, sin importar si estaban vivos o muertos.

Él fue el primero de muchos. De tantos que encontraron respuestas a sus plegarias llorando al mar. Y también fue el único que cuando los años doblaron su espalda y el cabello escaseaba en su sien, regresó con la copia de aquel viejo contrato que lo llevó tan lejos, lo depositó en el mar, me dio las gracias y me pidió que retomara la guía de su alma cuando cruzara al más allá.

Imagen destacada: canva

aliciaadam.com

Resurge, Jorge muñoz bandera

El mar resurge entre la niebla de tus besos prohibidos,

resucita entre las algas carcomidas de mi pecho

y extiende su rumor enrarecido por este vago cielo

que resiste la luz eterna de las almas y sus viejos deseos.

La punta de diamante que brilla allá a lo lejos,

navega en las profundidades sórdidas de tu aliento.

Se crece la marea retumbante y muere el roce de tu cuerpo.

Cuando siento conmover mi vida, mis sujetos

en una voz que tierna, roza mis ojos de mar y tú naciendo.

Mira la vida fijamente y miro o me miras mordiente,

como el acantilado bate duelos impenetrables en la roca,

como afilados son tus salientes, pero tornas y me creo,

creo un nuevo ser que se apodera del corazón aún más

en cada retaguardia, en cada estocada aún más adentro.

Herido ya, vacilante en mí mismo, nace un nuevo camino.

Ya no estoy muerto, sino vivo, cada vez más en los comienzos.

He vuelto a nacer desde la nada y has vuelto a descansar en tu sosiego.

Blandiendo ya destruida tu coraza y abierto en dos para nacernos.

* Punta de Diamante: Baños del Carmen en el atardecer

Málaga a 16 de junio 2020 (madrugada 1:51)

CARTAS A ELENA (MARÍA MORALES, Invitada de la semana)

Querida Elena:
Como sabes te escribo desde mi pequeña casa en Giverny. Hoy llueve, y al mirar por la ventana que da al prado, no puedo evitar verte paseando entre las flores con una deliciosa sombrilla, al igual que hiciera la Alice de Monet, una pintura que me recuerda nuestra historia de amor. Un rompecabezas en el que hoy pongo la última pieza, doliéndome el alma al hacerlo.
Ante mí tengo nuestras cartas, las tuyas anudadas con un lazo de satén rojo, las mías con un simple cordel.
Recuerdo cuando te conocí en Granada. Nunca pensé enamorarme de una mujer tan distinta a mis preferencias, pero tu Elena, encendiste una hoguera hasta ahora ignota. Conocerte fue lo más bello que ha ocurrido en mi existencia. Cuantas veces hubiera dado lo que sea para poder volver a esos momentos, la juventud a veces confunde lo que es importante, y cuando me propusieron volver a Francia, no lo pensé dos veces, escogí el trabajo y te dejé a ti. Luego la vida con su libro de lecciones me fue enseñando que hay decisiones que se cobran el tributo de la felicidad.
Y como tú sabes bien, mi Elena, después de mi divorcio empecé a escribirte. El solo hecho de saber que algo mío te llegaba, causaba que me sintiera vivo. Te imaginaba leyendo mis largas misivas, acurrucada en el sofá verde. Veía tus mohines, tu cara de conformidad en mucho de lo que te contaba, tus reproches… Y  te escribía una carta tras otra, y conforme lo hacía la vida iba envolviéndome de nuevo en su halo de esperanza.
Los días pasaban esperando  con ansiedad al cartero. Revisaba mil veces el buzón. No te pongas triste  mi amada, la ilusión de recibir algo tuyo, era mucho más fuerte que la decepción de no hallar nada.
Hasta que un día, vi asomar un sobre por la hendidura del buzón. Lo tomé entre mis manos mientras mi corazón trotaba como el de un niño. Luego mi  desesperación al comprobar que era la última carta que te había escrito con un sello que rezaba: «Remitente desconocido». Esa fue la primera de tantas, hasta que dejé de poner en el remite mi dirección. Pensarás que me hundí en la zozobra pero nada más lejos de la verdad,  pronto me recompuse. ¡Ah, Elena! Mi corazón sentía que estabas viva, y por tanto rechacé los pensamientos negativos. Puede que hubieras cambiado de dirección, que incluso rechazaras mis misivas… Mi sino era seguir esta relación epistolar sin respuesta. Ya te había echado de mi vida una vez, y era totalmente impensable hacerlo de nuevo.

Así pasó el dulce tiempo de la espera, hasta que inesperadamente la vida decidió hacer de cartero.

Nunca olvidaré ese dieciocho de enero. Escribía en el jardín, de las ramas nudosas de los árboles del paraíso pendían en racimos sus frutos dorados, entre sus elegantes troncos desnudos vi como se acercaba la silueta de una mujer. Su abrigo amarillo destacaba entre la naturación invernal. Su andar me cautivó al instante, pasos de bailarina que te traían de vuelta, mi querida Elena. No sé que espejismo era el que mis ojos disfrutaban. Vi como te perdías entre la arboleda para ir a la entrada de la casa. Intenté correr hasta la puerta para buscarte, pero mi estado de catarsis me impedía moverme. No sé que tiempo pasó hasta que conseguí volver a mis sentidos.

Escuché el timbre de la puerta.  Me acerqué como un sonámbulo y miré por la mirilla. Ahí estaba la mujer del abrigo amarillo. Se había quitado el sombrero y su melena oscura enmarcaba su rostro juvenil. Tan parecida a ti, tan diferente. Me quedé congelado incapaz de abrir, viendo como me daba la espalda y se dirigía hacia el jardinero, y como en un perfecto francés preguntaba por mí. Observé como Antoine señalaba hacia la puerta, y como ella negaba con la cabeza. Entonces extrajo un paquete de su bolso y pidió que me lo entregara.

−Digale que soy la sobrina de Elena.

Y se fue.

Ya sabes, mi querida niña lo que viene a continuación, tú a pesar de mi partida a Francia, empezaste a escribirme cartas que nunca enviabas. Me contabas lo que vivías, lo que soñabas, los pequeños problemas, también las grandes satisfacciones, el nacimiento de tu sobrina, tus sospechas de que algo no iba bien con tu cuerpo, el diagnóstico tan atroz, tu sufrimiento, tu fuerza, Y todo lo escribías con tu bella caligrafía.

La última carta ya no tenía los trazos de tu escritura, ni los sentimientos que se quedaban impregnados entre línea y línea. Adela, tu sobrina me contaba que ya no pudiste aguantar más, que se agotó tu energía, pero no tu amor, que seguía tan vivo como siempre.

El piso continuó a tu nombre, y fue el guardián de las misivas que un poco más tarde yo empecé a enviarte, hasta que lo vendieron. Y esas palomas mensajeras terminaron de nuevo en mi casa..

Fue Adela la que viendo que aún te seguía escribiendo, decidió en uno de sus viajes a Francia traerme tus epístolas. Y soy yo, Elena el que hoy redacto la última carta y la dejo doblada entre las nuestras. No es una despedida porque donde nos vamos a encontrar será el corazón el que siga escribiendo nuestra historia de esperanza.

                              Giverny, 2 de mayo del 2017.

                              Marcel

Autora: María Morales.

Imagen Canva

Biografía:

María Morales es ante todo, una lectora ávida de historias, entiende la literatura como un puente de palabras para comprender el mundo. Autodidacta y amante de las letras. La escritura surge en su vida como un arma para despertar el positivismo, y recordar que el ser humano es ante todo la suma de pequeñas cosas. 

“Un escritor no se define de ningún modo por un certificado, sino por lo que escribe” — Mijail Afanósevich Bulgákov.

Puedes encontrarla en Twitter: @frokien.