Revista Submarino de hojalata número 10

Revista Submarino de Hojalata número 10.
Especial retos.

«Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?» Fernando Pessoa

La Casa (María Añasco, autora invitada)

Nena se hamacaba en un sillón de madera y mimbre en el jardín del fondo mientras sostenía
el celular en sus manos y pensaba que no quería irse, que le sería muy doloroso abandonar esa casa,
su amiga de tantos años, que no podría vivir en un departamento por más cómodo que fuera.
Terminaba de llamarla el empresario para avisarle que el vuelo estaba demorado por problemas en
el aeropuerto, que lo esperara para realizar los trámites de venta.

Con más de setenta años, tuvo que adaptarse a muchos cambios, era inteligente y práctica, siempre pudo ubicarse en distintas etapas. Pero realmente no deseaba modificar otra vez su estilo de vida.
La casa se aferraba a su dueña diciéndole que si se iba la derrumbarían, esos ladrillos enormes macizos como de altar que permanecieron firmes y fieles ante tantas vibraciones de trenes, tránsito de Avenida, serían destruidos para construir sobre las ruinas un moderno edificio con otros huecos, frágiles, perecederos.
Empezó a recordar, cuando se inició su construcción. Nena jugaba en la obra mientras sus abuelos
se ponían de acuerdo en los espacios concedidos para la cocina, las habitaciones, el baño. Desde
entonces fueron amigas, compañeras. Nena le contaba todo, la llenó con sus vivencias, la hizo su
confidente. A la siesta mientras los demás descansaban, ella hablaba con sus cálidas paredes.
En las noches de verano la familia dormía en la terraza sin ningún temor, mientras ellas
conversaban con el cielo. A la siesta todos tomaban pomelos sentados en el patio trasero, bajando
directamente de la planta, comían de sus mangos o sacaban bananas para el postre, cuando
maduraban. A la tardecita se sentaban en sillones en la vereda, Nena sobre su muro, y a veces
cenaban allí. A la noche escuchaban la radio con el abuelo que captaba conciertos de Europa.
Disfrutaba recordando cuando volvió corriendo una tarde, porque empezaba la transmisión de la señal
de televisión local. Alcanzó a ver con la abuela peleas de Cassius Clay. Se miraba solo un canal con
unas antenas en el techo, todavía quedaba una, de la que se burlaba el cable cilíndrico de múltiples
canales que entraba ahora.


La casa la contenía cuando amanecía estudiando para la Universidad, a sus habitaciones vacías
regresó el día que aprobó su última materia y no quedaba nadie para compartir la alegría. Pero ella la
recibió con su paz. La reconfortó y llenó de esperanzas.
Empezó a rememorar a los familiares muertos relacionados con este hogar. La primera vez que se
enfrentó a ese imposible, cuando trajeron a su tía más querida de 24 años, tan enferma que falleció
en la ambulancia… le llevó dos tristes años aceptar esa realidad para recuperarse. Después siguieron
su bisabuela paterna, sus abuelos maternos y paternos, sus padres, sus hermanos… La mayoría falleció
en sus brazos después de pasar la etapa terminal de su enfermedad allí. Esas paredes eran las
únicas que escucharon su llanto; eran las que aún retenían las risas de sus seres queridos.
Nena retribuía la fidelidad de su amiga, manteniéndola impecable, cada daño del tiempo era
reparado, cada remodelación necesaria, cada refuerzo de seguridad, cada sistema moderno que
pudiera servir para aliviar el envejecimiento de su compañera era considerado y adquirido.
Hasta ahí llegó ese joven empresario a proponerle comprar para edificar una torre comercial y
ofreciéndole a Nena trasladarla a un hermoso departamento en la ciudad que prefiera. Aceptó
porque no podía cuidar sola ese lugar tan grande, a veces sentía miedo.
Pero va a extrañar esa variedad de pájaros que se alimentan en el frondoso jardín del fondo… pasa las
siestas mirándolos. El que más llama su atención es el picaflor.

Esas noches estrelladas que disfruta desde ese mismo patio, al que vienen gatos callejeros a buscar lo que ella les deja de cena.
Estaba sola desde hace tanto tiempo…

No quería desprenderse de los muebles; ni la biblioteca, con libros leídos desde la infancia y los que fue adquiriendo y coleccionando; tantas cosas familiares de varias generaciones; confluían antiguos tocadiscos, con sus modernos equipos de música, DVD, TV, su vieja máquina de escribir que le ayudó a pagar parte sus estudios y sus computadoras. Tenía guardados hasta los faroles a querosén con linternas y el grupo electrógeno, porque los cortes de electricidad siempre le ocasionaban temor. La vajilla antigua, el microondas, la enorme cocina, no tan grande como la de hierro de su abuela que funcionaba a carbón y leña, con varias hornallas. Fiambreras metálicas junto al freezer, tinajas y heladeras. Utensilios de plata y de acero inoxidable, porcelana y cerámica. Copas y jarros, nunca quiso tirar nada, tampoco quedarse en el tiempo. Ahora no sabía cómo acomodar y qué hacer con los entrañables bienes acumulados.
Su amiga la entendía, era comprensiva, habían pasado tantas cosas juntas. En el patio del fondo
estaban enterradas todas las mascotas de años, perros, gatos, tortuga, pájaros. Tenía plantas que
habían sido traídas por sus abuelos, sus padres. Ella misma cuidó de la planta favorita de su mamá, la
orquídea de su papá; además plantó dos árboles cuando los frutales viejos cayeron y llenó de
distintas flores los jardines del frente.
Sonó su celular, miró y era el número del empresario. Atendió, la voz grave del médico de guardia
del Hospital Central le informó que el empresario había perdido la vida en un accidente de tránsito
cerca del aeropuerto local, al que había arribado poco tiempo antes.
Ese número estaba en primer lugar en el celular del fallecido, explicó el médico disculpándose y por
eso había llamado. Nena le indicó el número de su empresa para que avisara.
Se sintió culpable. Como si el deseo tan fuerte de evitar su alejamiento ocasionara la tragedia. El susto
la paralizó. Pero su compañera la consoló, como siempre le transmitió paz. Juntas seguirían adelante,
unidas resolverían los problemas.
Todavía les quedaba el viejo revólver y la moderna pistola, si tenían que protegerse. La brisa mecía
las cortinas y entreabría suavemente las puertas… La casa sonreía…

Autora: María Añasco

Twitter: @Lolita74vargas

Mediocremente, te amo.

Busque para tí,
rosas, claveles y margaritas.
Pero marchitan más rápido que
el tiempo que pienso en tí
cada día.

Compuse una melodía,
y a pesar de ser hermosa,
no hace justicia a lo que siento por tí.

Piensa entonces que,

soy un artista mediocre.
Que no puede
esculpir un monumento,
ni dibujar en un lienzo
la belleza de tu ser.

Hice solo un poema,
sin rimas ni nada,
Letras desnudas,

así como mi amor por tí.


Solo unos versos cortitos,
insignificantes.
Cinco letras que te aclaran, mi sentir.

Que por siempre y para siempre,
con mi alma y mi mediocridad
Te amo.

Nuestro tiempo

                                                                      
                                                                    
                                                                   

                                                                                         Yo pensaba que solo era yo 

                                                                                         y no; también un suspiro tuyo

                                                                                         se         
                        
                                                                                                                e s c a p ó.
                                                                    
                                                                                         Yo me siento eterna 
                                                                 
                                                                                         cuando tú me sientes.


                                                                                         Yo me asomé al paraíso 
                                   
                                                                                         cuando tú me miraste.

                                                                                         Dejamos de ser tú y yo; 

                                                                                         nos convertimos en 
                                                                                            
                                                                                              n o s o t r o s.

                                                                    

                                                                                        Me diste con un beso,

                                                                                        el aliento que da una vida entera. 

                                                                                        Hicimos de t o d o s los
                                                         
                                                                                        tiempos tan

                                                                                        s o l o, 
                                                    
                                                                                        el tiempo de

                                                                                                           a m a r n o s.
 
                                                             
                                                                   
                                                                                       Que muchas lunas nos

                                                                                                     p e r s i g a n 

                                                                                       reflejándose en los charcos.

                                                                                       

                                                                                       Que el vaivén de las pisadas,

                                                                                                      j a m á s
                                                                   
                                                                                       seque el reflejo de

                                                                                                      n u e s t r o amor.

                                                            .             
Autora: Rebeca Aracil Illan
Imagen de Stefan Schweihofer en Pixabay

Autora: Rebeca Aracil Illan

Twitter: @Rebeca_Aracil45

Instagram: rebecaaracili

Facebook: Rebeca Aracil Illan

Facebook: Rinconcito para compartir

Recuerdos

Recuerdos impregnados de aromas y sabores

momentos fugaces de una infancia

que corría entre montañas y jugaba entre aguas.

Caricias y besos alojados en los recuerdos

de aquellos amores que pudieron ser o fueron,

margaritas con su sí o no reinando en las decisiones

de aquellas batallas de amores,

unas perdidas

otras ganadas.

Tristezas y alegrías,

 luchas y derrotas

y la guadaña de la muerte

que quiso segar los recuerdos;

muchos fueron perdidos,

olvidados o escondidos.

La oscuridad acecha día a día

y solo tu mirada, niña,

aviva el calor que desprenden mis recuerdos.

Autora: María José Vicente Rodríguez

El ladrón de almas, Alicia Adam

Hay un infierno en el que vivo

y otro que me está esperando

Día 1

No la presiento, veo con total nitidez cómo la muerte se cierne sobre cada uno de nosotros y, como en una cuenta atrás, empieza a prevalecer sobre la vida.

            No se trata de un don y, si por alguna extraña razón alguna persona lo considera tal, es porque no convive con él. Tras cada don hay una virtud, o al menos algo positivo que extraer. Te hace especial y, en una de esas comparativas odiosas, prevaleces por encima de los demás con cierto grado de autosuficiencia. En mi caso, proclamar este tipo de cosas me conduce a un solo camino: la locura. ¿Quién sabe? Quizás lo esté. En este momento lo preferiría. Los locos son felices a su modo; yo no.

 Solo encuentro algo de paz cuando ejecuto mi labor. Tu mano me señala cómo encauzar mis instintos de destrucción y las ganas de saborear la sangre. Sin ti hace mucho que las escenas de mis crímenes se habrían convertido en una mera carnicería de la que no podría haberse extraído ningún mensaje.

Debo reprimir mis instintos con frecuencia. Si no lo hiciera, perdería la poca humanidad que habita en mí y, llegado el momento, no tendría nada que ofrecer.

 «La oscuridad se combate con oscuridad. Para caminar hacia un futuro justo antes hay que extraer de cuajo cada una de las astillas clavadas en el corazón».

 En los tres primeros casos que la policía fue incapaz de esclarecer y conectar los crímenes, me cobré nueve vidas, cada una de las víctimas merecía morir de la forma en que lo hicieron. ¿Sufrieron? Eso espero. Me esmeré en este aspecto. Les pagué con su propia moneda: ojo por ojo y diente por diente. Algunas de las cosas quedaron bajo secreto de sumario. No saltaron a la prensa. Imagino que los documentos permanecerán censurados hasta que me capturen. No lo pondré fácil. A diferencia de otros asesinos en serie, yo no sueño con mi rostro en un libro de psicología ni busco esa clase de reconocimiento. Cada una de esas alimañas vale por la seguridad e integridad de un grueso considerable de la población. Sus muertes trajeron más bien que mal, el Mundo es ahora un lugar más limpio y seguro.

Sé que todos ellos arderán en el infierno. Merecían morir. En cambio, en este último caso, las motivaciones personales prevalecen sobre todo lo demás. Dado que se me concede el honor de poner punto final a sus vidas, ejecutaré Mi Trabajo como desean, siguiendo una doctrina.

CAPÍTULO 1. Aniversario macabro

El cielo se resistía a ofrecerle un clima acorde a su estado de ánimo: aguanieve. Olivia Ramírez pensó que se conformaría con unos nubarrones que ensombrecieran la ciudad con una consistente espesura, similar a la alojada en su sesera. Los pensamientos grises se acumulaban. Sobre la mesa del salón comedor aguardaban tres carpetas; cada una correspondía a uno de los casos que continuaban sin resolver. Desde hacía varios meses, las investigaciones se hallaban en punto muerto. En ninguno de los escenarios encontraron pruebas concluyentes, tampoco objetos sustraídos como recuerdos que indicaran algún tipo de fetichismo del asesino que permitieran dirigir las pesquisas hacia un determinado camino. A pesar de que las víctimas y las puestas en escena eran completamente diferentes, ella tenía la intuición de que se trataba de la misma persona, quien, tras dos meses de descanso, retomaba su actividad utilizando otro modus operandi. Nadie más en el equipo compartía su opinión y esto la exasperaba, porque la realidad se imponía y carecía de indicios irrefutables de aquella conexión. Tan solo livianas casualidades que no terminaban de sostenerse.

A las cinco menos cuarto de la madrugada, ya iba por el segundo café frente a los informes. Repasó cada detalle, cada fecha, las entrevistas de todas las personas con quienes hablaron, la puesta en escena, el ciclo transcurrido entre los asesinatos y los periodos de descanso. Ese día se cumplían dos meses desde la última víctima del caso anterior, denominado el Cristal. Si estaba en lo cierto, pronto le comunicarían que había aparecido un cadáver. Un aniversario macabro que solo ella compartía con el asesino.

En su último cumpleaños contó treinta y ocho velas, de entre ellas, catorce con el color del uniforme de la policía nacional. Ingresó en el cuerpo el día de su nacimiento. Lo consideró el mejor de los regalos y un buen augurio.

Enjuagó el vaso y se dirigió al armario. Escogió ropa colorida, si no podía cambiar la climatología, se adaptaría. Optó por una blusa estampada donde predominaban el marrón y el rojo, que resaltaban el color de sus ojos y de su pelo, respectivamente; vaqueros entallados y botas marrones de medio tacón. Eligió una chaqueta de piel a juego con el calzado y el bolso. La llamada que esperaba se resistía. Profundizó en el maquillaje para mantener ocupadas las manos.

 El aviso de la central llegó a las seis y media de la madrugada, justo cuando cogía la chaqueta del respaldo de la silla y se dirigía hacia la comisaría.

—Han hallado una chica muerta en la playa del Peñón del Cuervo. Te estoy enviando la localización al móvil.  —Ramírez escuchó el sonido de entrada del mensaje.

—Gracias. —La chica que efectuó la llamada colgó antes de que pudiera oír la pregunta—: ¿Tienes algún dato más? —No la culpó. Le incumbía movilizar a todo el equipo en el menor tiempo posible.

Aparcó en el bloque de pisos donde vivía Sergio Román. A los pocos segundos salía con paso apresurado. El tamaño de sus ojos iría en aumento conforme se fuera espabilando; ahora deslucían entornados. Tenía cuarenta y siete años, el cabello gris plata y las cejas rectas y negras. Su tamaño, casi dos metros de altura, le confería en comparativa con el resto del equipo la apariencia de un gigante.

Olivia apretó los párpados unos segundos antes de pasar a la zona acordonada por la Guardia Civil, en la curva que daba nombre a la playa.  La chica llevaba puesto un vestido gótico medieval con corsé. Las mangas estaban entalladas hasta el codo y desde ahí se ensanchaban en forma de campana. Iba descalza. Su cuerpo fue dispuesto bocarriba con las manos sobre el pecho. Sobre el dorso de la mano había una moneda. A simple vista no presentaba signos de lucha ni de agresión sexual. Tampoco heridas visibles.

La puesta en escena era diferente al resto de casos que permanecían abiertos, pero estaba segura de que lo ejecutó el mismo sujeto, quien iniciaba una tanda de crímenes con una firma distinta. Sintió rencor hacia sí misma. No encontraba el modo de anteponerse a sus pasos. Necesitaba que cometiera un error, algo que no resultaba alentador.

            Mientras el forense etiquetaba las pruebas, se acercaron al pescador que descubrió el cuerpo, un hombre de más de setenta años.

            —Los inspectores Sergio y Ramírez. Soy la agente al mando de la investigación. —Siempre se presentaba así ante las personas mayores. Notaba que les daba seguridad, porque se asemejaba a la imagen prefijada de las series policíacas. Notó que el anciano se enderezaba buscando fortaleza interior, aunque las manos le temblaban—. ¿Puede decirnos cómo y cuándo encontró a la chica?

            —Yo soy Luciano. Desde que me jubilé, casi todos los días vengo a esta zona a pescar con caña a las cuatro de la madrugada. Cuando me acercaba al lugar, vi a una chica tumbada en la arena. Pensé que se había quedado dormida. —Frotó las manos por encima de su vientre abultado—. Luego imaginé que estuvo de fiesta y no se encontraba en buenas condiciones. Preparé las cañas y comencé a dar un paseo por la orilla en su dirección. Al acercarme, noté que seguía en la misma postura. Pregunté desde lejos si se encontraba bien, pero no contestó ni movió un músculo de su cuerpo. Me pareció muy raro. Me aproximé un poco más, entonces vi que tenía el rostro muy blanco. Pensé que era una broma, que sus amigos estaban escondidos grabando y riéndose de mí, un pobre abuelo. Me aseguré de que no había nadie y volví a llamarla, pero ni me contestaba ni se movía. ¡Dios Santo! ¿Cómo iba a contestarme?  —El hombre se llevó una mano al pecho e hizo una mueca de dolor—. Grité que como broma ya estaba bien, que era muy macabro. Estaba chillando a una mujer muerta. ¿Me entiende? —Se desplomó en la arena y empezó a sollozar.

            —Usted pensaba que se trataba de una broma —concedió Ramírez.

            —Sí, pero no es así, ¿verdad? Esa chica está muerta, ¿no?

            Un silencio incómodo fue la respuesta.  Sergio ayudó al anciano a incorporarse.

            —Esto no tiene perdón de Dios. ¡Le grité a una pobre chica muerta! —Luciano sacó un pañuelo de tela bordado y se limpió las lágrimas y la nariz—. La zarandeé un poco para despertarla. Pensé que estaba bajo los efectos del alcohol o de algún tipo de droga. Busqué el pulso en el cuello, pero no sentí ningún latido. Me puse muy nervioso y vomité.

            Olivia intentó dominar su carácter. Aquel hombre, a pesar de su buena voluntad, había contaminado la escena del crimen. Recordó que el cuerpo presentaba el aspecto que él describió cuando llegaron.

—¿Qué hizo después?

—Volví a colocar el cuerpo como lo encontré. —Luciano miró al suelo avergonzado.—. Y enterré el vómito en la arena. —Contrajo el gesto antes de añadir—: Yo no hice esa monstruosidad. Yo no la maté.

Olivia y Sergio se miraron extrañados.

—¿Por qué dice eso, buen hombre? —preguntó ella.

—Mis huellas… estarán por todas partes. Yo no he sido. ¡Lo juro por Dios y la tumba de mi santa esposa, agentes, tienen que creerme! —Buscó como un niño temeroso la contestación en el semblante de Ramírez.

—No se preocupe, le creemos. Nadie ha dudado de su integridad.

Sergio lo condujo fuera de la playa. Se instalaron en las mesas del merendero.

—Llamaré a su casa para que vengan a recogerlo, ¿de acuerdo?

—Sí, muchas gracias. —«Nunca debían perderse los buenos modales», reflexionó Luciano.

Decidió esperar a que llegara el hijo del anciano, quería ratificar su historia para delimitar el tramo horario del asesinato.

Antonio Guzmán, el forense, era un hombre de cincuenta y un años, de mediana altura y de gran envergadura. No había superado la ruptura con su exmujer y gastaba las horas en machacar su cuerpo en el gimnasio con el único propósito de que volviera a fijarse en él. En seis meses perdió diez kilos y el resto lo transformó en músculo. Tenía el cabello y la barba plateada, pero las cejas y el bigote negros. Los tatuajes asomaban por la blusa negra que llevaba remangada por debajo del codo.

Antes de comenzar su trabajo, oyó de primera mano la historia del pescador. Halló huellas completas en el cuello y en las manos de la víctima, pelo cano en el vestido, y arena removida de la que no extraería gran cosa. Supuso que corresponderían con las de Luciano, el pescador. La disposición del cadáver podría diferir considerablemente de cómo lo colocó el asesino, puesto que se basaba en los recuerdos de un hombre de más de setenta años después de una crisis nerviosa. Resopló.

            Guzmán se acercó a Ramírez y a Sergio.

            —Ya habéis escuchado la historia del viejo —recalcó resentido—. No niego la buena voluntad, pero contaminó la escena. Aun así, tengo algo —indicó dándose importancia—. La víctima llevaba alrededor de dos horas muerta cuando la encontró Luciano. El asesinato se produjo aquí, no movieron el cadáver. La causa probablemente sea envenenamiento. La moneda es un óbolo. En el escote del vestido encontré un saquito de esparto con varias monedas similares. Además, descubrí una nota semienterrada en la arena.

            Ramírez tomó la nota que le tendía el forense. Leyó en voz alta: «Elijo morir».

Enlace de compra del libro:

Un día que tuve suerte.

Salí a buscar trabajo una vez más. Todos los días son iguales; salir a buscar dinero y comida, regresar para alimentar las bocas hambrientas que viven conmigo.

A veces quisiera caminar, irme lejos y nunca regresar. Tomar la vereda al norte y buscarme una vida para mí, solo para mí.


Estoy acostumbrado a llenarme las bolsas con las limosnas de la mañana. Si me va bien, compro alguna caja de dulces para venderlos en el metro. Pero no hubo suerte.

Los días como hoy, tengo que caminar a la esquina de la calle, buscar a Reyna, una amiga que, se acuesta con hombres a cambio de dinero, si a ella le ha ido bien, me invita a comer, algún refresco o algo de la tienda. Pues, no tuve esa suerte tampoco hoy.
Así que, sin remedio me fuí la cantina de Don Fer. Ese lugar es mi última opción, pero es la que me asegura la ganancia del día. Don Fer me regala cerveza, con dos condiciónes. La primera es que me esconda, en un cuarto atrás de la cantina. Supongo qué mi aspecto, no es lo que quieren ver los clientes, o al menos la mayoría.

La segunda condición, del trato con Don Fer es que, en la habitación dónde hay cerveza gratis, siempre puede (y siempre lo hace) entrar algún cabrón para que le chupe la verga.
No me gusta, pero eso es lo que tengo que hacer para pagar lo que tomo, y además, llevar algo de dinero a casa.

Y justamente hoy, tuve mucha suerte. Pues quien entró a la habitación, era nada más y nada menos que mi profesor de ciencias. Me pagó solo para darme un sermón, quiere que regrese a la escuela y no se que más cosas. No andaba tomado como todos los viejos que entran a buscarme en esa habitación.

Me trajo en su auto, hablando y hablando cosas; se le notaba triste, pero la idea de ir a la escuela otra vez, es una tontería. Al llegar a la casa, le tuve que decir que iba regresar, solo para que se fuera, no quería que entrara a hablar con mis papás.

Las cervezas me dan el valor necesario, para abrir la puerta. Como siempre, me esperaba algún jalón de pelo, una cachetada o un golpe, antes de ser asaltado, entre gritos que exigen, el dinero ganado ese dia. Pero, esta noche, se fue de bien a mejor.

Jamás había tenido tanta suerte en mi vida. Lo primero que vi al entrar fue a papá echando espuma por la boca, bañado en sangre, tirado en el piso. La cabeza de mamá, estaba recargada en la barriga de papá, pero su cuerpo, esta esparcido por todos lados.
Les juro que, nunca me había sentido tan bendecido, como hoy, gracias dios.

Excalibur y Uther (Miguel Jaldo Girela, autor invitado de la semana)


Algo cayó del cielo, tiempo atrás,
lo vieron bajar envuelto en llamas,
todos se asustaron ante el estruendo
provocado por lo que cayo ardiendo.
Al verlo en el suelo sin arder,
lo tomaron como algo sagrado,
—¡Un augurio! —Dijo el druida en su favor— Hagamos algo con esa piedra,
que los dioses nos han dado,
construyamos una nación
con ese metal venido del cielo.

Forjaron una espada de unión,

un arma mortal
que uniría a toda una tierra,
bajo los brillos de aquel portador

de la espada
solo el más preparado
podría portarla.
Portar la unidad de los pueblos
y de sus gentes en un reino de paz,
esa espada fue nombrada,

¡¡Excalibur!!
“La venida del cielo para unir
a aquellos que vieron las llamas,
a aquellos que eran dignos de los dioses”
El druida dio las instrucciones
para la forja de la espada, guiado por la dama que daría

el agua para templarla,
la Dama del Lago,
Dama que albergaría la espada
para el hombre de la Unión.

Imagen Pixabay libre de derechos.


Merlín, el druida, aceptó
pues vio sabiduría en su propuesta.
Pero el corazón de los hombres,
ávidos de gloria, traicionó
el espíritu de la espada,
todos la deseaban
por sus fortunas venideras
y el poder de la espada.
La nación que debía unirse
se desvaneció.
Pero un líder militar apareció,
Uther, Uther Pendragon
tomo la espada
y está brillo hasta la unidad
de toda la tierra sin más luchas,
sin más luchas tribales.

Pero que pronto olvida
el hombre su deber,
la vanidad se apoderó
del rey, por un deseo de locura,
locura por la mujer ajena,
cual rey David por la mujer de Urías.
Merlín accedió a la petición
de Uther, con una condición,
le pidió el hijo
de esa unión, contra la tierra,
hijo que nacería de ambos,
como sello del hechizo
que le llevaría a su pasión ciega,
a su propia destrucción,
pasión que se vengó
con la muerte del usurpador
del lecho ajeno con engaños.
Poseyó a la mujer del duque,
generando la maldición de Morgana,
la hija del duque.
Cuando Uther no quiso
cumplir el pacto sellado,
esa funesta noche,
Merlín le recordó su palabra,
éste cumplió de mala manera
y quiso recuperar a su hijo,
los desleales al rey,
lo emboscaron y mataron
ni Excalibur le protegió,
peor antes de morir, introdujo a Excalibur
en la roca, nadie la poseería,
salvo su linaje.

Biografía

Miguel Jaldo Girela, nacido el 5 de Abril de 1964 (el año de The Beatles), en Granada, en el
seno de una familia humilde y trabajadora, de mi madre aprendí y adquirí el amor a la lectura y
a los libros.
Licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada, profesor de la enseñanza pública desde
1996, siempre en la enseñanza pública, donde creo que explico Philosophía y algo más.
Amante de la Historia antigua y medieval, también de la música clásica y del rock-pop y demás.
Apasionado del cine, del clásico en especial, pero del buen cine.
La poesía es mi pasión por la libertad que nos proporciona al leerla, también al escribirla.

Poemarios:

Dimensiones Paradigmáticas. Editorial Circulo Rojo (2021).

Pathos autografía Editorial (2022).

Para contactar con Miguel:

Twitter: @JaldoGilera

Instagram: melkor3967

Facebook: Miguel Jaldo Gilera

Nostalgia (Libélula azul; autora invitada)

‪En el crepúsculo de mi vida‪

tu mano he sujetado a mi memoria‬,‪

pensamiento marchito de una historia

‬‪que asoma por rincones de mi alma.‬‪

No quiero que el recuerdo se me esfume‬‪

mi musa, mi dulce elegida,‬‪

me impregno el corazón con tu perfume

‬‪y tejo una triste fantasía.

Quizás en otra vida seas mía

y al fin me vean tus ojos como su hombre,

y anidar en tu pecho poesía‬‪

y ser feliz cuando digas mi nombre.

Los sueños que he visto hoy truncados

junto al leño en el hogar imaginado,

me hunden en terrible pesadilla,

no estás y mi mundo ya no brilla.

LibélulaAzul

Imagen: Canva

Biografía literaria

Karin Paola Pacheco Gómez, peruana, usa el seudónimo de «Líbelula Azul» al escribir. Su madre inculcó en ella el amor por la lectura a los 8 años; el seudónimo nació gracias a ella. De niña ella era tan risueña, traviesa y de contextura delgada, que ella solía llamarle «Mi Libélula», aduciendo que no estaba quieta. Gracias a los juegos de palabras que ella pronunciaba, Karin empezó a construir rimas y así nació en ella, a muy temprana edad, el amor por la escritura.

A los 12 años participó en un concurso de cuentos en la escuela, y a los 18 años concursó con un compendio de poemas libres en la municipalidad de su ciudad. Luego, al estudiar la profesión de Docente de primaria, fue creando poesía infantil.

Actualmente sigue inmersa en su universo de versos; su mente expresa su sentir en forma de letras, así que sigue tejiendo poemas en sus tiempos libres, teniendo como meta publicar un compendio de ellos. Como ella misma expresara: <<Siento que no recorre sangre por mis venas, sino tinta>>

Puedes encontrar sus escritos en Twitter: Libélula Azul @KarinPaola18; e Instagram: @libelula_azul18.

A tu salud…

En secreto te lloré,
le pedí a los ángeles, a dios, al diablo,
una oportunidad para
declararte mi amor…
valía nada.

El perfume de tu cabello,
llenaba la oficina,
Y de golpe me enamoré
de tu hermosa…
Que estás.

¿Cuál de los 3,
cumplirían mi capricho?
De ver tu sonrisa
¿Quien me hizo el honor…
a quién honor merece?

Un genio de los tres deseos,
no.
Tres genios para
el mismo deseo…
No haberte conocido jamás.

Pensé que fueron los ángeles,
cuándo recibí el favor
de tu saludo.
Quería decirte
«Te amo tanto y tú, ni te enteras…
Las noches, pensando en tí.

Pensé que fue dios,
cuándo nos besamos.
¡Oh! que dulces tus labios.
Que agradecido estaba con
dios…
Esta muerto.

Ahora sé que fue el diablo.
Tu deliciosa miel,
Tu suave piel, tus caricias,
tu manera de entregarte.
Desde siempre te
extraño…
Es, que no lo vi venir.

No es reproche,
ni te pido que vuelvas a mí,
agradecido estoy con el diablo,
a pesar del sufrimiento,
pude amar locamente,
a una loca
demente…
Abierta.

Como murió aquel soldado,
enamorado,
bajo la ventana de Remedios la
bella…
Tu memoria.

Solo estaba aquí, recordándote,
escuchando una melodía
triste.
Qué melancolía me regresa hoy,
el día de tu boda.
Qué alegría saber que te casas y que no es
conmigo…
No te faltaba amor.

Que dulce es este dolor
Saberme uno mas del
montón…
de rosas, de abrazos, de besos, de cariños,
de tequila, de un brindis…
A salud de la novia.












Así no se ama

Lo amó más que a la tierra que nacía de sus propias raíces; y así no se puede amar. Las raíces lo entendieron antes que ella, y por puro instinto de supervivencia (o egoísmo) comenzaron a reptar por el reverso de su piel, hasta dejarla hecha madera. Luego vino la tormenta, un rayo, el fuego de la vida, la muerte; cenizas, viento, lluvia, tierra mojada, petricor… Creo que algo de ella quedó. Pregúntenselo a él, que guarda alguna arenilla en un rincón sagrado del corazón.

Imagen: Canva