Un castigo de trece

Profanar la tumba fue la parte difícil. Al llegar al fondo de la fosa, abrí la caja, saqué el cadáver y lo arrastré hasta la lápida vecina. Le quité las joyas junto con el vestido. Y le hice el amor. Me entregué a ella en cuerpo y alma por última vez. 

En vida, me cobraba tres mil pesos cada vez que pasaba por ella, a la esquina del bar. No veo porque ahora, no le tenga que pagar. Seis mil, tres mil por hacerme el amor, y otros tres por el vestido, el anillo y el collar.


Se lo dije durante años, que la amaba hasta los huesos, hasta la carne y la sangre, que la adoraría incluso después de su muerte o la mía.
Ella solía reirse, luego me decía que, todos los hombres somos iguales. Claramente no, nadie estaba, ni está tan enamorado de ella como yo. Pues no veo a alguien aquí.

En su velorio, eramos pocos, la mayoría de los asientos, lo ocupaban sus amigas y compañeras de esquina. Unas cuantas le lloraron en la misa, muchas menos, se lamentaron tanto como yo, al ver descender el cajón.

Ahí, en el cementerio, la noche de su entierro. No vi a ni un solo hombre llorarle, ni extrañarle. Estaba solo yo, con la pala frente al montón de tierra recien removida.

Abrazo a Laena por última vez, beso sus labios fríos y bebo de su aliento amargo. Luego la pongo en su caja de nuevo y la entierro de nuevo.
El sol me alcanza y me voy a casa, a hacerle el amor a su vestido, a su perfume y a su recuerdo. Espero la noche otra vez, pues me vendrá a visitar la mujer de siempre, la que se nutre de mi sufrir.

La que me tiene en este castigo eterno. Una mujer demoniaca que, junto al ángel de la muerte y a cupido, juegan con mi corazón.

—Vengo a reclamar el vestido —me dijo, apareciendo frente a la puerta de mi sala.

—Allá está, sobre mi cama —le indiqué a la dama oscura. Su voz, su cuerpo y su rostro eran de mujer, pero había algo en su mirada que me provoca nauseas y dolores de cabeza.

—¿Cuántas prendas llevas en total? —preguntó con una sonrisa cínica.

—Cinco —le dije reprimiendo mi coraje, tristeza y dolor.

—Muy bien, solo te faltan ocho para pagar los pecados de tus vidas pasadas. Mañana caerás enamorado, estarás perdido por alguien más, de igual manera que estas últimas cinco. Y como siempre, dentro de unos años, la muerte vendrá a reclamar su alma, y yo, tú sufrimiento —En un destello de fuego, desapareció y se llevó el vestido con ella.

Me hacen enamorarme como un loco, sin olvidar a mis amores anteriores. Un hombre no puede soportar tanto amor y tanto dolor al mismo tiempo.

Quitarme la vida no es una opción, el castigo solamente se reinicia. Así que me entrego al sueño. Al despertar el siguiente día, veo al demonio, dentro de una tienda de ropa, entro y me flechan el corazón. Me enamoro de otra mujer hermosa que, busca unas zapatillas de su medida. Voy a ayudarle, y el sexto círculo empieza de nuevo, otra vez la condena. Pero estoy tan enamorado, que el dolor que se aproxima dentro de unos años, meses, o días, no me importan.

—Hola, ¿que número de zapatillas usas?… —empiezo de nuevo.

7 Comments on “Un castigo de trece

  1. Nunca dejas de sorprender, Gibran. A cada relato, te superas aún más, y tienes mucha razón: No se puede soportar tanto amor y tanto dolor. No solo escribes relatos geniales, sino que nos dejas magníficas frases.

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  2. Pero bueno Gibran, ¿Tú comes imaginación?, ¡Que relato! Tu evolución es fantástica, como lo es este relato, con ese punto negro… Chapó, ¡me enamoraste de nuevo! 😉

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  3. Un relato que vas leyendo de forma inconsciente a más y más velocidad para saber el desenlace.
    Un bucle, como castigo, que se materializa sobre todo en este fragmento:
    «Me hacen enamorarme como un loco, sin olvidar a mis amores anteriores. Un hombre no puede soportar tanto amor y tanto dolor al mismo tiempo».

    Le gusta a 2 personas

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