El ladrón de almas, Alicia Adam

Hay un infierno en el que vivo

y otro que me está esperando

Día 1

No la presiento, veo con total nitidez cómo la muerte se cierne sobre cada uno de nosotros y, como en una cuenta atrás, empieza a prevalecer sobre la vida.

            No se trata de un don y, si por alguna extraña razón alguna persona lo considera tal, es porque no convive con él. Tras cada don hay una virtud, o al menos algo positivo que extraer. Te hace especial y, en una de esas comparativas odiosas, prevaleces por encima de los demás con cierto grado de autosuficiencia. En mi caso, proclamar este tipo de cosas me conduce a un solo camino: la locura. ¿Quién sabe? Quizás lo esté. En este momento lo preferiría. Los locos son felices a su modo; yo no.

 Solo encuentro algo de paz cuando ejecuto mi labor. Tu mano me señala cómo encauzar mis instintos de destrucción y las ganas de saborear la sangre. Sin ti hace mucho que las escenas de mis crímenes se habrían convertido en una mera carnicería de la que no podría haberse extraído ningún mensaje.

Debo reprimir mis instintos con frecuencia. Si no lo hiciera, perdería la poca humanidad que habita en mí y, llegado el momento, no tendría nada que ofrecer.

 «La oscuridad se combate con oscuridad. Para caminar hacia un futuro justo antes hay que extraer de cuajo cada una de las astillas clavadas en el corazón».

 En los tres primeros casos que la policía fue incapaz de esclarecer y conectar los crímenes, me cobré nueve vidas, cada una de las víctimas merecía morir de la forma en que lo hicieron. ¿Sufrieron? Eso espero. Me esmeré en este aspecto. Les pagué con su propia moneda: ojo por ojo y diente por diente. Algunas de las cosas quedaron bajo secreto de sumario. No saltaron a la prensa. Imagino que los documentos permanecerán censurados hasta que me capturen. No lo pondré fácil. A diferencia de otros asesinos en serie, yo no sueño con mi rostro en un libro de psicología ni busco esa clase de reconocimiento. Cada una de esas alimañas vale por la seguridad e integridad de un grueso considerable de la población. Sus muertes trajeron más bien que mal, el Mundo es ahora un lugar más limpio y seguro.

Sé que todos ellos arderán en el infierno. Merecían morir. En cambio, en este último caso, las motivaciones personales prevalecen sobre todo lo demás. Dado que se me concede el honor de poner punto final a sus vidas, ejecutaré Mi Trabajo como desean, siguiendo una doctrina.

CAPÍTULO 1. Aniversario macabro

El cielo se resistía a ofrecerle un clima acorde a su estado de ánimo: aguanieve. Olivia Ramírez pensó que se conformaría con unos nubarrones que ensombrecieran la ciudad con una consistente espesura, similar a la alojada en su sesera. Los pensamientos grises se acumulaban. Sobre la mesa del salón comedor aguardaban tres carpetas; cada una correspondía a uno de los casos que continuaban sin resolver. Desde hacía varios meses, las investigaciones se hallaban en punto muerto. En ninguno de los escenarios encontraron pruebas concluyentes, tampoco objetos sustraídos como recuerdos que indicaran algún tipo de fetichismo del asesino que permitieran dirigir las pesquisas hacia un determinado camino. A pesar de que las víctimas y las puestas en escena eran completamente diferentes, ella tenía la intuición de que se trataba de la misma persona, quien, tras dos meses de descanso, retomaba su actividad utilizando otro modus operandi. Nadie más en el equipo compartía su opinión y esto la exasperaba, porque la realidad se imponía y carecía de indicios irrefutables de aquella conexión. Tan solo livianas casualidades que no terminaban de sostenerse.

A las cinco menos cuarto de la madrugada, ya iba por el segundo café frente a los informes. Repasó cada detalle, cada fecha, las entrevistas de todas las personas con quienes hablaron, la puesta en escena, el ciclo transcurrido entre los asesinatos y los periodos de descanso. Ese día se cumplían dos meses desde la última víctima del caso anterior, denominado el Cristal. Si estaba en lo cierto, pronto le comunicarían que había aparecido un cadáver. Un aniversario macabro que solo ella compartía con el asesino.

En su último cumpleaños contó treinta y ocho velas, de entre ellas, catorce con el color del uniforme de la policía nacional. Ingresó en el cuerpo el día de su nacimiento. Lo consideró el mejor de los regalos y un buen augurio.

Enjuagó el vaso y se dirigió al armario. Escogió ropa colorida, si no podía cambiar la climatología, se adaptaría. Optó por una blusa estampada donde predominaban el marrón y el rojo, que resaltaban el color de sus ojos y de su pelo, respectivamente; vaqueros entallados y botas marrones de medio tacón. Eligió una chaqueta de piel a juego con el calzado y el bolso. La llamada que esperaba se resistía. Profundizó en el maquillaje para mantener ocupadas las manos.

 El aviso de la central llegó a las seis y media de la madrugada, justo cuando cogía la chaqueta del respaldo de la silla y se dirigía hacia la comisaría.

—Han hallado una chica muerta en la playa del Peñón del Cuervo. Te estoy enviando la localización al móvil.  —Ramírez escuchó el sonido de entrada del mensaje.

—Gracias. —La chica que efectuó la llamada colgó antes de que pudiera oír la pregunta—: ¿Tienes algún dato más? —No la culpó. Le incumbía movilizar a todo el equipo en el menor tiempo posible.

Aparcó en el bloque de pisos donde vivía Sergio Román. A los pocos segundos salía con paso apresurado. El tamaño de sus ojos iría en aumento conforme se fuera espabilando; ahora deslucían entornados. Tenía cuarenta y siete años, el cabello gris plata y las cejas rectas y negras. Su tamaño, casi dos metros de altura, le confería en comparativa con el resto del equipo la apariencia de un gigante.

Olivia apretó los párpados unos segundos antes de pasar a la zona acordonada por la Guardia Civil, en la curva que daba nombre a la playa.  La chica llevaba puesto un vestido gótico medieval con corsé. Las mangas estaban entalladas hasta el codo y desde ahí se ensanchaban en forma de campana. Iba descalza. Su cuerpo fue dispuesto bocarriba con las manos sobre el pecho. Sobre el dorso de la mano había una moneda. A simple vista no presentaba signos de lucha ni de agresión sexual. Tampoco heridas visibles.

La puesta en escena era diferente al resto de casos que permanecían abiertos, pero estaba segura de que lo ejecutó el mismo sujeto, quien iniciaba una tanda de crímenes con una firma distinta. Sintió rencor hacia sí misma. No encontraba el modo de anteponerse a sus pasos. Necesitaba que cometiera un error, algo que no resultaba alentador.

            Mientras el forense etiquetaba las pruebas, se acercaron al pescador que descubrió el cuerpo, un hombre de más de setenta años.

            —Los inspectores Sergio y Ramírez. Soy la agente al mando de la investigación. —Siempre se presentaba así ante las personas mayores. Notaba que les daba seguridad, porque se asemejaba a la imagen prefijada de las series policíacas. Notó que el anciano se enderezaba buscando fortaleza interior, aunque las manos le temblaban—. ¿Puede decirnos cómo y cuándo encontró a la chica?

            —Yo soy Luciano. Desde que me jubilé, casi todos los días vengo a esta zona a pescar con caña a las cuatro de la madrugada. Cuando me acercaba al lugar, vi a una chica tumbada en la arena. Pensé que se había quedado dormida. —Frotó las manos por encima de su vientre abultado—. Luego imaginé que estuvo de fiesta y no se encontraba en buenas condiciones. Preparé las cañas y comencé a dar un paseo por la orilla en su dirección. Al acercarme, noté que seguía en la misma postura. Pregunté desde lejos si se encontraba bien, pero no contestó ni movió un músculo de su cuerpo. Me pareció muy raro. Me aproximé un poco más, entonces vi que tenía el rostro muy blanco. Pensé que era una broma, que sus amigos estaban escondidos grabando y riéndose de mí, un pobre abuelo. Me aseguré de que no había nadie y volví a llamarla, pero ni me contestaba ni se movía. ¡Dios Santo! ¿Cómo iba a contestarme?  —El hombre se llevó una mano al pecho e hizo una mueca de dolor—. Grité que como broma ya estaba bien, que era muy macabro. Estaba chillando a una mujer muerta. ¿Me entiende? —Se desplomó en la arena y empezó a sollozar.

            —Usted pensaba que se trataba de una broma —concedió Ramírez.

            —Sí, pero no es así, ¿verdad? Esa chica está muerta, ¿no?

            Un silencio incómodo fue la respuesta.  Sergio ayudó al anciano a incorporarse.

            —Esto no tiene perdón de Dios. ¡Le grité a una pobre chica muerta! —Luciano sacó un pañuelo de tela bordado y se limpió las lágrimas y la nariz—. La zarandeé un poco para despertarla. Pensé que estaba bajo los efectos del alcohol o de algún tipo de droga. Busqué el pulso en el cuello, pero no sentí ningún latido. Me puse muy nervioso y vomité.

            Olivia intentó dominar su carácter. Aquel hombre, a pesar de su buena voluntad, había contaminado la escena del crimen. Recordó que el cuerpo presentaba el aspecto que él describió cuando llegaron.

—¿Qué hizo después?

—Volví a colocar el cuerpo como lo encontré. —Luciano miró al suelo avergonzado.—. Y enterré el vómito en la arena. —Contrajo el gesto antes de añadir—: Yo no hice esa monstruosidad. Yo no la maté.

Olivia y Sergio se miraron extrañados.

—¿Por qué dice eso, buen hombre? —preguntó ella.

—Mis huellas… estarán por todas partes. Yo no he sido. ¡Lo juro por Dios y la tumba de mi santa esposa, agentes, tienen que creerme! —Buscó como un niño temeroso la contestación en el semblante de Ramírez.

—No se preocupe, le creemos. Nadie ha dudado de su integridad.

Sergio lo condujo fuera de la playa. Se instalaron en las mesas del merendero.

—Llamaré a su casa para que vengan a recogerlo, ¿de acuerdo?

—Sí, muchas gracias. —«Nunca debían perderse los buenos modales», reflexionó Luciano.

Decidió esperar a que llegara el hijo del anciano, quería ratificar su historia para delimitar el tramo horario del asesinato.

Antonio Guzmán, el forense, era un hombre de cincuenta y un años, de mediana altura y de gran envergadura. No había superado la ruptura con su exmujer y gastaba las horas en machacar su cuerpo en el gimnasio con el único propósito de que volviera a fijarse en él. En seis meses perdió diez kilos y el resto lo transformó en músculo. Tenía el cabello y la barba plateada, pero las cejas y el bigote negros. Los tatuajes asomaban por la blusa negra que llevaba remangada por debajo del codo.

Antes de comenzar su trabajo, oyó de primera mano la historia del pescador. Halló huellas completas en el cuello y en las manos de la víctima, pelo cano en el vestido, y arena removida de la que no extraería gran cosa. Supuso que corresponderían con las de Luciano, el pescador. La disposición del cadáver podría diferir considerablemente de cómo lo colocó el asesino, puesto que se basaba en los recuerdos de un hombre de más de setenta años después de una crisis nerviosa. Resopló.

            Guzmán se acercó a Ramírez y a Sergio.

            —Ya habéis escuchado la historia del viejo —recalcó resentido—. No niego la buena voluntad, pero contaminó la escena. Aun así, tengo algo —indicó dándose importancia—. La víctima llevaba alrededor de dos horas muerta cuando la encontró Luciano. El asesinato se produjo aquí, no movieron el cadáver. La causa probablemente sea envenenamiento. La moneda es un óbolo. En el escote del vestido encontré un saquito de esparto con varias monedas similares. Además, descubrí una nota semienterrada en la arena.

            Ramírez tomó la nota que le tendía el forense. Leyó en voz alta: «Elijo morir».

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5 Comments on “El ladrón de almas, Alicia Adam

    • Has sabido muy bien crear un ambiente oscuro y opresivo tan propios de la novela negra. Has dibujado un perfil psicológico de todos los personajes absoluto y, todo, a través de sus propias reflexiones que parecen hechos directamente al lector.
      Y, sobre todo, me encanta esa consonancia, a lo largo de toda la obra, de la climatología de Málaga con el estado emocional de la protagonista. Me creé mi propia teoría sobre esto último, pero ya la contaré en la reseña que haga sobre tu libro.

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  1. OMG!!! Pero qué primer capítulo…solo nos deja con las ganas de leer el libro cuanto antes. ¿Qué se puede decir de Alicia más que: todo lo que escribe es fascinante ?🤓👏🏾👏🏾👏🏾👏🏾👏🏾👏🏾💯💯💯💯💯💯💯💯💯💯💯

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