Diario de Marcos Fonseca

Al termino de la llamada “guerra de las cinco biblias” o la “biblioguerra” el país entró en crisis. Al igual que todo el globo. Pero como raza humana, sobrevivimos una vez más. Nuestros abuelos nos han contado que sufrieron los estragos en carne propia, al igual que sus abuelos se enfrentaron en Afganistán, y los abuelos de los abuelos en Vietnam, y antes de ellos, otros hombres y mujeres perdieron la vida en la segunda guerra mundial.

Una serie de sucesos históricos que nos han dejado nada más que, una recuperación lenta, pero en fin, en progreso. No podemos negar que, al ser una sociedad libre de religiones, ha habido una concientización global en el uso de recursos y en la libertad de pensamiento. Muchos le llaman el segundo renacimiento. Una mejora que costó millones de pérdidas humanas.

Se dice que antes, hace tres décadas, las casas eran un patrimonio extremadamente caro, pues tenían que construirse desde los cimientos y había mucha demanda. Pero ahora, con el programa de reúso de casas abandonadas en la guerra, los precios se abarataron. Tanto que, muchos compramos un barrio completo, para pepenar en las casas abandonadas, dejar solo una o dos para formar nuestra familia y derrumbar el resto para sembrar arboles y hortalizas (la tierra debajo de las casas abandonadas suele ser muy fértil)

Aun así, tuve que ahorrar para dar el enganche, de un barrio muy bonito; eran diez acres, donde estaban acomodadas veinticinco casas, al estilo de los 2010, casi cien años de eso, cerca de San Antonio, Texas. Y fue en una de ellas, que me encontré un diario, fechado en la primera pagina como 16 de enero del 2018.

Photo by Luis Quintero on Pexels.com

Pertenecía a Marcos Fonseca. Al parecer un hombre maduro que mas que relatar su vida, escribía notas e ideas. Una por ejemplo decía: ‹‹Subir una reflexión de la libertad en Twitter››

Había un dibujo de un diseño para una chimenea de leña, y algunos poemas donde enfatizaba en la libertad sexual. Lo cual tiene sentido, pues en aquellos días, la sociedad estaba en constantes manifestaciones, donde exigían libertad, derechos, respeto y aceptación sin importar las preferencias sexuales de las personas.

Todo me parecía irrelevante en el diario de Marcos. Hasta el final vi que tenía un escrito fechado en el primero de febrero del 2022. Y me pareció interesante leer algo que fue escrito justo y exactamente, veinticinco años antes de la catástrofe. Esa que vivió mi abuelo.

El texto iniciaba con un guion largo:

—¿Por qué tiene sangre en la cara, papá? —me preguntó el niño. Refiriéndose al cristo que estaba en la iglesia, detrás del altar.

—Pues, unos hombres malos le hicieron eso. Hay gente muy mala, hijo. —Le dije en un susurro.

—¿También lo de las manos? Parece como que tiene agujeros. —Entre mas exploraba la estatua de tamaño real, detrás del padre que oficiaba el funeral de la abuela, más se sorprendía de lo que veía.

—¿Y esa señora del otro lado quién es? La que está allá con el vestido azul.

—Pues es la mama de Jesús, el que esta de esté lado, la cruz.

—Pues ella no tiene sangre ni nada. Ella está feliz. No es como todos los que están aquí, papá.

El ambiente de la misa era tétrico, más de lo usual, por obvias razones.  Yo me arrepentía mucho de haber llevado a mi hijo. Explicarle lo que es el dolor, la muerte, el luto y los llantos de las tías a un joven en sus tiernos seis años, es difícil.

No le dije nada, pero lo vi quedarse pensativo, mirando las estatuas y las imágenes alrededor de la iglesia. Escuchando el sermón con atención y guardándose un montón de preguntas que me soltaría, seguramente, esa misma tarde.

Y yo, solo pensaba en que, el entierro iba ser a la mañana siguiente y surgirían mil cuestiones más. Le sugerí a mi esposa que no fuéramos.

—Es tu abuela, solo hazlo por tu padre y tus tíos, tus primas y tu familia.  

Y esa respuesta fue definitiva.

—¿Por qué no lo bajan de ahí? —continuó durante la cena, una hora mas tarde.

—Bueno, no es realmente él. Es solo una estatua, una representación. Como lo es una fotografía. —le contesté, sufriendo al tiempo que estructuraba la respuesta.

—Tu le pudiera ayudar, papá. Tu siempre le ayudas a tus amigos, y a las personas que se enferman. En tu ambulancia.

—Eso fue hace mucho tiempo, si yo hubiera estado, seguro le hubiera ayudado. —le sonreí y le acaricié el pelo. —Anda, termina de comer… ¡Caray! Creo que dejé mi celular en la iglesia.

Me levanté para rebuscar en mis bolsas, pero no lo encontré. Estaba casi seguro de que lo había dejado en la banca. Desde el celular de Lauren, busqué el mío, y lo comprobé.

—Con suerte aún esta abierta la iglesia. Voy por él, me voy a llevar el tuyo. Si necesito te marco al de Vicky. ¿Dónde esta ella?

—Subió derecho a su habitación, ya sabes, seguro va a hacer stream.

—Vale, no me tardo mi amor —le di un beso de esos que los esposos se dan apresurados y salí.

Para cuando llegué a la iglesia, el sol ya se había metido. En el celular de Lauren aun podía ver la ubicación del mío, seguía ahí dentro. Pero el lugar estaba cerrado. Caminé alrededor del edificio, asomándome por las ventanas y timbrando a mi móvil.

Lo vi aluzar desde la banca donde estuvimos sentados esa tarde y sentí alivio. Con más calma, seguí explorando por todas las ventanas, buscando una abierta. Antes de llegar a la última, un leve soplar del viento, hizo crujir el marco del cristal, y como señal divina, se abrió.

‹‹Nadie me puede juzgarme por escabullirme en una iglesia, solo a recoger algo que me pertenece››

Photo by cottonbro on Pexels.com

Entré, el lugar estaba en penumbras. Un par de veladoras al otro lado, no eran efectivas contra la oscuridad que reinaba el lugar. Era tenebroso estar ahí. Mi respiración hacia eco, y el silencio parecía haberse guardado dentro de esas paredes. Se podía apreciar el caminar de un ratón.

Me fui directo al celular, y en el momento que estiré la mano para tomarlo. Se escucharon los pasos de alguien que no era yo.

Tenía la linterna del celular de mi esposa encendida.

Preferiría decir que, lo que vi fue un vándalo que también vio la ventana abierta, o que era un sacerdote, o algún feligrés que buscaba refugio en su catolicismo. Pero no. Era el Cristo de la cruz. Se había bajado y se encontraba caminando. Con pasos erráticos caminaba de un lado para el otro. De allá para acá. Lento y duro, como cualquier figura de cerámica que tiene problemas para articular movimientos.

Las gotas de sangre se materializaban y chorreaban por borbotones. De vez en cuando, giraba su cabeza hacía mí, y sin decir nada, retomaba su deambular torpe.

El miedo me invadió hasta los orines. Mi respiración era pesada, estaba paralizado. Deseaba salir corriendo de ahí, pero el Cristo era el guardián de la ventana que estaba abierta. Después de una eternidad, me armé de valor e intenté gritar, pero solo susurré.

—¿Qué es lo que quieres, señor?

Se detuvo de golpe, y se giró a mí. Con una mirada helada, y una sonrisa que podría interpretarse como hiriente.

—Venganza —dijo y luego, caminó amenazándome con cada zancada. Yo me convertí en un cordero. Tieso y silencioso, paralizado por el terror de la escena.

De ahí, recuerdo un golpe caliente en la nuca, que me hizo caer. Después, solo recuerdo que abrí los ojos, estaba en el suelo de la iglesia, en un charco de sangre. Había paramédicos, Mike y Joel, mis compañeros. Tras ellos mi esposa, fuerte como siempre, me daba palabras de aliento que no logré apreciar en ese momento. Me llevaron al hospital y me pusieron tres o cuatro unidades de sangre AB+

La iglesia no puso cargos. Salí en una nota del periódico, San Atonio Sun. Para todo mundo, fue el poder de Cristo el que me salvó. A sus ojos, solo tropecé y tuve un accidente.

Esta historia no se la dije a nadie. Estoy seguro que nadie me la hubiera creido, ni me la creeran. Pero la escribo aquí, para que mis hijxs, en especial Rogelito, la lean. Pues pasó hace quince días, el día del funeral de su bisabuela, la noche que me vio en una sala de hospital, y me preguntó porque sangraba igual que el Cristo. El ultimo día que fui, y que me prometí, jamás volver a entrar a una iglesia. No tengo porque convencer a nadie, no necesito que nadie me crea, a excepción de mis hijxs. Ellxs no ganan, ni pierden nada con saberlo.

Me pareció increíble lo que cuenta Marcos en su diario. No sé qué postura haya tomado él, o su hijo Rogelio en la biblioguerra. Cuando las religiones se empezaron a decaer. Ellos vivieron y seguramente murieron, en esa causa. Y yo, solo me alegro de no haber conocido nunca, a ese tan histórico Cristo.

9 Comments on “Diario de Marcos Fonseca

  1. Está genial, Gibran. Al principio, pensé que habías escrito algo muy diferente a lo que haces, que te habías decantado por un relato distópico para contarnos tu punto de vista sobre el futuro y, por la mitad del relato, das un giro espectacular creando misterio y miedo. En una sola frase «Busco venganza», y del personaje de quien sale, has provocado una historia de terror. Es grandioso.

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  2. ¡Fantástico relato Gibrán! Me has despistado bastante en un principio, la verdad. Me estaba encantando pero no veía tu sello tan personal. Hasta que llegó, justo en el momento preciso. Me ha gustado muchísimo como siempre y para bien, ¡eres una cajita de sorpresas!

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