Cirujas

Reaccioné muy mal con Cuervito. Lo admito. La verdad, es que me sacó de mis casillas en un muy mal día.

El viejo no debió robarme el bulto de cartones por el que me había esforzado toda la tarde. Existen códigos entre los sin techo, y él, quizá por desesperación, lo rompió.

Me siento culpable por el golpe que le di, antes de quitarle mis cartones. La mala suerte hizo que cayera golpeándose la cabeza contra el suelo.

El Colorado me dijo que no me preocupara, que Cuervito hizo más teatro para que la ambulancia se lo llevara, y tener un lugar caliente donde hacer noche, con una comida asegurada.

Ahora, mientras repaso mi día bajo el puente donde vivo, intentando calentar mi cuerpo helado, junto a mis compañeros de desgracia, trato de mitigar mi consciencia, que me carcome de culpa. Acerco las manos a la fogata, que Carmela alimenta con ramas secas, sin soltar nunca su mugrienta muñeca de trapo, a la que le habla y mima como a un bebito.

Ella tiene una edad indefinida.

Vaya a saber cómo luciríamos todos, de tener acceso a un buen baño caliente, un corte de pelo, y ropa limpia.

También hay niños aquí. Eso me duele muchísimo. Se les nota en la mirada, que lo poco que les quedaba de infancia se les hizo trizas en algún siniestro rincón de estas calles salvajes.

Llega Rulo, tambaleándose. A veces pasa varios días sin paradero, regresando algo más limpio y sobrio. Pero hoy no. Hiede a alcohol. Y tiene un brillo asesino en los ojos enrojecidos. Le hacemos un espacio, para que se acomode cerca de la hoguera.

Carmela le arroja más ramitas, y le canta una canción de cuna a su muñeca, con una voz demasiado dulce y entonada para un lugar tan miserable como éste.

Colorado, quizá inspirado por la bella canción de Carmela, saca su único tesoro, su armónica, y nos deleita con unos sones que nos alejan unos minutos de la fealdad y la injusticia.

Me chiflan de hambre las tripas, pero me tengo que aguantar. El incidente con Cuervito, me hizo huir de la zona, por miedo a que la policía me apresara. No llegué a tiempo al depósito, para cambiar mi enorme bulto de cartón recolectado por los pocos pesos que hubieran llenado mi panza vacía. Mañana sería otro día.

Uno de los niños, enterados de mi incidente, quizás leyendo en mis gestos lo que me pasaba, me alcanzó una tira de pan.

–Hoy hubo suerte, Tío.– me dijo el pequeño, minimizando su generosidad. Me decían «Tío», desde un día en que los defendí de un tipo que, junto a otros dos compinches, los quisieron subir a un coche nuevito, de vidrios oscuros como sus almas.

Así me conocen todos desde entonces. Soy el Tío. ¿Alguien fuera de este infecto lugar, se preguntará sobre nuestras identidades? ¿Inspiraremos los sin techo, además de asco, una sana curiosidad por conocer nuestras historias?

Tengo que ser sincero, y admitir que cuando formaba parte de la «sociedad formal», jamás prestaba atención a los infelices que me pedían limosna. Me los sacaba de encima con unos pocos pesos, sintiéndome un buen cristiano, y no me detenía ni un segundo en pensar en ellos. Porque yo, aunque sea difícil de creer, alguna vez tuve una casa, un trabajo digno, una hermosa familia.

Me equivoqué muy feo. Para evitar pagar impuestos al fisco, inventé una empresa fantasma, y puse mis bienes a nombre de una amante, por la que hubiera matado, embelesado como un idiota.

Cuando se enteró mi esposa, (las cosas malas que hacemos, son las primeras en conocerse), se divorció de mí, y mis hijos me dieron la espalda, heridos por mi traición.

Mi bella testaferro, en vez de recibirme con los brazos abiertos, me despojó de todo, y me despidió como a un perro sarnoso. Legalmente, nada podía hacer. Caí en mi propia telaraña.

Ninguno de los que me decían «amigo», en los buenos tiempos, me tendió una mano solidaria. Me convertí en un paria. Nadie me daba trabajo, ni ayuda. Así, de exitoso empresario, terminé bajo el puente, masticando pan viejo frente una fogata, con personas sin nombre, rebautizadas con el fango de la calle, y trajinando las jornadas entre la basura y la indiferencia de los afortunados…

2 Comments on “Cirujas

  1. Abrumador relato de una situación, que aunque parezca inverosímil, ocurre en la vida real. Una descripción magnífica de un oscuro y triste lugar al que van a parar las almas abandonadas por la sociedad. Un personaje muy bien retratado.

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