Un vagabundo en el cielo

—¿Alfredo, se encuentra usted bien?

—No, no me encuentro bien. A veces hubiera preferido no morirme y seguir durmiendo entre mis cartones al aire libre.

—¡Ande, no diga que no está aquí a gustito! ¡Tan calentito y bien atendido!

Alfredo no respondió. Últimamente echaba de menos la calle. El alcohol no, de haberlo dejado estaba muy agradecido.

El Ángel continuó con el acostumbrado sermón:

—Solo tiene usted que admitir que está en el cielo.

El asintió por educación. En realidad estaba muy cansado de esta situación que duraba ya más de treinta años. No sabía como hacerse entender. Él no era una buena persona, los del cielo estaban un poco chalados. ¡Vamos, se habían equivocado totalmente! Lo tenían que haber mandado directamente al infierno. A su favor tenía que intentó por todos los medios sacarlos de su error, pero nadie le hizo caso.

Ahora su vida transcurría, yendo y viniendo de una nube a otra: todas negras y altas, alejadas de los Ángeles Custodios. Aún así parecían que tuvieran calefacción interior. Nunca pasaba frío, ni calor. Tristeza sí, sentía una tristeza tan grande que no transcurría un solo día sin desear no haber nacido.

Recordaba muy bien el primer día que llegó:

—¡Bienvenido Alfredo Diego Del Rosal, está usted en el cielo! Solo le queda un último trámite, debe de ir al Departamento de Inscripción y firmar que acepta formar parte de la Corte Celestial.

Su estado de confusión era total. Acababa de morir, y si vivo se sentía un fracasado; muerto, la percepción de él mismo no hizo nada más que empeorar.

—¿Y si no firmo?— preguntó decidido.

—Sería algo totalmente inusual, todas las almas que vienen de la tierra firman.

—Ya…, pero y si no lo hago: ¿que ocurriría?

—Pues que aunque esté usted en el cielo, es como si no estuviera; porque para entrar en él, su alma debe de estar de acuerdo.

Y así fue como Alfredo comenzó a vagar de nube en nube sin darle descanso a su destrozado corazón.

Estos días estaba más decaído que de costumbre, las fiestas navideñas influían negativamente en su ánimo. Decidió encontrar un lugar lo más alejado de todos. Así que se dejó llevar por un viento Mistral, que lo dejó en un cirro helado.

¿A quién podía importarle lo que le pasara a un viejo exborracho como él? En esos momentos sintió un deseo irreprimible de beber lo que fuera: vino, garrafón, veneno… Mejor veneno. Ojalá él que estaba al mando decidiera acabar con él de una vez por todas.

Algo lo sacó de sus cavilaciones, parecía el gemido de un niño. Agudizó el oído, y se dirigió a la parte posterior del cirro. Y allí lo encontró, acurrucado entre la espesa bruma. Era tan pequeño que calculó que apenas tendría cuatro años.

—¿Te has perdido?— le preguntó.

—¿Te manda mi padre?—preguntó a su vez el niño, con una voz que parecía nacer dentro de la cabeza de Alfredo.

—No, no me manda nadie. Tus padres estarán preocupados por ti.

—No, están acostumbrados a que desaparezca de vez en cuando. Saben que en un rato volveré.

—Extraño proceder en alguien tan pequeño.

—Más extraño es su proceder, Alfredo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Aquí todos nos conocemos — y añadió— La parte de mi naturaleza humana me hace huir de mis obligaciones como hijo y hombre.

—No entiendo de que hablas, y tampoco entiendo como un niño puede expresarse en tales términos.

El chiquillo le sonrió con dulzura.

—¿Tienes miedo del destino, Alfredo? Yo sí.

Entonces ocurrió algo realmente extraño. Alfredo se puso a hablar sin parar, o tal vez no dijo nada, y fue su corazón el que se desnudó ante el niño. Le contó desde sus felices primeros años de vida, hasta cuando formó su propia familia. De los bracitos de su hijo Héctor y de la dulzura de su princesa Carminita. De su esposa y compañera: su yo cálido y bueno. De las máquinas tragaperras con su melodía adictiva. De la ansiedad que sentía hasta que los viernes cobraba su jornal; y de como en vez de llevarlo a casa, lo despilfarraba en la máquina que cada vez le pedía más y más dinero, a cambio de falsas promesas de sirena. De su adicción al alcohol. De como se reencarnó en él el vástago de la vergüenza y de la mezquindad. De los gritos y reproches hacia su mujer. Del miedo que sus hijos experimentaban ante su presencia. Del piso vacío, de los armarios sin ropa, del suelo sin juguetes, de la cama sin Eloísa.

La calle se convirtió en su hogar, los cartones en su lecho. El vino peleón en su credo. Nunca hizo nada por recuperar a su familia.. Cuanto más culpable se sentía, mas sepultaba la conciencia en alcohol. Hasta que un día un coche lo arrolló. Y quien estuviera al mando en las alturas, lo envió al cielo.

Alfredo lloró como jamás lo había hecho ante el niño de la mirada de luz. Nunca supo cuanto tiempo transcurrió en su compañía. Solo recordaba que antes de irse le dijo que no se podía huir del destino.

—Debes de hacerte responsable de tu malestar, y del sufrimiento que has causado en los demás, solo así tu alma encontrará la paz. El pasado no puede cambiarse, pero si puedes ayudar a que la vida de otras personas sea mejor que la tuya. Y solo será así, si te perdonas a ti mismo. La debilidad hace al hombre más grande, no lo destruye.

Y dicho esto desapareció de su vista.

Días después, Alfredo le contó al buen Ángel Custodio el extraño encuentro con el niño.

—No le pregunté ni tan siquiera por su nombre— se lamentó.

—Se llama Jesús— le dijo el Ángel,

Y desde ese momento Alfredo dejó que el cielo habitara en su corazón.

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#cuentosdeNavidad

Fotografía: PIxabay.

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