Insecto (Relato, Gibran HD)

Lo redujeron a un insecto. No de la manera figurativa, sino literal. Era un gran escarabajo, o algo parecido según se sentía, un insecto que pesaba casi los 250 gramos.

Tenia tenazas con pinzas en la punta, una cola con aguijón, cinco pares de patas, la habilidad de camuflarse al ser casi cristalino, antenas largas, vello por todo el cuerpo como las tarántulas y picos en el lomo, como un estegosaurio. Media mas de un palmo y caminaba ligero con todas esas patitas. Un ratón a su lado podría ser una presa sencilla de asesinar.

La mujer le dio un manotazo y lo hizo caerá un lado de la cama. La dama castaña era una prostituta famosa que, solo se acostaba con un solo hombre por noche, mientras que este fuera adinerado y que estuviera de buen ver. Ella vestía solo ropa elegante, perfumes caros y cobraba caro para sustentar todas sus excentricidades.

Se sabía que en la cama, tenía habilidades que otras mujeres con experiencia en la ciencia del amor desconocían. Dominaba bestias de hombres, y amaestraba a los jóvenes novatos. No había mejor maestra que ella, para enseñar el arte del sexo.

Zammiel no cumplía con el perfil para contratar los servicios de la hermosa dama castaña. No tenía el dinero, y su cara no era la de un príncipe. Pero contaba con otras habilidades. Era bueno para endeudarse, y para aparentar ser lo que realmente no era. Vivía con las orejas paradas siempre y conocía muchas personas.

Se encapricho con dama castaña desde que oyó en un bar, de sus habilidades. El mismo día que conoció a un tipo equis, quien a su vez conocía a un tipo ye, quien iba salir de vacaciones a Colombia por un mes y dejaría encargado de sus negocios y sus propiedades a un hermano inepto y nada adecuado.

Al siguiente día, Zammiel se puso manos a la obra. Tendría que entrar a hurtadillas a una casa, esconderse un poco por aquí y por allá. Tomar dinero, joyas, un auto y una maleta con un par de trajes y salir por la puerta principal como si fuera dueño y amo de todo. Fue de los trabajos mas sencillo que había hecho antes. Escapó directo a donde había escuchado que, trabajaba la dama castaña.

—Mi vagina tiene poderes. —Le dijo la dama, ahí en el bar mas caro de la ciudad.

—¿A si? —Preguntó él, con un acento seductor. —¿Cuándo podría frotarla? Muero de ganas por ver como aparece ese genio?

—Cuando dejes de ser un pobre diablo, chico. —Le guiñó el ojo y le sonrió, luego se giro en busca de un cliente real.

Zammiel se enojó al instante. Y  jalo por el brazo a la dama castaña.

—¿De que hablas? Eres una puta cara y tengo con que pagarte. ¿Cuánto quieres?

Ella se liberó el brazo, y cambió su cara de molestia por una sonrisa muy mal actuada.

—No tienes porque ponerte así, cielito. Enséñame cuanto traes.

Le enseñó de entre su saco, un fajo de billetes muy grande.

—El doble de esto. —le dijo.

—Bien, me convences rápido. Llévame al hotel Castañeda, para mostrarte la magia. ¿Sabes donde queda? Guapo.

—Claro que si nena. —Le dijo con una sonrisa lujuriosa.

Durante el viaje, las manos de los dos estuvieron jugueteando con el sexo del otro. Ella tentaba delicada y tierna la pierna y dentro del pantalón de Zammiel, con sus dedos. Mientras que él era tosco con los senos de mujer.

—Me prometiste el doble, y lo requiero antes de empezar, cielo. Solo colócalo aquí, en esta mesita. —Dijo ella, en cuanto entraron al cuarto del hotel.

—Como digas, cabrona. —dijo riéndose y mirándola como si fuera un lobo hambriento viendo una pierna de venado. —Enséñame esa lampara maravillosa, quiero conocer tu magia, bruja.

—A tus ordenes, cielo. —Le dijo al momento que lo sentó de un empujón en el borde de la cama, con la planta del pie descalzo.

Con los movimientos suaves de una danza, empezó a desvestirse. Metía la mano dentro de su ropa interior y se toqueteaba, luego le metió los dedos al hombre que estaba boquiabierto frente a ella, para que saboreara el líquido de su entrepierna.

—De verdad sabe a miel.

—¿Sí? —preguntó ella con un tono agudo que excitaba más a Zammiel.

Seguía estimulándose y desvistiéndose, lentamente. Por sus piernas escurría una ligera humedad de mujer. El cuarto se empezó a perfumar de un aroma a dulce. Desnudó pechos eran redondos, firmes y grandes y, se quedó con solo una prenda vestida.

Zammiel no aguantaba mas y se arrodilló frente a ella. Con su nariz pegada al monte de venus le dijo a la mujer:

—Ya muéstrame dama.

Ella sonrió malévola, con una fuerza descomunal, lo sometió de la cabeza. Lo obligó a morder la orilla de sus bragas mojadas y lo bajó hasta el suelo de un empujón, después lo subió de nuevo para que viera su desnudez.

Eso no estaba cerca de ser una vagina. En lugar de eso estaba una especie de planta carnívora, tenia dientes y de adentro salían lianas que se movían como tentáculos que, en sus puntas tenían bocas que escupían perfumes de colores.

—¡Bruja! —Le gritó Zammiel mientras forcejeaba para escapar de sus fuertes brazos. Pero ella lo tiro por completo y lo montó, para abrazarlo con las piernas y apretarlo con la fuerza de la mandíbula de un cocodrilo.

—¿Querías ver magia, cielo? —Le dejó ver una sonrisa vengativa —Pues aquí tienes, pobre diablo.

Las lianas que escupían perfumes le rodearon el cuello al hombre como diez serpientes delgadas y buscaron su boca. Luego una a una le depositaban sus venenos con sabores dulces todos.

Zammiel no recuerda nada más después de eso. Solo que despertó y ahí estaba ella, viendo History Channel desnuda, sobre la cama del hotel Castañeda. Exponiendo una vagina de mujer humana, con pliegues y curvas apetitosas. Y él estaba ahí, caminando en diez patas, buscando la salida de ese cuarto de, chirriando lo mas alto que podía.

Descubrió que poseía una especie de alas y comenzó a volar por la habitación. Advirtió que afuera era de noche, y trató de escapar hacia la oscuridad, pero se estampó en el cristal de la ventana.

—Para ser un escarabajo endemoniado, haces mucho ruido, cielo.

Zammiel también quería venganza, voló hacia la mesita de los billetes, los tomó con las pinzas y se decidió a morder y comer todos. La dama castaña lo vio y se echó a reír.

—Ay querido, ¿quieres ir por una cerveza? Toma. —Se levantó y le arrebató los fajos de billetes, de los que sacó uno y se lo ofreció. —Me voy a dormir, insecto. Te advierto que no puedes escapar y te suplico que no me intentes picar con tu aguijón, soy inmune. Por cierto, eres un insecto que no existía aún. Yo te inventé. Mañana después de unos deliciosos pancakes de desayuno, te voy a llevar con mi colección de insectos, tengo una reserva de pobres diablos que les encanta robar y golpear mujeres. Ahí son unos completos machos que pelean y se aparean entre ellos, te va a encantar.

El gigantesco escarabajo de veinte centímetros caminó toda la noche. Le picoteo la pierna a la dama que solo lo pateaba y lo tiraba al suelo. Conservaba su razonamiento humano, y tuvo tiempo de sobra para pensar en un plan para escapar.

En la mañana, la dama castaña lo metió en su bolso y bajó con él a desayunar. El escarabajo era muy fuerte, sin mucha dificultad abrió la cremallera y logró salir. Ella lo vio volar a unas mesas de donde estaba.

—¡ay no! Que horrible animal es ese —Dio un grito de una mujer indefensa y miedosa, fingiendo ser quien no era realmente.

Una horda de meseros se abalanzó contra el gigantesco escarabajo que, se movía torpe en el aire. Uno de ellos le dio con la charola y lo tiro al suelo, luego lo pisó con la zuela de su zapato.

Al principio se sintió como si fuera una roca. Pero se subió con todo su peso sobre él y lo reventó. Al crujido en la planta del pie del mesero lo acompañó el lamento de una voz de hombre. Alrededor del insecto muerto, corrió una cantidad espeluznante de sangre, era imposible de creer que ese animal tuviera sangre, y mucho peor, litros y litros del liquido carmesí.

—Es una pena— dijo en un suspiro lastimoso que nadie escuchó. La dama castaña continuó echándole jarabe a su plato de pancakes.

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