Elisa (Relato, Noemí Marmor)

El aire estaba helado. Las sierras parecían espolvoreadas con azúcar impalpable. Los arbustos resecos crujían, rompiéndose ante el inseguro y tambaleante paso de Elisa. Ella se esforzaba por llegar al río, por el camino más difícil, generando ramitas quebradas, y nubecitas con el vapor de su aliento. El cielo encapotado, con nubes furiosas, oscuras, preñadas de tormenta, no detenían el andar de la niña hacia su objetivo.

Elisa venía desde un ranchito perdido en la nada. La abuela la había corrido, furiosa, sin darle tiempo a tomar su mate cocido con pan duro. Le hacía ruido la panza, dolorida por los cólicos que generaron la furia de la abuela. «¡Te vino la maldición! ¡Con once! ¡Ahora me vas a llenar la casa de críos! ¡Cómo si no hubiera sufrido ya bastante en la vida! ¡Sal de acá ahora mismo! ¡No quiero sentir ese olor inmundo!». Ella, confundida, sintió también el aroma a herrumbre, y la humedad amarronada que manchaba su humilde lecho. Ni tiempo de abrigarse le dio la abuela. La sacó arrastrándola de los pelos, descalza, corriéndola a empujones. Confundida y conmocionada, muerta de frío y con espasmos de dolor, escuchaba, al alejarse del ranchito, el llanto desgarrado de la abuela, que rompía cosas contra el suelo, mientras gritaba su pena, que ululaba con el viento y sacudía con furia los árboles pelados.

Elisa calculaba, entre temblores, que ya faltaba poco para llegar al río. Podía escuchar su rugido caudaloso, embravecido con las crecidas. Pensó en la abuela. Había tenido siete hijas, de las que se había hecho cargo al fallecer su marido. No bien entraban en la pubertad, las niñas aparecían con el vientre hinchado, sin confesar, pese a las palizas con varas de sauce, alpargatazos o mano pelada, quién era el padre de los bastardos. Tres se le habían muerto después de llevarlas con la Ofelia, la curandera, que despenaba angelitos. Pese a que la doña era una experta, las chicas agarraron fiebres, cada una a su momento, y fallecieron. La cuarta murió al intentar dar a luz, sufriendo como un animalito en una trampa. La quinta se escapó, con un petate y su panzota, a la madrugada, y nunca más se supo de ella. La sexta, se colgó del árbol del frente del rancho. La séptima tuvo a Elisa. Se la dejó a la abuela como un paquetito, y sin cruzar palabra, también se fue del hogar, con su cara torva tallada en la piedra de un padecer indescifrable. La abuela, que había perdido a sus gurisas no bien les había venido su primera menstruación, aprovechadas vaya a saber por qué malnacido, en ese moridero de pobres donde le había tocado vivir, se enloqueció al ver esa sangre que en su castigada cabeza solo presagiaba desgracias.

Elisa rompió el último arbusto que le dio entrada a la bajada al río. Una vez escuchó que alguna gente se bautizaba sumergiéndose en él: el agua lavaba todos los pecados, y de seguro la limpiaría de la sangre sucia, con hedor a óxido, que tanto había horrorizado a la abuela. Volvería radiante, y la recibiría con su sonrisa desdentada. Le trenzaría el pelo azabache, mientras le cebaba mate de leche, y le alcanzaba pan recién salido del horno de barro. Elisa ignoró el dolor de las piedras en sus flacos pies descalzos, y avanzó decidida hacia el agua helada, que empapó sus harapos, y antes de percibir la tortura del frío despiadado en sus magras carnes, se aterrorizó con la fuerza increíble de la corriente, que primero la sacudió en un remolino, como burlándose de su indefensión, y luego la sumergió y arrastró, golpeándola en las piedras gigantescas de su interior, pulidas por milenios de paciente devenir de líquido implacable. Cuando nada se podía ver ya de Elisa, estalló la tormenta, alimentando la potencia del río, y sacudiendo el paisaje, entre truenos y chasquidos de ramas arrancadas. Todo ese estruendo, a un par de kilómetros, en el humilde ranchito, no lograba atemperar el aullido de loba herida de la abuelita…

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