Tristeza infinita (Ana Farré Ibáñez/Invitada de la semana)

                                

   Entró en su casa arrastrando los pies, agotado. Había sido un día muy largo y se enfrentaba a una noche aún más larga. Desearía poder dormir. Los sedantes ya no le hacían ningún efecto.

   Había tenido la suerte de que sus hijos se habían ocupado de todo: “tú descansa, papá”, le habían dicho. Vino mucha gente, más de la que esperaba. Parientes lejanos que hacía treinta años que no veía. Al final, les daba la mano sin saber siquiera quienes eran. Su recuerdo era demasiado doloroso como para pensar en nada más.

   El funeral le había parecido sobrio. Como no practicante, no pudo apreciar el sermón del cura, que se basó en los pecados y su perdón. ¡Cómo si Isabel hubiera pecado en su vida! Cuando fueron al cementerio, fue cuando realmente se percató de que se había ido, que no iba a volver. Cuando metían el ataúd en el nicho, quiso gritar, el grito que había estado conteniendo desde que la encontró en la cama. Ataque al corazón, le habían dicho. Y para consolarlo, si eso era posible, le dijeron que murió durmiendo.

   En casa ya, cansinamente, se dirigió por inercia a su estudio. Tenía que acabar un libro de poesía. Los editores le presionaban y eso le ponía fuera de sí. Tenía la esperanza de terminar el poema inacabado que esperaba sus palabras desde hacía dos días. Nada, las palabras no fluían como tenían por costumbre Sin darse cuenta, esperó la llamada de su mujer para ir a cenar. Cuando súbitamente recordó que no le llamaría más, decidió que no tenía hambre. Intentó por todos los medios escribir, pero el goce y el disfrute que había sentido haciéndolo habían desaparecido. “Mañana, seguro que lo escribo mañana”.

   Juan era un hombre muy enfermo. No lo sabía nadie, ni sus hijos, ni mucho menos su mujer. Cáncer en estado avanzado. No le quedaba mucho y lo aceptaba. No tenía miedo a la muerte. Había tenido miedo a morir antes que Isabel y dejarla sola. Cuando se acostó, soñó. Isabel tenía un don: si venía hacia ellos una mariposa, se le posaba en la mano y abría las alas. Él había hecho muchas fotografías del prodigio y, entre sueños, se dijo que las buscaría.

   Cuando volvió al estudio, dejó de lado el poema inconcluso e inició otro, sobre magia, manos llenas de colores e imágenes congeladas en el tiempo. Así se sentía él ahora. Nunca podría terminar el poema inacabado. Ahora su alma era diferente. Y sus nuevos poemas serían distintos. Sombríos, nostálgicos, llenos de pena.

   Los envió al editor. Éste le dijo que el libro parecía estar escrito por dos poetas distintos, que debía revisarlo. Juan estaba tan saturado de pena y tristeza que ni siquiera hizo caso de la carta. Era un poeta y escribía lo que le salía del alma Y su alma estaba deshecha sin Isabel. Cuarenta años juntos. Ella había sido su musa, su inspiración. Poemas alegres, llenos de vida brotaban de su mente. Pero eso no volvería jamás. De repente, se sintió muy cansado. Aunque no era más que mediodía, su tumbó en la cama. ¿Es esto la muerte? Si lo es, tengo algo pendiente. Y haciendo un esfuerzo, fue a la biblioteca. Buscó a Neruda. Se había prometido que antes de morir, leería el poema veinte de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Se lo leyó a Isabel el día en que se conocieron.

    Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

   Escribir, por ejemplo:

“La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

   Las palabras parecían joyas brillantes. Lo leyó varias veces, aunque se lo sabía de memoria. Se tumbó en la cama y dejó que imágenes de mariposas brillantes y multicolores le llenaran la mente mientras se deslizaba a una bendita inconsciencia.

   Sus hijos, al ver que no contestaba al teléfono, fueron a su casa. Allí, en la cama, estaba él. Y en el reverso de un libro, había un poema. Sus hijos no le prestaron atención, pero era el mejor poema que había escrito jamás.

Autora: Ana Farré Ibáñez

Puedes seguir a la autora en redes sociales: Twitter @Ana61558186

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