La época de las auroras boreales tristes (Parte 1)

La puerta se abrió de una patada desde el exterior y una corriente de aire agitó las llamas de la chimenea. La familia, que estaba sentada con un frugal almuerzo de Navidad, fue asaltada sin explicaciones. Tres hombres con capote de uniforme de la Falange y armados con fusiles entraron tirando la vajilla y la comida, gritaban órdenes, insultaban, golpeaban con los cañones de las armas y rodearon al hombre que se encontraba sentado de espaldas a la puerta. Todo fue tan rápido que a este no le dio tiempo a volverse. Uno de los soldados le dio un culatazo en la nuca tirándolo de la silla y entre los tres militares lo levantaron del suelo en volandas para sacarlo a la calle.

Su mujer corrió detrás con los dos niños agarrados de la mano y vio que en la plaza del pueblo, justo delante de su casa, había una camioneta militar a cuyo remolque estaban subiendo a su marido; ella suplicó que lo soltaran, pero uno de los hombres, se volvió y le dio con la culata del fusil en la cara. El hijo varón gritó cuando vio que golpeaban a su madre y se tiró al suelo nevado, pataleando; el sargento ordenó al niño que se callara y le dio una patada provocando que el pequeño gritara aún más. La madre corrió hacia su hijo y el padre, retenido por uno de los soldados, rogaba que dejaran en paz a su familia.

—¿Tu familia? —Vociferó el agresor— Los rojos no tenéis familia, sólo una camada de bestias.

Este agarró a la madre del pelo y le bajó, de un tirón, la cabeza mirando hacia el suelo.

—¡Todo el mundo fuera! —voceó—.

Un compañero iba golpeando con el fusil las puertas de las casas que rodeaban la plaza.

Edu_Ruiz en Pixabay.

La mujer tenía la cara presionada contra la cintura del sargento y trataba de sostenerse con ambas manos el pelo que este le tiraba de las sienes, pero las sacudidas del militar la hacían tambalearse. Los vecinos fueron saliendo a la plaza desconfiados y se paraban en las puertas de sus casas. Solo se oían las pisadas de los soldados en la nieve; nadie hablaba y se notaba el miedo.

Cuando al cabecilla le pareció que ya debían de estar presentes todos los aldeanos, hizo un gesto con la cabeza al soldado que esperaba de pie junto al camión; este entró en él por el lado del copiloto y salió con unas tijeras de barbería. 

El hombre que portaba las tijeras y su compañero sujetaron a Aleksandra por cada lado; el sargento tomó la herramienta y se puso a cortar el pelo de la mujer a mechones que caían sobre la nieve mientras los soldados se reían y la insultaban. Nadie del pueblo se unió ni jaleó la exhibición de violencia mientras el marido, apresado en el remolque, lloraba y suplicaba que parasen. Cuando terminaron de rapar a la mujer, el mismo soldado que fue a por las tijeras, se dirigió de nuevo al vehículo y sacó una botella de litro con aceite de ricino; los otros dos militares rasgaron las prendas de la mujer hasta dejarla desnuda y la obligaron a beberse el contenido. Si ella se resistía, el que mandaba le tapaba la nariz y la mujer ingería a la fuerza; con el primer trago le entraron arcadas, pero le volvieron a meter el extremo de la botella en la boca para que siguiera bebiendo. No iba ni por la mitad del brebaje cuando Aleksandra vomitó y, con el esfuerzo, defecó un líquido que le ensució las piernas; se sujetaba el vientre por el dolor, pero tuvo que seguir tragando hasta que se acabó el aceite. 

—¡Esta es la lección que se da a las mujeres incapaces de mantener a una familia en los valores tradicionales de la Santa Iglesia Católica! —arengó el sargento— ¡Una mujer que no posee las virtudes propias de la naturaleza femenina es castigada con la purga y la cárcel!

Los otros dos militares la empujaron para que diera vueltas a la plaza del pueblo delante de sus vecinos, que bajaban la mirada para no ver a la mujer que se retorcía mientras vomitaba y defecaba.

—¡Saturnino Ransanz y Utrilla —recitó el militar— será juzgado por su afiliación al sindicato de la U.G.T. y por su apología del comunismo ante los alumnos de la escuela en la que ejerce como profesor!

Aleksandra iba rodeando la plaza con el brazo derecho levantado y cantando «Cara al sol» al tiempo que se vaciaba por dentro. Su marido estaba de rodillas, atado, y un par de vecinas mantenían a los hijos de espaldas para evitarles presenciar aquel esperpento.

Al final, los militares decidieron que ya no se podía purgar más, y el que estaba al mando se cuadró, levantó el brazo derecho para exclamar un “¡Viva Franco!, ¡Viva España!” y se metió en la cabina del camión con los otros dos. El vehículo arrancó con el marido de Aleksandra atado al remolque y desapareció en la oscuridad de la noche.

kellepics en Pixabay.

(Continuará).

Olga Lafuente.

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