Hierba mala, rosa muerta (Relato, JudithAA)

<<Siempre serás la hiedra, hierba mala, que ve desde el lodo de sus entrañas como se enardecen de vida los pastos a tu alrededor. Y ya ni el rocío te quiere besar, porque ha vendido su pensamiento a cosas con corazón, y ha regalado su pasión a otras que se mueven y respiran más que tu fuego fatuo. «Lo que no nace, no crece», y tú nunca has dado vida a nada; cosa, sentimiento, idea, presencia etérea, nada ha sido tocado por tu dosis de creación. Eres la hiel sobre la roca; la sombra sobre la humedad donde siempre habrá una tela de musgo, frío, mas también vivo. Tú a duras penas estás viva, y solo porque ellos te dejan, solo porque los verdaderos actores de la obra de los dioses necesitan a veces saber que existes debajo de sus pies, para agradecer no haber sido como tú, no haberse cruzado jamás en tu camino, o haberse alejado a tiempo. Porque créeme, todos se irán de esta mala vibra que riegas con tu silueta vacía, menos tú.

Mientras tanto sigue aquí, reptando sobre mi cuello. Apriétalo fuerte, sin miedo; esto que sientes latir bajo mi piel, se llama vida.>>

Y esas fueron sus últimas palabras, porque las hiedras son sombrías, pero sí están vivas; y más vivas que la sangre bajo aquel cuello rosado, que coarteó con sus raíces bravas, con la saña de todos los Infiernos, hasta que su último aliento encarnado expiró.

Todas las plantas tienen memoria, y ella, no por ser venenosa, estaba exenta de esta cualidad. Aquella a quien mató fue la rosa que vivía dentro de ella. Una vez rosa, olvidas las espinas; y las espinas exiliadas son libres para hacer lo que les plazca. Las suyas se convirtieron en una hiedra, sí, pero con suficiente fuerza para aceptar los nuevos tiempos, y los nuevos cambios, con sus nuevos regalos y castigos. Ella escogió los castigos (que en verdad fueron regalos que no entendió en su momento); esos se le daban mejor.

Para aquella que renegó de su propio yo, no habría salvación posible. Rosa y espina son parte de un todo: sombra y luz, la dualidad indisoluble de cualquier ser. Y al final la rosa tenía la razón, <<todos se fueron, menos ella>>. Pero en la soledad todos encuentran su porqué, y el de las hiedras es algo más que ser vehículo de la muerte: crecer.

¡Y cuánto creció! Y cuando creció hacia el mundo todo lo que pudo, comenzó a crecer hacia adentro, donde su verdadera simiente estaba más viva que lo que estuvo aquella rosa, y que toda la hierba buena que la había acompañado durante toda su existencia.

Y nunca se preguntó si su naturaleza era buena o mala, esos eran razonamientos que a su especie sí le fueron negados. Solo se preocupó por aceptarse y, claro está, crecer.

Imagen: Canva

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