Casi un suicidio.

Es difícil vivir, casi tanto como lo es morir. Llegar a la muerte se dice fácil cuando llega como la lotería; cuando se presenta de una manera rápida e inesperada. Un infarto o un accidente fatal. Pero cuando la deseas y esperas que llegue se vuelve complicado.

Un mal día amanecí con la esperanza y la fe desmoronadas. Tenía tanto tiempo despertando con el pensamiento de que por fin ese sería mi ultimo despertar y que la muerte llegaría por mí. Me harté. Así que emprendí con la planeación de mi propio descenso.

No me sentía solo, al contrario, sabía que muchas personas estaban a mi lado, que me querían y creo, que estaban dispuestas a escucharme, a darme un abrazo o unas palabras de aliento. Pero mi decisión ya estaba tomada. Me suicidaría. Mi alma añoraba con la libertad, deseaba soltar las cadenas que la ataban a mi cuerpo terrenal.

Me dediqué a bosquejar con pasión mi partida. No quería solamente morir, deseaba también desaparecer incluso de la memoria de mis más allegados. Esfumarme como el humo sin ser recordado por nadie, como si jamás hubiera nacido. Eso ya era imposible, pues mi corazón ya había latido al ritmo que dictaba el de mis padres, de mi pareja, de mis amistades y de mi decendencia. Personas que se aterrorizaban con el hecho de pensar en mi funeral.

Me causaba molestia saberlos tristes, pero era mi muerte y no de ellos. No les debería de importar. Yo deseaba morir y me tendrían que respetar.

En contra de sus voluntades, comencé a aislarme, para que me extrañaran cada vez menos. Preparé algunas cosas para emprender un viaje al norte, al bosque donde me soñé muerto. Evité escribir cartas de despedidas, solo dejé una nota haciéndoles saber que ya no regresaría, y salí de la casa en el atardecer.

Conseguí un auto usado que compré al contado para evitar papeleos de cualquier tipo, y llevaba conmigo una identificación falsa para si me hacia falta una coartada. Me deshice de celular, tarjetas de crédito y cualquier cosa que me vinculara a mi identidad de vivo. Ahora estaba a unos días de llegar a lo profundo del bosque, donde en sueños había visto mi cadáver colgando del cuello, balanceando mi cara azul con el viento, y mi cuerpo podrido y goteando grasa que se arranciaba en el suelo, debajo de la rama de un frondoso pino en la cima del barranco.

Serian poco mas de treinta horas en conducir y caminar hasta allá, donde nadie encontraría mi cuerpo antes que los animales carroñeros.

La segunda noche de mi partida de casa, me encontraba caminando en las profundidades del bosque con rumbo a la cima de la sierra. Conforme me adentraba, a mi alrededor comencé a escuchar voces. Murmullos de personas que parecían estar discutiendo acerca de mi presencia ahí.

La luna apenas había empezado a menguar, a pesar de lo espeso del bosque entraban algunas líneas de luz.

Con mi cuerda al hombro, seguí abriéndome camino. Los murmullos de los fantasmas cesaban solo para darle paso a los lamentos. Gritos aterradores de dolor que incitaban a salir corriendo espantado de ahí. Pero no me detuve hasta llegar al pino que había visto en mis sueños.

La madrugada estaba fría. Me acerqué para contemplar la caída del barranco. Pensé en que lanzarse por al fondo del cañón también hubiera sido buena opción, pero ya estaba decidida la manera en que me iba suicidar.

Me giré al pino y los vi. Eran cientos de almas en pena. Una neblina gigantesca con la forma de una multitud de personas que alguna vez fueron muertos en ese bosque. Haya sido por su mano propia o por la de un ajeno, estaban ahí. Formando una procesión de espíritus que sufrían y no descansaban en paz. Un desfile que se había detenido en ese justo lugar, para mirar mi acto. Se convirtieron en espectadores, pues estaban por todos lados menos alrededor de mi pino y mi cuerda. Me observaban en silencio, como si esperaran que mi alma al salir de mi cuerpo se uniera a su procesión de lamentos.

Me encaminé entonces a la cuerda y comencé a hacer el tan famoso nudo de ahorcado. Mientras daba las vueltas a la soga se presentaron a unos centímetros de mi cara, las proyecciones de mi familia llorándole a grito abierto a mi retrato. Preocupados y consternados por mi partida. Deseé consolarlos y estar ahí con ellos.

Lancé al viento un extremo de la cuerda para atarla a la rama del pino, con mi rostro inundado en mis propias lágrimas, y ajusté bien con unos tirones para asegurar que soportaría mi peso.

Di unos pasos hacia atrás sin perder de vista la cuerda, quería una visión panorámica del pino. Al estar ahí, hombro con hombro de los fantasmas espectadores, siendo parte de la audiencia, me arrepentí. Fue como si la frialdad de su ropaje etéreo me hubiera hecho recapacitar. Pensé entonces, que ellos no me querían ver muerto y que por lo contrario, me querían decir que no lo hiciera.

Me volteé para caminar de regreso a la carretera y los fantasmas se abrieron para indicarme el camino de salida.

Di mi primer paso y se escucho retumbar por todo el bosque el rugido de muchas bestias. Había hecho enfadar a la misma muerte. Le hice creer que me entregaría a ella esa misma noche y le incumplí.

Cinco fieros lobos grises y grandes me rodearon. Gruñían y se saboreaban mi carne. En un segundo, así como aparecieron frente a mí, se me abalanzaron con ímpetu, desgarrando y devorando mi cuerpo. Recuerdo solo las enormes fauces infernales y los colmillos blancos y afilados arrancando mi lengua y ahogando mi garganta, enmudeciendo mi dolor.

Ahora soy parte del bosque, por siempre y para siempre. Me uní a la procesión de almas que siguen añorando libertad. Donde cada vez hay mas fantasmas, y cada vez que alguien entra a nuestro bosque, se une a nosotros, ya sea por su propia mano o por los colmillos de nuestros lobos.

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