LAS LOSAS AGRIETADAS DEL CAMINO QUE HAY QUE SALVAR (PARTE 6 Y ÚLTIMA)

Ya era viernes, a falta aún del sábado, se podía decir que los niños se habían adaptado bien a la rutina del colegio y, de momento, no había recibido quejas de las maestras o la directora por su conducta. Cuando Elena volvió de dejar a los hermanos en la escuela, comenzó el hábito matinal: se sentó a fumar un poco y comprobó que ya sólo quedaba un cigarro; ese día, sin falta, debía ir a la botica a por más. Desayunó una rebanada de pan con aceite y se aplicó en el arreglo de la casa porque, después de dos días sin poder utilizar las escobas, el hogar parecía haber sido el punto neurálgico de una batalla campal.

Pero la visión de la noche anterior, la de los dos tipos con pinta de mago, no dejaba de inquietarla. Sabía que no podía ser real, pero estaba segura de que no se trataba de un sueño. Temió estar perdiendo la cabeza; pensó que, tal vez, hubiera sido un ataque de histeria, y consideró ir al médico. Pero, entonces, la invadió la angustia; le preocupó que el golpe en la cabeza pudiera tener secuelas y que, además del mutismo que padecía, empezara a sufrir alucinaciones. Se dijo a sí misma que podría ser peligroso, teniendo dos críos a su cuidado pero, también era reacia a acudir a un frenópata por miedo a que le dijera que estaba loca.

Inmersa en estas cavilaciones, seguía con su trabajo de confección de batas escolares; al menos, no había perdido capacidad para la costura y pensó que si lograba terminarlo para el sábado, tal vez, las hermanas se alegraran y le buscaran un trabajo remunerado.

La mañana pasó rápido, pero antes de comer, fue a la botica; se dirigió a la de la calle Puerta del mar, la misma a la que, antes del accidente, enviaba a la criada a por la medicación. El boticario se había jubilado hacía tiempo pero el auxiliar la conocía bien, y Elena notó cómo a este se le descompuso la cara cuando ella lo saludó con un gemido mientras señalaba la garganta para decirle que no podía hablar. Desde ese momento, el mancebo la atendió serio y en silencio, sin querer mirarla; ella sacó de su bolsito el papel donde el médico había prescrito los cigarros de marihuana para los nervios y, después de ver la reacción del dependiente, prefirió abstenerse de pedir también la morfina para el dolor de cabeza y espalda. Tras pagar, se despidió levantando la mano y el auxiliar hizo lo propio con un gesto de cabeza; nada más salir, Elena decidió que nunca más volvería ni a aquella farmacia, ni a nada que tuviera que ver con su vida anterior. 

Después de comer y, aún con el disgusto por el momento vivido en la botica, fue a recoger a los niños convencida de que esa iba a ser, a partir de entonces, su vida; la que la enfrentaba a la realidad y a la soledad, un mundo nuevo que, a pesar de lo cerca que se encontraba del suyo anterior, era tan contrapuesto. 

Los hermanos salieron revoltosos; a la maestra se le notaba que estaba agotada. Ya, ni hablaba con Elena porque siempre era la misma historia de berrinches, así que los niños se despidieron y se fueron los tres a casa.

Entraron como un elefante en una cacharrería, chocando con los muebles; Octavia tiraba lo que encontraba y César sufrió una crisis porque no soportaba el ruido. La madre los puso por separado para merendar y, así, evitó más encontronazos. Intentó alargar ese momento porque estaban más calmados, pero llamaron a la puerta; Elena se sobresaltó, no esperaba a nadie y tampoco quería encontrarse con ningún desconocido cuando estaba sola. Cuando abrió la puerta, vio a un empleado de correos con una hoja doblada en sus manos y que Elena adivinó que se trataba de un telegrama. Esa imagen le cayó como un bloque de piedra sobre los hombros; un sobre telegráfico sólo podía significar un desgraciado suceso, y pensó en su madre. Despidió al hombre sin ninguna propina; no estaba ella para derroches ni con ganas de premiar a quien le llevaba malas noticias, y se quedó con el papel sellado entre las manos sin querer abrirlo.

Los hermanos habían terminado la merienda y estaban otra vez en el comedor. Les dio un cuadernillo y lápices para que se entretuvieran dibujando, pero César sufrió otro episodio de agresividad y lo trató calmar sentada con él en una butaca. Elena colocó al niño entre sus piernas pegando la espalda del crío a su pecho, y se balanceó con él adelante y atrás para intentar tranquilizarlo, como le había enseñado el doctor de Linares. 

Octavia se desentendió y se quedó dibujando mientras Elena no podía dejar de pensar en el telegrama; al final, no hacía otra cosa que retrasar el momento de leer aquello que no quería saber: ya habían sido demasiadas desgracias en menos de un año y no soportaba una más. 

Por la noche, cuando los niños se durmieron, Elena se sentó junto a la mesa de su cocina y abrió con lentitud la hoja preparándose para lo peor. El remitente era su hermana y había escrito un extenso comunicado:

«Buenas noticias. Gran inversión extranjera par empresa de mamá. Mañana viajo a Málaga para quedarme con vosotros. Relanzaremos negocio entre las dos. Muy feliz de estar allí. Tu hermana.

Curiosidad: Inversores son dos hombres de túnicas con estrellas y lunas. Qué raros son los extranjeros».

Olga Lafuente.

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