La mujer invernadero

Él es un hombre vigoroso, con una barba que sobresale de su mentón más de dos puños. Ojos cicateros. Un turbante de color indefinido cubre su cabeza. Viste el salwar kameez típico de los hombres afganos. Sobre los hombros una manta siempre presta para oral en la mezquita o para resguardarse del frío. 

Ella camina tres pasos detrás de él, sin hacer ningún ruido. Un burka negro la cubre por completo. La rejilla de tela a la altura de sus ojos en su único contacto con el exterior. 

Él se detiene para hablar con otros hombres. Gesticulan mucho. Son una patrulla de vigilancia, le dicen que hay altercados en la calle. Se vuelve hacia ella y la empuja violentamente para que se de prisa.

Ella siente un dolor tremendo en el costado izquierdo. No puede casi respirar. Se aferra a él como una señal de que está viva. 

Él sube rápidamente los escalones que le separan de su piso. Coge la ametralladora y le grita a la mujer que ha aprendido a ser invisible. 

Ella permanece inmóvil como si no existiera. Espera a que el hombre que se ha convertido en su marido se vaya. Se quita el burka, debajo viste un sencillo salwar kameez azul oscuro. Su cabello es de color de la tierra. Se dirige a la cocina para preparar la cena, tomando la precaución de no acercarse a la ventanas. La última vez que lo hizo, un vecino que la vio se lo contó a su marido, y aún tenía moretones de la paliza que le propinó.

Él es Omar. Ella es Shamila. 

Él solo conoce la milicia. Ella solo conoce la esclavitud. 

Él mató a su primer hombre con solo ocho años. A Ella con doce años la secuestraron en un callejón de Kabur y se la llevaron a las montañas. Allí la casaron a la fuerza con el padre de Omar. Un hombre rudo pero que al menos no la golpeaba y le daba de comer. Tuvo una hija que no murió al nacer, a pesar de que nadie la asistió en el parto; porque no había ninguna mujer sanitaria, y los hombres no podían tocar a las mujeres de otros aunque fueran médicos. 

Él, Omar tenía sólo dos años más que ella. La veía como la encarnación del pecado. Ella además de ser una tentación, sabía leer; y su padre en vez de mostrarse duro, la trataba con mano blanda.

Ella se quedó viuda con catorce años. Él, el hijo del esposo de su madrastra, la tomó como su mujer. 

Él la trató como se merecía ser tratada. Lo primero que hizo fue quitarle a su hija para dársela a unos campesinos. Lo segundo, protegerse de la lujuria que la mujer enarbolaba ante su sexo: violándola  y maltratándola. Ella murió completamente por dentro el día que le arrebató a su pequeña. Y aprendió que las palizas eran una señal de que su cuerpo aún estaba vivo.

Él se fue a una misión fuera de la ciudad y la dejó con otras mujeres de la familia. Ella estuvo más de un mes sin el terror continuo en el que se enterraba todos los días. Al vivir alejada del miedo, descubrió que tenía un invernadero de recuerdos en el corazón: las manitas de su niña, su olor a flores silvestres, su piel de ángel. También recordaba algunas estrofas de poemas que aprendió en la escuela. Todo eso lo fue recordando en secreto sin que se contaminara de la presencia de su verdugo. 

El regresó y siguió pegándole. Ella hibernaba en su mundo interior donde cultivaba las plantas más bellas. Muy pocas veces se atrevía a que la «mujer invernadero» fluyera fuera de sí. En esas pocas ocasiones  procuraba que las enredaderas de jazmines que brotaban de sus pechos no salieran debajo del burka. Y tenía un especial cuidado para que los sueños de libertad que brotaban tímidamente, no se salieran volando por las diminutas rejillas de tela. 

Ellos eran unos cobardes que tenían miedo de la fuerza ancestral de las mujeres. 

Ellas eran las herederas de Eva.

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(Dedicado a todas las mujeres y niñas que han sufrido y aún sufren la esclavitud).

Fotografía: Pixabay

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