Dos perfiles de víctima.

Desde la mesa catorce, el hombre piromaníaco observaba los comportamientos de la mesera. Le pidió, como lo había estado haciendo los últimos días, que le rellenara la taza de café por tercera vez.

—Gracias, Feline. —Le dijo a la chica con una voz seductora.

—No es nada, señor. —Se ruborizó, pues desde el primer día que entró Matteo a la cafetería, le había atraído. Era apuesto, rubio, de ojos azules y con una sonrisa cautivadora.

Se sentía como un cazador, y sabía que la mesera era una presa fácil. Era un conquistador experimentado. Distinguía los ademanes de la chica. Los detalles al caminar, al tomar las ordenes de los clientes. Su manera de peinarse, el horario en los que trabajaba. Su evidente estatus social y económico, su sonrisa esperanzadora y su aparente depresión, la colocaron en el perfil de mujer que buscaba. Se propuso enamorarla, llevarla a la cama en la séptima cita para hacerle el amor, luego asesinarla y al final, quemarla en una gran fogata ritualista. De lograrlo, Feline se convertiría en su onceava víctima.

Los guardianes de la prisión en el fondo del mar, en donde se mantienen cautivas las criaturas mas letales del océano, le agradecían los sacrificios. Ellos alimentaban su alma con las cenizas de las mujeres que, habían muerto después de tres orgasmos. Y según Matteo, después de treinta mujeres, le recompensarían con la vida eterna y la capacidad de vivir debajo del agua. Deseaba visitar cuidades perdidas y olvidadas por la humanidad moderna.

Con una mascara de amabilidad y amor incondicional, logró engañar el corazón de Feline. El día de la séptima cita llegó, y mientras hacían el amor, llegó también una tormenta que hecho a perder los planes de Matteo. Los guardianes necesitan que las cenizas sean frescas, y con los chubascos le era imposible encender la gran fogata. Pospuso su plan para una semana después.

Sus asesinatos habían ocurrido en una cabaña, de la que era dueño, a las orillas de Calais, cercana a la playa. Quince días después de la tormenta, convenció a Feline de caminar por la playa, y alejarse de donde hubiera gente.

Desde lejos, Viktor vio a la pareja, alejándose poco a poco, tomados de la mano, caminando por la orilla del mar, cargando una mochila cada uno. El joven rubio le pareció un payaso refinado, antipático y con un carisma casi inexistente, o en su defecto, falso. Pero la pelirroja delgada, le llamó la atención en el primer instante, no observó su comportamiento, sino su físico. Tan pronto como la vio, se incorporó y comenzó a seguirle los pasos. El pelo rojizo, la piel blanca y los pechos grandes lo convertían en un depredador. Desde hacia veinte años, Viktor había estado vagando por toda Europa, su ropa andrajosa, su peinado desaliñado, su piel sucia y escamosa lo delataban. Se escondía entre las sombras, siempre al acecho de alguien a quien pudiera robar, para conseguir comida, o de una pelirroja para violarla y asesinarla. Tenía una lista de casi cien asaltos, y catorce feminicidios.

Para el atardecer, la pareja ya se había alejado lo suficiente, habían reunido leña para hacer una fogata enorme y se disponían a acostarse en una toalla para hacer el amor, por segunda ocasión. Viktor, aprovechó que la noche estaba cerca, y se acercó. Cuando Feline y Matteo por fin se desnudaron, corrió con una piedra en la mano y con una violencia de simio enrabietado, golpeo a los dos.

Quedaron inconscientes. El vagabundo arrastró el cuerpo del hombre a un lado, luego se desnudó también. Como un perro rabioso se abalanzó sobre el cuerpo de Feline y con la lengua lamió cada rincón. Ella se movía débilmente e intentaba quitarse, pero su cuerpo y su cerebro no reaccionaban como deseaba. Sintió que le levantaron las piernas y que luego se las tiraron.

Viktor estaba a punto de penetrarla, cuando sintió que lo golpeaban con la misma roca que él había traído. Matteo se tambaleaba todavía, pero estaba de pie.

Los dos hombres desnudos comenzaron a luchar alumbrados con la enorme fogata a sus costados. Se caían, se pateaban, tiraban mordidas y se jaloneaban de sus partes. Se apretaron de los cuellos intentando asfixiarse, pero no tenían la fuerza necesaria, pues estaban aturdidos por la pedrada en la cabeza que recibió cada uno.

Feline, como pudo, estiró el brazo hasta su celular, y envió un mensaje de emergencia. La policía francesa llegó veintidós minutos después, y encontró tres cuerpos desnudos gimiendo de dolor en el suelo, intentando arrastrarse lejos de ahí, como caracoles escapando de la lluvia. Feline solo sufrió de los golpes de Viktor, y se pregunta si su suerte fue buena o mala, de pertenecer al perfil de víctima, de dos asesinos seriales.

Imagen de Patricio Hurtado en Pixabay

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