LAS LOSAS AGRIETADAS DEL CAMINO QUE HAY QUE SALVAR ( PARTE 5)

A la mañana siguiente, mientras Elena vestía a los mellizos, le habría gustado preguntarles qué tipo de armatoste habían colocado en el balcón, pero no tenía manera de hacerlo: no sabía dibujar una pregunta y tampoco servía escribirla en la pizarra porque los niños aún no sabían leer; tenía ganas de aprender ese lenguaje con signos manuales que le estaba enseñando el doctor de Linares, pero esperaba volver a hablar antes que eso. Sin embargo, Octavia, con su incontinencia verbal, inició su explicación sobre los proyectos que tenían los dos con el artefacto.

— ¿Te gusta la antena que hemos construido, madre? —Los niños aún no habían aprendido a hablarle de usted.

—Los dibujos que he cortado —continuó Octavia recordando a su madre el desastre hecho con los retales— son estrellas y lunas para llamar a los ángeles que viven en el arcoíris.

César quiso hacer demostración de su conocimiento sobre su único tema de interés y continuó:

—Es una antena de telégrafos muy potente que sirve para enviar mensajes hasta la luna —dijo con voz monótona.

Elena sonrió emocionada por la inocencia de sus niños, pero no quiso alargar la conversación porque siempre iban justos de tiempo. 

Bajaron a la calle con el escándalo que los mellizos organizaban por la escalera despertando a todo aquel que aún siguiera en cama. Fuera, caía una lluvia fina y persistente, y Elena se acordó de los palos de escoba y las figuras colocados en el balcón, pero no quiso mirar porque pensaba que bastante bochorno estaba pasando ya con sus hijos que iban saltando como locos por los charcos. La madre los agarró por las muñecas y se dirigió a la calle donde estaba la escuela de los niños; allí se había formado un barrizal por la lluvia y los carros que transitaban a esa hora, suficiente para que los niños se empeñaran en ensuciarse los zapatos y, si por ellos fuera, revolcarse con el alboroto que iban montando entre los dos.

Los tres llegaron chorreando y ensuciando el zaguán de la escuela; la hermana portera miró con mal talante a la madre pero esta ya estaba curada de espanto, y en muy poco tiempo, gracias a sus niños, había aprendido a ignorar el sentido de ridículo que tuvo tan adherido durante toda su vida. La mujer le dijo que esperase porque la directora quería hablar, y Elena volvió a temer la expulsión de sus hijos por comportamiento improcedente o, incluso, peligroso para los otros alumnos.

Resultó que la monja solo quería saber cómo llevaba el trabajo de las batas y si ya había terminado. Elena se preguntó qué habría pensado la religiosa si supiera que no sólo no había empezado, sino que los trozos de tela estaban cortisqueados por Octavia, pero escribió en su pizarra que el trabajo estaba encaminado y, como era jueves, se lo traería el lunes por la mañana; la directora no pudo disimular un gesto de desagrado pero no dijo nada, de manera, que Elena salió a la calle algo aliviada por haber salido del paso aunque con la inquietud de que tenía mucho trabajo que hacer.

Cuando retomó la plaza de Riego, encontró al cenachero cantando la mercancía que iba vendiendo. Ella observó lo que vendía desde la distancia; el hombre aún no la conocía y Elena ya sabía de la picaresca que existía en las calles, así que esperaba a que alguien fuera a comprar para oír los precios de los pescados y observar hasta dónde llegaban con el regateo; la primera vez que fue a comprar, se enteró después, que le había cobrado mucho más de lo que pedía a los demás vecinos, así que había que demostrar que ella era muda pero no tonta. Eligió unas pocas almejas porque era lo más barato que había, y le habría gustado comprar boquerones, pero no tenía ni idea de cómo se hacían; pensó que preguntaría a María, la señora Picasso, su nueva y única amiga.

Una vez arriba, en su apartamento, y antes de empezar con las labores del día, comió una rebanada de pan con tocino y se fumó parte del cigarro de hierba medicinal, como ya era costumbre. Tras ello, preparó en la mesa de la cocina todos los retales que la directora le dio para las batas escolares, y empezó con la confección; comprobó que el destrozo que presuponía que había cometido Octavia no era tan grande, y Elena dio gracias a Dios de que su madre insistiera tanto en que aprendiera a coser cuando era niña, porque ahora, se veía con la pericia suficiente como para entregar el pedido que le habían hecho sin que se notara la tela que la niña había desperdiciado.

Estuvo tan concentrada en la labor que, cuando llegó la hora de preparar la comida, se acordó de que no había quitado la antena que los niños construyeron, y ya no le daba tiempo a desmontarlo; sólo lo desató de la baranda y lo dejó debajo de su cama; esa tarde la vecina iba a pasar la tarde con ellos y había que tener la casa algo arreglada.

A la salida del colegio, la lluvia ya había parado y el arcoíris asomaba sobre el obelisco del general Torrijos que presidía la plaza de Riego. Elena subía las escaleras acompañada del alboroto de los niños, quienes gritaban y se pegaban poniendo a prueba, otra vez, los nervios de la madre que trataba de evitar que se descalabraran escaleras abajo porque, pensaba, bastante tenían los tres para que estuvieran aún más lisiados.

Al rato, llegó María; venía con Pablito, que tampoco era de dormir mucho, y le dio a Elena un plato con pastelitos que esta llevó corriendo a la alacena de la cocina antes de que los mellizos lo descubrieran. Se quedó pensando con qué los podría acompañar porque su despensa no estaba tan boyante como para tener invitados, pero podría servir algo de chocolate caliente aguando un poco la leche que le quedaba; suponía que a la señora Picasso no le importaría demasiado.

No podía decirse que tuvieran una conversación muy amena, ya que la única que debía llevar el peso de la misma era María, y Elena sólo asentía o escribía alguna frase en su pizarra. Así hizo cuando la vecina le preguntó por su estado; aunque María era bastante más joven que Elena, mostraba una energía y una vitalidad que envidiaba la madre de los mellizos, y su carácter parlanchín hacía que estar con ella fuese fácil sin que resultasen incómodas sus observaciones. De hecho, se había ganado la confianza de Elena y esta se sentía comprendida con aquella joven. La madre de los hermanos escribió en su pizarra que la Diputación Provincial se había interesado por el comportamiento de sus hijos porque sospechaban que podría ser el germen de alguna demencia. Este era un tema que estaba siempre latente en Elena, y de nada servían las esperanzas que el alienista intentaba darle, pero María, en vez de negarse a ver la situación, le respondió con naturalidad demostrando que estaba al tanto de lo que ocurría con los hermanos.

—Elena, tus hijos son aún muy pequeños —le dijo la vecina—, y es verdad que se les nota que tienen algo, pero las cosas están cambiando mucho y tú eres una madre muy dedicada a ellos.

La mujer sintió una punzada al oír esto porque la realidad era que esa dedicación había comenzado hacía un par de semanas, cuando salió del hospital; antes del accidente era más esposa que otra cosa; mujer e hija de empresarios de éxito, que había disfrutado de todo lujo y capricho, sin más preocupación que la de ir a la moda, o la de dar las instrucciones precisas para el buen funcionamiento de su casa. Los niños eran algo que iba con el matrimonio pero, una vez nacieron, no tuvo que pensar en ellos más que en lo referente a la educación que deberían recibir, porque ya tenían una nana para lo demás. Ahora, estaba sola con ellos, se encontró de pronto con que debía ocuparse de su crianza y que tenía que aprender muy rápido, pero su sensación era que se había perdido sus cinco primeros años. 

—Mi esposo —continuó María— tuvo un compañero de trabajo al que uno de sus hijos le pasaba lo mismo que a los tuyos: el niño hacía muchos aspavientos con las manos y se movía hacia adelante y atrás, además tenía crisis muy violentas en las que se tiraba al suelo, sin importar donde fuera, y sin parar de gritar. Y todo eso empezó cuando sólo tenía tres años.

Elena pensó que estaba describiendo a sus hijos, especialmente a César, y prestó mucha atención porque, hasta ahora no había oído hablar de casos parecidos en niños de su edad.

—Al niño —siguió la vecina—, dejaron de sacarlo a la calle porque la gente lo señalaba al verlo, y lo peor, es que no sabía decir ni una sola palabra. Todo indicaba que sería un demente de mayor, y que no habría más remedio que internarlo en un sanatorio mental. Pero los padres decidieron darle todos los cuidados en casa y acudieron a un alienista. El niño aprendió a comunicarse con dibujos y hasta decía algunas palabras. A partir de ahí, la relación del niño con sus padres y hermanos fue a mejor: se controlaba en sus crisis, y aprendió a pedir las cosas sin gritar y sin hacer tantos manoteos.

Elena veía a María como la luz que necesitaba para encontrar una salida a los problemas y como una amiga que el destino le había enviado para no rendirse ante los problemas. Fue a la cocina a preparar el chocolate y descubrió que los mellizos habían encontrado los palos de las escobas para, con toda seguridad, colocarlos otra vez en el balcón. Pensó que, a la noche, tendría que volver a desmontarlo.

A partir de ahí, la tarde pasó rápido para Elena sólo interrumpido, de vez en cuando, por el escándalo que montaban los hermanos, pero Pablito empezó a dar muestras de que ya estaba cansado y María dijo que era hora de acostarlo, así que se despidió y le dijo que fuera a buscarla siempre que lo necesitara.

Elena se lo agradeció de todo corazón y corrió a ponerse con la rutina nocturna para acostar a los críos y, después, quitar el artefacto. Una vez había terminado con todo, se acomodó en su lecho, y se pinchó la morfina. Estaba casi dormida cuando oyó una voz saludándola; abrió los ojos y vio, frente a ella, a dos hombres escuálidos con túnicas de estrellas y lunas que emitían reflejos con la luz de la lámpara de mecha. Elena, horrorizada, quiso preguntar quiénes eran pero no pudo emitir ningún sonido. Uno de ellos dijo que venían de más allá del arcoíris para ayudarlos a ella y a los niños, como estos les habían solicitado, y pidió disculpas por el retraso.

A partir de ahí, Elena ya no pudo recordar más.

(Continuará).

Olga Lafuente.

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