Tan cerca y tan lejos.

Siempre tan cerca y al mismo tiempo tan lejos. Tantos días que estuviste justo enfrente de mí, dándome la espalda. “Muy buena espalda” pensaba, siéndote honesta.

Me hubiera encantado darte un beso, incluso enamorarme de ti. Pero nunca me atreví a invitarte a salir. Vivíamos en una sociedad donde, quien debe dar el primer paso debe ser el hombre. Por suerte ya no es así, y ya no me pasará de nuevo, claro, en caso de que me apeteciera conocer a alguien.

Tú y yo, sin duda fracasamos. En la primera cita todo se fue al carajo.

Tu tan aficionado a gastar los sábados en bares, y yo en los cines. A ordenar pizza los domingos para ver el futbol con tus amigos en tu departamento, y yo, desde el otro lado de la pared, me decantaba por ensalada, ejercicio y prácticas de piano.

Aun así, enardecí en felicidad, cuando me invitaste a salir, “una cena para conocernos” dijiste y me diste el arreglo de flores. Acepté.

Me dio mucha vergüenza que, hayas sido tan puntual, y yo, a medio peinarme. Me quede sin otra opción, te invite a sentarte en mi sofá y te propuse esperarme unos minutos, en lo que yo terminaba.

Tú y yo, tan impares en todos los aspectos, menos en uno; los dos cometimos el grave error de dirigirnos la palabra ese día. Pudimos ser vecinos desconocidos toda la vida.

Mi error fue invitarte a entrar a mi sala, el tuyo, fue no decirle a nadie que, por fin te habías animado a hablarle a tu vecina, la universitaria. De ahí en adelante, fue solo otro error tras otro error.

No me pudiste esperar mas de un minuto sentado en mi sofá, y con el sigilo de un gato, abriste la puerta de mi habitación. Te pedí por favor que me esperaras afuera, pero no parecías escuchar.

Te abalanzaste sobre mí y te detuve con una bofetada. La furia y la lujuria brillaron en tu mirada. Luchamos. Me rasgaste el vestido hasta quitármelo, me sometiste con una llave y te sacaste el pito del pantalón. Por cierto, nada impresionable. Como pude me solté de tus brazos, y corrí hasta mi sala. No buscaba huir, solo quería espacio.

Me viste vulnerable y continuaste, necio en luchar. Pudiste huir, pero ya habías cruzado una línea, y no existía la posibilidad de que salieras con las manos limpias. Tenia mucho tiempo sin practicar artes marciales, hasta ese día. Las practicas de medicina ocupaban la mayoría de mi tiempo. Es la única vez que he usado la katana como un arma, y no para decorar la sala. La tenía empotrada en la pared, detrás del sofá, en donde te debiste quedar sentado, esperándome.

Grande y musculoso hombre, fuiste demasiada carne para cocer. Los perros callejeros de la otra colonia comieron muy bien durante cinco días seguidos.

Tan cerca y tan lejos. Por poco y tienes relaciones con tu vecina la doctora.

Tan cerca y tan lejos. Po poco me enamoro del vecino sexy que irradia testosterona.

Ahora estas tan lejos y tan cerca. Tu alma arde allá en el infierno, pero tu recuerdo vive aquí, en mi memoria.

Te hice cortes pequeños en los brazos, te pedí que te fueras, pero con el dolor del filo y el aroma de la sangre te excitabas más. Insistías en tomarme. Me orillaste a dar una estocada fulminante para defenderme. Me rompiste el corazón, y yo rompí el tuyo, el mismo día.

Pasaron días, y nadie te extrañó. Cuando por fin vinieron a investigar, nadie sospecho de la vecina, pues ni siquiera te conocía. Ella te vio un par de veces en el pasillo, pero jamás cruzaron palabra. Unos amigos del hombre perdido dijeron a las autoridades que, tenía intenciones de invitarla a salir, pero no se había animado nunca. Y yo, tu vecina, solo confirmé.

Tan cerca estas de mí, y tan lejos de donde moriste.

Tan distante esa fecha, y tan fresco en mis recuerdos.

Tan imponente y brillosa se ve mi katana, empotrada en una pared de mi clínica, adornando la sala de espera, en su caja de vidrio.

Tan curiosos los pacientes, niños y estudiantes que entran a mi consultorio, y preguntan si es real el esqueleto humano que cuelga en una esquina.

Y tan feliz que me hace contarles la historia de ese hombre grande y musculoso que llegó muerto a la morgue, estaba a punto de ir a la fosa común, pero mi padre, que también fue doctor, pidió permiso para quedarse con el cadáver, para hacer la autopsia con sus estudiantes. Con el pasar de los años me lo heredó para que lo pusiera en mi clínica. Y así como lo hizo mi padre con sus alumnos, yo les muestro a los curiosos, las costillas marcadas por el filo de un cuchillo, que entró directo al corazón del desconocido.  

4 Comments on “Tan cerca y tan lejos.

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