La maldición de la casa de seda (La maldición de la casa de seda / INVITADO DE LA SEMANA)

Mi nombre es Humberto Nicolás Dúrcal y trabajaba en la inmobiliaria de un pueblo de unos quince mil habitantes. Digo trabajaba porque a pesar de tener un salario muy aceptable en comparación con los demás compañeros y llevar treinta años vendiendo casas a esta, y poblaciones cercanas, decidí cambiar de rumbo por lo que ocurrió en la última casa que vendí.

Era un hogar amplio y la planta baja se usaba como negocio familiar, una panadería, una guardería infantil y el último una tienda de ropa de seda.

No entendía que pasaba para que tres familias, en principio sin problemas económicos ni con el negocio dejaran no solo la casa, sino que se alejaran con miedo. Tras la marcha de los últimos dueños fui yo mismo a comprobar todo el inmueble y cerrar bien el hogar, cambiando siempre de cerradura por precaución.

En principio todo se veía normal, solo me llamó la atención un detalle; que todos los relojes de pared en el salón, en la cocina y en las habitaciones, como el despertador estaban parados a la misma hora. Las 03:33 de la mañana. Esto último lo deduje por el despertador, el único digital entre todos los relojes analógicos de la casa.

Con ese detalle me quise quedar a ver qué pasaba a esa hora. Para aprovechar el tiempo llamé a los antiguos inquilinos: el panadero Darío, la profe Rocío y la modista Mercedes. Todos me dijeron lo mismo, que no vuelva a vender la casa sin explicarme el porqué.

Pasaron las horas, me comí un bocadillo y unas manzanas y cuando encendí la luz del salón todas las bombillas explotaron, fui a la cocina y los tubos fluorescentes también se fundieron en el acto.

Menos mal que tenía una vieja linterna de mi abuelo que funcionaba a modo dinamo. Le di varias vueltas para que se encendiera y bajé al local. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

El viejo horno de leña que usaba el panadero se encendió a mi paso, en la pizarra de la esquina ponía “Sal de aquí, Humberto”, en un rincón una estantería se abrieron los cajones y los ovillos rodaron por el suelo soltando el hilo y escribiendo “vete de aquí YA”.

Subí corriendo y cerré la puerta al local interna, en la habitación quise reflexionar sobre si me lo estaba imaginando o de verdad ocurría algo en la casa, en el local o en ambos sitios. Miré mi reloj y era la una de la madrugada. Todavía quería saber que ocurría a esa hora así que quise esperar.

Me dormí, pero un fuerte estruendo de la ventana me despertó. Miré mi reloj y aunque todavía tenía pila para la pequeña lucecita que tiene se detuvo a las 03:33. De nuevo esa maldita hora. 

Allí entre los nervios vi que bolas de fuego venían hacia mí, los borradores me golpeaban la cabeza y tijeras también lo hacían por la empuñadura, menos mal que no era por la otra parte, aunque una si se me clavó en el hombro. 

Salí corriendo hacia la entrada principal, pero estaba bloqueada, y cuando volví a ver el fuego, los borradores y las tijeras se me aparecieron lo que parecían ser tres espíritus que me dijeron que ya podía salir. Efectivamente, la puerta se abrió y un taxista que pasó por la zona me ofreció llevarme al hospital gratis. Ni me acordaba de las tijeras en el hombro.

Cuando me curaron volví a llamar por la mañana a los antiguos propietarios, pero me salía una señal que el número marcado no existía.  Salí del hospital confundido y pregunté a los compañeros y me dijeron que los tres profesionales murieron y sus parejas se habían ido muy lejos de allí. 

Me extrañé porque había hablado con ellos el día anterior.

Volví a la casa y estaba demolida. 

No sé qué pasaba en la casa, pero por lo menos no se iba a volver a vender. Solo sé que a mí me salvaron un panadero, una profe y una modista.

Sigue a Andrés en Twitter @Andres8342

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