EMAIL 1.111, MARÍA JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ

Querido Frank:

Soy Maite.

Has impregnado cada segundo de mi existencia desde el día que te conocí. Fuiste mi primer amor y siempre te llevaré en mi alma. Nos conocimos siendo niños, allá por los trece años, cuando el amor empezaba a vibrar en nuestros corazones y los recuerdos se fijaban en nuestra memoria para no desaparecer jamás.

Fuiste el dueño de mi primer beso y yo del tuyo, aquel roce suave y cándido que despertaron nuestras pequeñas pasiones. Amor escondido, donde descubríamos nuestros cuerpos y buscábamos el uno en el otro cobijo de una realidad cruenta que vivíamos.

Nos conocimos en un año en el que el amor no estaba permitido porque el conflicto, acompañado de la muerte, reinaba a nuestro alrededor. La maldita guerra nos separó, primero ciudades y luego países. Nos apartaron de nuestro tierno amor. Pero nunca llegaste al olvido.

Hicimos una promesa de sangre, de amor eterno.

 Después de setenta años, aquí me tienes, con millones de palabras que han completado hojas de tinta electrónica, repletas de historias de amor que nunca fueron vividas, solo en mi imaginación, y tampoco recibidas.

Mi pluma digital revivía, día tras día, encuentros furtivos, besos, caricias y celos por aquella persona que te tuviera entre sus brazos en ese momento.

El amor de juventud se fue haciendo más sólido. Cada relato estaba impregnado de aquello que no fue pero pudo ser. 

Mostré tu cuerpo de niño a hombre. Tus manos suaves de pianista acariciaban con destreza mi desnudez tocando la más maravillosa sinfonía mientras mi ser, jadeaba con una armoniosa melodía. Extraordinarios sueños que excitaban mis entrañas de un querer que quise y no pude poseer.

Nuestro amor iba creciendo con los años al igual que nosotros; a la espera de que aquella guerra acabara y nuestros cuerpos por fin se fundieran en uno sin que fueran solo quimeras.

Pero llegó el momento en el que, en nuestra era, toda mujer tenía que dar respuesta a su gobierno: la muerte masiva de tantos años debía ser sustituida por la vida.  Toda persona debía ser unida a otra. Años de búsqueda, correos que se perdían en las redes, y no te encontraba. Nunca dejé de escribirte y no quería ser desposada nada más que por tu ser.

Hicimos una promesa de amor eterno, Frank. Mi cuerpo sería poseído por otra persona, pero mi corazón siempre te pertenecería a ti y en mi mente solo había un hueco reservado al amor de mi vida.

Descubrí otro tipo de querer y un amor que creció en mi interior y se hizo inquebrantable desde el momento en el que los acuné en mis brazos, los hijos. Llenaron de felicidad el día a día junto a mi esposo, que compartió hasta su último aliento conmigo aún a sabiendas que amaba a una ilusión. Con su pérdida, mi mundo interior creció de tal forma que vivía un espejismo. Mis historias rellenaban partes de mis pensamientos en los que siempre eras el protagonista, el héroe que me rescataría del desamor, el padre que nunca fuiste…

Hace unos días, por fin me encontraste. Una llamada me hizo despertar del sueño en el que llevaba sumida toda la vida. Descubrí que tu cuerpo ya no tenía vida.

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Autora: María José Vicente Rodríguez

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