El sueño cubano del señorito, María José Alvite

José era el mayor de ocho hermanos de una casa linajuda rural en la que se juntaban las armas de los Lázare, los García y los Gómez.

Era diferente al resto de la hermandad: elegante, cauto y ávido de conocimientos.

A pesar de estarle esperando la gestión de las propiedades familiares convenció a la madre con catorce años para que le permitiese emigrar a Cuba.

Allá llegó con unas cuantas pesetas en el bolsillo, vestido con un traje blanco y un hongo. Arrastraba una maleta de madera y cartón cuando se apeó del vapor Infanta Isabel.

Los primeros días serían complicados en la ciudad de la Habana. Tuvo incluso que dormir en cajas de cartón. Pero pronto se acomodaría en un hotel adecuado a su persona. Allí conoció a niña Marcela, la hija del propietario y, llegaron las primeras sonrisas, los primeros besos, las primeras caricias. Todo ello a la vez con timidez y voluptuosidad. Se juraron amor eterno y fidelidad perpetua.

Los años transcurrían y cuando ambos estaban más entregados apareció un embarazo. Y fruto del mismo la niña Lilí.

El abuelo de la recién nacida criatura pidió a los amantes que formalizasen su amor. José debería manejar el hotel cuando el abuelo faltase. Es por ello que acordaron que viajase a España para despedirse definitivamente de su madre y hermanos, y llevarse todos aquellos papeles (partidas de nacimiento, certificados de hidalguía…) que en la isla le convertirían en caballero. Así se hizo.

Un dos de febrero de 1923 José se apeaba en el puerto de Cádiz, no podría juzgar si triste o alegre. Traía buenas noticias para su familia, le había ido bien la vida, pero por contrapartida sabía que este sería su último viaje a España. Iba cargado de regalos para sus hermanas: sedas, alhajas, abanicos, cajas de marfil… En seis años que había que no las veía seguro que estarían convertidas en hermosas mozarronas.

Después de dos días de viaje en tren por la península llegó a la casa solariega. Allí jugando en una pila de tierra encontró a un niño de unos cinco o seis años. Le llamó la atención su presencia, sería con seguridad de algún vecino, pues en ninguna de las muchas misivas que le habían escrito sus familiares le habían informado de que hubiera tenido un sobrino.

El niño le miró con cara de asombro, quizás juzgaba que tenía ante sí un ser mágico.

—Mamá, mamá –gritó.

—¿Y tú quién eres? —le dijo el recién retornado.

—Aquí el que se tiene que presentar es usted, yo soy el hijo del señorito, el hijo de don José que se marchó a Cuba cuando yo estaba en la barriga de mi mamá, sin saber de mi presencia.

Autora: María José Alvite.

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