Edel

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Siete años a su lado fueron suficientes para amarla y respetarla. Se que ella me amaba hasta la adoración, lo sentía en sus caricias y sus mimos. Encontraba consuelo en mí y lo único que yo hacía era acompañarla y escucharla a diario. Al contrario de Vanda, su hija, quien la visitaba una vez al mes. Cuando se aparecía por la casa, yo pasaba a la cocina a saludarla y me regresaba a la habitación donde dormía al lado de Selma.

—Edel es muy raro, no me da buena espina. Cada vez que vengo, va y se encierra en tu recamara, mamá. —Decía Vanda.

—Déjalo vivir a gusto. No te hace mal, y a mí tampoco. Mientras yo lo quiera y él a mí, no tiene porque preocuparte nada. —le contestaba Selma, cerrando así el tema de nuestra relación. Y ciertamente, Vanda no tenía derecho de opinar.

El día que Selma ya no despertó de su siesta, no me preocupé mucho, su cuerpo seguía ahí y su perfume natural aún estaba impregnado en su bata. Me acurruqué buscando su cariño en sus manos frías y tiesas. Después de cinco días, comencé a sufrir de hambre y sed de una manera incontrolable. Su olor había cambiado y apestaba toda la casa. Con todo el dolor de mi alma, me vi en la necesidad de servirme de su carne. Ruñí de su lengua, y bebí de sus jugos gástricos para sustituir la falta de agua. Grité y lloré por todos los rincones, pero nadie nos daba auxilio. Comí de ella hasta el día dieciocho que entró Vanda a la casa.

Nos encontró juntos en el catre de la siesta, en una recamara contigua a la sala. Los dos ensangrentados hasta los bigotes. Se acercó a su madre llorando y gimiendo de espanto, yo la trate de consolar, pero al ver las manchas rojas en mi blanco pelaje, me tomó del lomo y me lanzó por el aire hasta hacerme golpear en la pared. Corrí asustado hasta debajo de la cama, de la habitación de noche, donde solía dormir al lado de Selma.

Decenas de hombres entraron y levantaron la declaración de Vanda, tomaron fotos del cadáver y del rastro guinda que dejaron mis huellas por todas las baldosas blancas.

—Ven gatito, es hora de cambiar de casa. —me dijo un hombre con unos guantes enormes y terroríficos.

Pero yo los quería fuera de ahí. Invadían nuestro espacio. Era el hogar donde crecí toda mi vida al lado de Selma y me querían sacar. Sentí odio, deseaba que Selma viviera y que mi comida hubiera sido la carne muerta de ese hombre.

Manoteó y me persiguió hasta acorralarme, cuando me intentó agarrar, le brinqué a la cara para aferrarme a su nuca con mis garras y morderlo.

—¡Maldita bestia! —gritó.

Me tomó con las dos manos y me sometió por el cuello hasta meterme dentro de una jaula. Luego me trajeron a este lugar frio y alumbrado. Me sirvieron comida como la que solía darme Selma, pero mi enfado y mi tristeza no me dejaba probar bocado.

Un día después, mi estomagó seguía tenso por estar encerrado en esa jaula. Vi entrar a Vanda al lugar, y no estaba seguro, si deseaba irme con ella. Era dura de carácter, y nunca me dio confianza.

—No ha querido comer nada. Es duro decirlo, pero tal vez ya le gustó comer carne humana. —vaciló la mirada, para evadir los ojos de la huérfana. —Piénselo. Mientras dígame, nombre y edad del gato

—No hay mucho que pensar, ese gato no me quiere. Quédenselo aquí.

—Bueno. Aun así, necesito el nombre y la edad del gato, para poder darlo en adopción.

—Sí, se llama Edel, tiene nueve años—No sé si Vanda mintió o solo desconocía mi edad.

—Bien, pues solo firme estos papeles. —puso unas hojas en la mesa y le entregó un bolígrafo que, Vanda tomó apresurada y firmó. Luego, la mujer me vio a los ojos.

—Adiós Edel. —y se fue.

El hombre se acercó a mí

—Es hora de dormir amiguito. —Dijo con una sonrisa malévola. Me acorraló en la jaula. Sentí un piquete frio en la pierna, cerré los ojos y vi a Selma.

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