La creación (la verdadera historia). Parte IV

Parte IV

El centinela caminaba en línea recta y algo apresurado, así que aceleró el paso. Se estaba acabando el tiempo; debía verlo de cerca, tal vez hablarle. ¿Decir algunas palabras serían suficientes para la despedida? No sabía qué hacer. Se sentía tan estúpido, tan torpe; tan humano. Jamás se había despedido; no estaba relacionado con ese concepto. Nada de palabras; solo verlo de cerca por última vez, le era suficiente.

Lo siguió por kilométricos senderos. Aumentó bastante la velocidad de sus pasos, pero él siempre iba ganando la que ya parecía, no una carrera, sino una persecución extraña.

Estaba agotado, pero no impresionado. No era un secreto que los centinelas eran veloces, extremadamente precisos y ágiles en sus movimientos. Debían ser así para hacer bien su trabajo, pues deben velar por que todo estuviera siempre funcionando en perfecta armonía.

Mucha importancia se les da a los ángeles, y se les venera en demasía, casi como a los dioses; pero son ellos, los centinelas, los que hacen el trabajo duro y constante. Los ángeles son los artistas, crean la obra y siguen de largo, creando más, o retirándose hacia lo que llaman Descanso Eterno Celestial (lugar incierto sin espacio ni tiempo precisos, donde habitan los ángeles, en espera de una nueva tarea, una nueva vida); los centinelas son los coleccionistas, los veladores del museo que guarda la vasta y perfecta obra de la creación.

Cuando lo vio entrando por la gruta, algo le pareció familiar. Fue un deja vu florido, la magnífica y escalofriante sensación de algo vivido por segunda vez.

Sin embargo el sentimiento de familiaridad con ese lugar no era lógico, pues no recordaba el momento en que lo había creado, ni haberlo creado en lo absoluto.

Si hay algo de lo que los ángeles se pueden sentir orgullosos, sin que sea considerado pecado, es de recordar cada segundo, cada milésima se segundo en que crean cada cosa del mundo. Es un recuerdo que a la vez es sensación, pues se impregna en cada receptor del cuerpo como una mezcla inverosímil de sentidos. Es el vínculo más poderoso del mundo, más que el de una madre y su hijo, más que el de la tierra y los astros. Es como si el proceso de la creación, a la vez que emerge de sus cuerpos, se quedara tatuado en cada célula como una huella indeleble.

Pero aquella gruta no formaba parte de su impronta de memoria.

Con la angustia anterior reforzada por este último hecho tan peculiar y absurdo, lo siguió hasta el interior de las fauces de lo que parecía un foso infinito. Y ahí dejó de verlo. Se le perdió entre la nada; una nada que no veía desde hacía mucho tiempo era lo único que lo rodeaba por todas partes.

Entonces todo volvió a iluminarse, pero de una forma mágica y surreal. No eran luces ordinarias lo que daba claridad a aquel ocaso profundo, sino millones de pequeñas imágenes lumínicas que giraban a su alrededor. Parecía estar en aquella dimensión de la que tanto había oído hablar, lejana a su tiempo de formación, aquella de los mundos del futuro que nunca tuvo oportunidad de ver o crear, apodada como 5D.

Las imágenes, aunque eran diminutas y poco nítidas, reflejaban miles de escenas que viajaban como flashes, rodeándolo por completo. Cada escena diferente, y sin embargo, con los mismos personajes recurrentes: el centinela y él.

¿Qué truco celestial era aquel que le hacía ver cosas que no conocía, de las que solo había oído hablar en libros, semejante al futurismo de otras dimensiones? ¿Y por qué estaba él representado en ellas? Todo era tan insólito. Se sentía un perfecto lerdo.

Solo unas milésimas de segundo bastaron para darse cuenta de que aquello no era un simple truco; tal vez el objeto de reflejo era singular, pero no el contenido; no eran simples proyecciones de una película, sino de recuerdos de una vida anterior. ¡Pero no podía ser la suya! Eran sus acciones, mas no sus recuerdos, porque un ángel no puede perder recuerdos. ¿O sí? ¿Cómo podía un ángel perder memorias? No sabía que fuese posible, pues cada detalle de sus vidas se tallaba con precisión y excelencia en el código genético sus mentes.

Al menos eso había pensado hasta este momento, pues era evidente que esos millones de imágenes flotantes eran millones de olvidos que acababan de develarse ante sus ojos.

Continuará…

Fotografía: Pixabay\Editada con PhotoDirector

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