La creación (la verdadera historia). Parte III

Parte III

Es así como se describe al amor, es así como se siente. Bien lo sabía, aunque fuera la primera vez que lo sentía ese conocimiento estaba impregnado en su código mental.

Pero el diseñado significado que tenía su cabesa no se comparaba con el sentimiento en sí y con la idea mortal de prescindir de ese amor para siempre.

Claro que lo podría ver, lo podría ver por toda la eternidad, pero no de la manera en que lo veía ahora. Una vez convertido en fantasma, solo podría verlo porque su cuerpo omnipresente–sin figura física, sin sentimiento ni sensación alguna–mantendría el sentido de la vista. Pero no lo podría ver nunca más con los ojos que lo ven ahora, con ojos que sienten casi más que ver, puro y magnífico amor.

Solo le quedaba un día para despedirse para siempre de su esencia real en el mundo creado, de esa conexión que, aunque ya no sentía como al inicio, era única en su clase, y sobre todo, para despedirse de su amado. Olvidó instantáneamente la raíz de su porqué; de un momento a otro ya no le importaba que el mundo se cayera en mil pedazos, solo verlo por última vez.

Decidió no esperar un minuto más, las ciento ochenta y cuatro horas de ese día debían alcanzarle para buscar a su amado centinela y darle al menos una última mirada de adiós.

Cuando lo vio, no supo si ir corriendo hacia él y abrazarlo, o quedarse llorando, a lo lejos, mientras veía su dorado rostro por última vez.

A fin de cuentas, ¿Sabría él de su existencia? ¿Había llegado a sus oídos el rumor del amor platónico que sentía por él? ¿Era realmente eso, un amor platónico, o un amor compartido?

Quizá él lo sabía todo, pues nada hay oculto entre cielo y suelo. Además, un error tan grande como esta calamidad que había ocurrido, sin precedentes, era la noticia que primaba no solo en el firmamento, sino en la tierra.

Pero los centinelas tienen un único propósito, y no siempre se les informa de los asuntos angelicales que no le competen. El amor de su vida no debía estar enterado de nada.

Estos pensamientos le provocaban una enorme ambivalencia afectiva; sentía tristeza y alivio al mismo tiempo. Si él no sabía nada, o mejor aún, si no sentía nada, podría acercarse sin temor y adueñarse de su mirada, totalmente ingenua a todo, por última vez, tan brillante y pura como la vio la primera vez cuando aún no sentía nada por él.

Ahí estaba, entre aquellos arbustos especiales. Recordó al instante, el momento en que los creó, al tercer día. Al principio creía que esos arbolitos tan pequeños serían demasiado poco para un mundo tan perfecto, que opacarían su excelsa frescura. Pero la idea se fue desarrollando mejor en su mente y se le hizo bonito ese elemento para adornar el paisaje. Así que les dio forma tal como su mente los visualizó, y resultaron ser una combinación acertada y bonita.

Pero no imaginó que ese detalle pudiese verse más hermoso hasta que vio al dueño de su corazón entremezclado entre las pequeñitas hojas verdes.

Continuará…

Imagen:Pixabay\Editada con PhotoDirector

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