LAS LOSAS AGRIETADAS DEL CAMINO QUE HAY QUE SALVAR (Parte 1)

No sabe por qué está tirada en la calle, con barro y bajo la lluvia. Le duele la cabeza y no puede abrir los ojos. Sabe que se encuentra en el suelo porque un charco de agua está mojando su espalda, una lluvia persistente cae sobre ella, y nota un líquido caliente derramándose desde la frente y la nariz hacia la nuca. Oye a dos hombres hablando a su lado; no los conoce, pero trata de escuchar su conversación y le parece que son guardias municipales; también siente una algarabía alrededor: es gente gritando y pidiendo ayuda, y una mujer que se está encomendando a Dios y la Virgen. Ve un carruaje volcado y se estremece cuando descubre unas piernas asomando bajo él. No entiende qué está pasando, piensa que debe de ser un sueño porque no  es posible que esté en el suelo sin poder moverse, y tampoco recuerda cómo ha llegado hasta ahí. Sin embargo, de repente, empieza a sentir mucho sueño, sólo quiere dormir y se hunde en un profundo y agradable sopor.


Se despierta en un lugar extraño con un olor desagradable; oye susurros, y la cabeza le duele tanto, que le da la impresión de que se la están agujereando a golpes. Le pesan los párpados, quiere llamar a alguien pero sólo emite un gemido. Alguien se acerca, y una voz se dirige a ella por su nombre.

—Elena, ¿puedes oírme? —Quien habla manifiesta sorpresa— ¿Cómo estás, querida?

Ella quiere decir que le duele todo el cuerpo y que la cabeza la está matando pero, de su garganta, sólo salen ruidos.

—Vaya a preparar el sedante, hermana —dice la mujer a otra persona.

Cuando oye esto, la paciente deduce que está en un centro médico. Su intención es preguntar qué hace allí, pero teme la respuesta.

Trata de recordar qué ha pasado para llegar ahí, y piensa en lo que hizo al empezar el día. Recuerda que es viernes, y que se ha levantado temprano; ese día, Elena va al nuevo mercado de Atarazanas[1] y compra ella misma el pescado que llega de la bahía de Málaga. Va con la muchacha que ayuda en la cocina, pero ese día está lloviendo mucho y es imposible andar por las calles después de una noche de tormenta, así que decide aprovechar la calesa de alquiler que Joaquín, su esposo, utiliza para ir al despacho de su empresa para que las lleven al mercado de abastos antes de que se dirija a su lugar de trabajo.

Elena recuerda que, antes de salir, los mellizos dormían; la niñera ya estaba en casa y con todo preparado para cuando se levantaran, y el matrimonio, acompañado de la chica de la cocina, sale de su palacete en Alameda[2]. En la puerta, está esperando el coche de rúa; el matrimonio se sienta en la parte trasera de la calesa, y la muchacha frente al marido, de espaldas al sentido del carruaje. Elena intenta evocar el trayecto, y recuerda a las floristas montando sus puestos y el olor de sus flores recién cortadas invadiendo el ambiente a pesar de la lluvia. Calcula que no debieron de recorrer mucho, porque no habían llegado a la calle Puerta del mar; allí es donde tenía que desviarse el coche pero, antes de girar, se oyó un estrépito, y una fuerza la empujó a un lado contra su marido. De pronto, se encuentra en el suelo embarrado de la calle, rodeada de gente; un escalofrío recorre su cuerpo al recordar las piernas que asomaban bajo la calesa volcada. Sabe que se trataba de Joaquín, su esposo.

La religiosa se sienta despacio a los pies de la cama de la paciente, como si cualquier leve movimiento la pudiera dañar. Elena quiere decir que ha de ver a sus hijos, que son muy pequeños, y que están solos con el servicio de la casa, pero sólo le salen ruidos de la garganta. Piensa que todo es una locura, y se pregunta por qué no puede hablar. La monja coge su mano, y empieza a hablarle con voz calmada y susurrante.

—Elena, estás en el Hospital Civil de Málaga y llevas con nosotros algo más de cuatro meses —Un estallido se produce dentro de su cabeza al oír esto, y cree que va a perder el conocimiento—, tuviste un accidente —continúa la religiosa— y has estado inconsciente todo este tiempo. Uno de los caballos de la calesa resbaló, se rompió el  enganche y volcasteis. Al principio, te llevaron a tu casa porque habías sufrido un terrible golpe en la cabeza, incluso, llegaron a pensar que no sobrevivirías, pero a las dos semanas, cuando vieron que tu situación se iba a prolongar mucho, decidieron trasladarte aquí.

La paciente se sorprende de esa medida; el Hospital Civil es sólo para pobres, pero deduce que su médico decidió que eso sería lo mejor para una convalecencia larga.

La otra hermana que había ido a preparar el calmante, vuelve con una jeringa. La religiosa que le está hablando inspira, hace una pausa y continúa.

—El cochero salió indemne, y la joven que os acompañaba fue ingresada en el hospital San Julián pero no superó la noche, y…

Elena no quiere seguir oyendo, sabe lo que va a decir y sólo desea que le diga dónde están sus niños. Entonces, la religiosa le agarra el brazo y le inyecta la morfina, vuelve a posar la extremidad con lentitud sobre la cama, y finaliza:

—Tu esposo murió en el acto.

A Elena le entra mucho sueño y parece que su cuerpo está flotando, sabe que es por lo que le acaban de poner, quiere llorar y gritar pero no tiene fuerzas, nota cómo la monja le coloca un rosario en la mano derecha y se va.

Sin embargo, nadie le dice dónde están sus hijos.

(Continuará…)


[1] “Mercado de Atarazanas”: Principal mercado de abastos de la ciudad de Málaga.

[2] “Alameda”: Avenida en el centro de Málaga donde vivía la alta burguesía.

#TallerdeLetrasyErroresCompartidos

Olga Lafuente.

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