CRÓNICAS IGNORADAS-INTRIGAS DE LA TRASTIENDA

Un día más, antes del amanecer, iniciaba la rutina forzada y pesada de levantarse en la oscuridad y con el frío que agrietaba sus manos, ya secas y envejecidas por el trabajo.

En silencio, preparaba el desayuno del marido y los hijos: nueve tazones de metal y un plato de loza sobre la mesa de madera para que cuando hubiera amanecido, desayunaran su café con leche y la rebanada de pan tostado con aceite. Para entonces, ella llevaría más de tres horas en la tienda de ultramarinos que sustentaba a la familia.

La primera faena era colocar la mercancía dejada por los proveedores. Ella era la tendera más madrugadora para preparar su tienda; acurrucada en su chal de lana y vestida de luto como hacía desde niña, doblaba la espalda y acarreaba sacos de naranjas, judías o patatas, y distribuía la mercancía en las cajas dispuestas al público. Era un trabajo duro y tedioso; no como cuando ayudaba a su madre. Ahora, los productos se exponían por tamaño y calidad porque, a pesar de la escasez y miseria de aquellos tiempos, la clientela exigente y remilgada, quería tenerlo todo dispuesto sin perder tiempo en rebuscar entre el producto.

Como un ritual, trabajaba despacio y en silencio, concentrada y sin perder el ritmo; siempre el mismo orden: primero, el grano, después las legumbres, la fruta y, por último, los tubérculos, los más pesados, los que venían en sacos más grandes y difíciles de comprobar.

Vació con cuidado el costal de patatas y las fue colocando en sus cajas hasta casi llegar al fondo. En un momento, se paró, introdujo ambas manos y sacó con atención exquisita y casi veneración, un icono ortodoxo de oro y piedras preciosas. Lo observó con una leve sonrisa y lo contempló largo rato.

El grabado merecía todo su respeto; lo había pedido a sus proveedores hacía un año y estos no pararon de buscar hasta encontrarlo en una casa de la estepa rusa. Con esa obra única, ella obtendría una fortuna en el mercado de contrabando; aseguraría el futuro de sus ocho hijos con estudios en el extranjero y una buena vida y, sobre todo, ella y su marido, seguirían aumentando su patrimonio: sus villas en la costa, su colección de vehículos, sus cuentas bancarias…

Por él, una familia había perdido la vida en un horrendo crimen pero, ¿quién iba a seguir el rastro hasta ella, una humilde tendera, al otro lado del continente?

#CrónicasIgnoradas

Olga Lafuente.

Blog de la autora: http://ellaboratoriodelaneofita.home.blog

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