Dos asaltos al mismo tiempo

—Se lo voy a repetir, créame, entienda que no tengo motivos para mentirle. Si alguien tiene preguntas aquí, soy yo. —Le dije al comandante, quien asintió con la cabeza y me hizo una señal para que continuara narrándole mi versión de los hechos.

—Bien, cada jueves, saliendo del trabajo voy al cajero automático que esta afuera del banco sureño, en la avenida de los héroes. Retiro algo de efectivo para entregárselo a mi madre al siguiente día. Pero hoy, pasó algo que por estadística tenía que pasar, me asaltaron. Un hombre, así mismo como yo, me vio en una calle oscura y solitaria y me convirtió en su blanco. Ya conozco el protocolo, primero me encañona en la cabeza, le entrego mi dinero, y con su voz, generalmente con acento capitalino, me indica que corra como loco sin detenerme y sin mirar atrás, lo cual hice durante solo un par de calles. Luego aligeré el ritmo para retomar aliento, no quería detenerme, pero caí en una alcantarilla que parecía infinita, grité y perdí el aire de mis pulmones una y otra vez, y no terminaba de llegar al fondo de ese abismo que estaba en la mitad de la acera. De pronto, vi luces de colores en las lejanías de aquel túnel en caída, había azules y verdes, rojos y morados de neón en las paredes que se acercaban y se alejaban de mi cuerpo. No sé durante cuanto tiempo caí, solo sé que terminé cediendo a la fatiga, hasta que desperté aquí con mis manos atadas a mi espalda, rodeado de cocodrilos con pestañas de colores, con caras aplanadas, plumas como la de los pavorreales en los antebrazos, caminando erguidos y uniformados como policías humanas, acusándome de haber cometido un asalto a mano armada. ¿Qué no entienden que la víctima aquí soy yo?

—¡Claro, claro! Señor —Me respondió el oficial con el sombrero de punta, mientras hacia una mueca de desesperanza y decepción. Se tocaba las sienes con las garras de sus dedos índices, tomo aire y le grito a un par de oficiales de menor rango que estaban a mis costados. —¡Llévense a este loco a la celda! Allá que le cuente sus absurdas historias a la cama de piedra, a mí no me va a ver la cara de tonto.

Los dos reptiloides me condujeron por un pasillo húmedo y oscuro hasta una celda de piedra, en un lugar parecido a una selva subterránea. Mi mente estaba llena de cuestiones y mi cuerpo quería explotar al sentir todas las emociones al mismo tiempo, me preocupe por mi madre, me cuestionaba por la existencia de ese lugar tan surreal, de esas criaturas tan parecidas a los humanos. Caminaba en círculos dentro de la celda, hasta que vi una charca de agua en el suelo afuera de mi celda, me acerqué hasta quedar encima de ella. Mi reflejo en el agua me hizo dar un brinco hacia atrás, yo era igual un cara de cocodrilo, mire mis manos y estaban verdes y escamosas, y mi cola… “¿Por qué chingados tengo una cola?”

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