Los tres monos sabios (microrrelato, DraJ)

Los tres monos sabios entraron al templo, tal  como les habían dicho. Debían hacer su papel, tal como lo habían practicado. “Nada oigo” era el primero, quien guiaba a los otros dos. “Nada veo” confiaba en él y llevaba de la mano a “Nada digo”, que iba de tercero y último. Tenían ocho minutos para llegar. Sus pasos eran consistentes, pero presurosos. Llegaron justo a tiempo, pero no podrían escapar a la profecía. “Nada digo” había visto, hacía dos minutos, a quien los asesinaría, pero debía hacer su papel; no podía hablar y no lo hizo. Fueron asesinados por turnos, él fue el último y tuvo que ver, sin decir una palabra, como asesinaban a sus hermanos. Cuando le tocó, emitió un estruendoso “Ahhhhhh” que hizo temblar las paredes del recinto. El asesino murió ante sus ojos; se hizo polvo arrastrado por el viento. La profecía no pudo cumplirse, quedó un mono sabio, que aunque ahora no podía ver ni oír, pudo salvar a todo el pueblo.

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