UN CHASQUIDO DE DEDOS

Soy Lázulis. Me basta un chasquido de mis dedos para que todas las mariposas de los alrededores se adhieran a mí. Debo hacer esto cada diez días si quiero seguir viviendo como humana.  Esa fue mi elección.

De mis amigas absorbo  la elegancia, el exotismo o la fuerza  cuando lo necesito; puedo mimetizarme y cambiar mi aspecto cuando lo deseo. Aunque casi siempre soy así, de  apariencia frágil,  pero muy peligrosa;  bobalicona,  con gran inteligencia, dulce aunque áspera y amarga cuando se tuercen mis deseos. Generalmente, adopto la figura con más poder de atracción hacia los hombres.  Mi pelo es de color negro como el azabache al igual que mis ojos; de cuerpo delgado con formas redondeadas,  muy femeninas y quizás felinas.

Aún no me he reproducido. No encuentro un varón que me haya seducido lo suficiente para que,  como dicen las mujeres,  lo ame.

Amar,  siempre esa palabra,  esas proposiciones que a todas las damas les hace derretirse.

Llevo entre los humanos una década,  buscando al macho oportuno para poder vivir y hacerlo en libertad. Me preocupa no encontrarlo. Tengo dos años más para procrear, sino volveré  a mi estado natural y al poco tiempo moriré. Se acorta mi tiempo.

 En mi búsqueda de ciudades, no soy capaz de sobrevivir en lugares fríos,  llegué a aquella ciudad que me maravilló: sus paisajes, colores y olores me apasionaron. Pero me sentía agotada,  necesitaba de nuevo hacer mi metamorfosis, chasqueé  mis dedos pero muy pocas mariposas vinieron a darme su energía, las justas para volver a nacer.

Entré en el círculo de personas más acomodadas de la ciudad pues me resultaba muy sencillo;  mis ropas,  lengua y educación se mimetizaban con el ambiente y conectaba de inmediato. Enseguida me acogió una familia,  la más rica del lugar, que en pocos días organizó una fiesta de bienvenida y… sí, allí lo conocí. Rodeado de hermosas mujeres, era el hombre más apuesto que había conocido hasta ahora. De pelo anaranjado y negro, unos ojos oscuros que emanaban fuerza, inteligencia y seguridad. Y aquel olor y su voz… ¡me hacía perder el sentido, me atraía tanto!

En ese preciso momento conocí el amor,  aquella palabra odiosa que no entendía.  Ahora sólo él estaba en mi mente, no existía otra idea, Morpholacis, ese era su nombre.

Él era la persona que elegía para perpetuar  mi nueva especie,  me fecundaría y viviría siempre sin tener que renovarme cada diez días.  Estaba preparada.

A la octava noche de estar en este maravilloso lugar Morpholacis y yo nacimos, nos amamos como humanos. Conocí lo que decían que era la felicidad.  El sueño nos venció y dormimos abrazados.

Al despertar él no estaba a mi lado.  En la almohada había sólo una hermosa y gran mariposa monarca con sus magníficas alas negras y naranjas marchitas, muerta.  Motpholacis estaba muerto.

Lágrimas humanas cayeron por mis mejillas  ¿sería tristeza o desesperación?

Había sido fecundada por un individuo de mi especie,  ya no tenía más esperanza de vida, pasado ese día ya no podría chasquear  mis dedos,  mi vida se vería reducida a seguir siendo una mariposa negra.

Autora: María José Vicente.

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