Fetus in Fetu (@Sheelag)

«[…] la vida ha cesado detrás de tus ojos, empalamiento y antes… Vivir sin más»
Grotesque Impalement, Dying Fetus

Ella estaba segura de que cuando su madre le dijo que había tomado mucho té de ruda para expulsar el embarazo que ahora se llamaba Cordelia, sin duda, fue sincera, porque le había castigado con aquel nombre. Hasta su tátara, tátara, tátara abuela, del siglo V antes de Cristo, llevaba un nombre más coqueto.

—Walter, odio a mi madre.

—Vaya culebra que eres. ¿Cómo es eso?

—Ya sabes… es Testigo de Jehová. Por eso —su amigo con derechos se inclinó un poco en aquella piedra plana en la que tomaban el sol a orillas del río y la observó.

—Y si es solamente eso, ¿por qué lloras?

—No estoy llorando —se puso de pie y comenzó a tirar piedras al agua. Walter hizo lo mismo, hasta que cuando vio la rabia de la chica, la detuvo con sus manos por un segundo.

—Jani, puedes contar conmigo. Escupe lo que te atormenta —por eso Cordelia le adoraba. Porque le llamaba Jani, por Janis, su cantante favorita. Respetaba que no le gustaba su nombre, y porque aunque ella se esmerara tras su caparazón de chica ruda, igual él podía observar más allá.

—Mi madre ha dicho que tomó un yuyo para abortarme y no pudo. Es por eso que creo que me dio este nombre. Creo que me odia, así que decidí odiarle también.

—¿Esa arpía te ha dicho eso? Jani, sé inteligente. Ya tienes diecisiete años. Haz simplemente una cosa. Deja de llamarle mamá. Una culebra así que dice eso a su hija no se merece que le digas madre.

—Siempre ha dado todo a mi hermano en primer lugar, luego a mi hermana. La pareja perfecta. Y yo, como le causo culpa, soy quien se lleva regalos, pero todo el destrato posible.

—Acéptaselos, Jani. ¿Sabes por qué? Porque esa vieja ya ha perdido. Tuvo que criarte aunque no quisiera, y te hace pagar el precio. Luego va, se da de latigazos ante su Dios, se siente culpable, y te compra ropa como esta que te hace lucir bellísima. Acéptale todo, porque te lo has ganado. Y no te inquietes. Esa vieja no te ha dicho nada de otro mundo, solo ha sido bruta. Es más fácil decir eso que asumir que le apetecía un revolcón. La mayoría de nosotros no nacimos porque Dios quiso, porque fue un milagro, porque no había televisión, porque falló el cálculo, porque hubo mala suerte. Jani… Si todos pusieran a funcionar la lógica te diría que estamos en el mundo por el simple hecho de que dos personas tuvieron sexo, y aunque quieran justificarlo de diez mil modos, es inobjetable.

—Siempre se busca responsables. Ella culpa a una pobre planta medicinal que vaya a saber si es para eso. Pero hay algo bueno en esta historia.

—Dispara.

—Me dijo que nací arrastrando junto a mi cordón umbilical y placenta, otra bolsa de agua.

—¿Qué es una bolsa de agua?

—Ay, ya sabes, eso que nos envuelve en el vientre. La placenta. Para ser más exacta. Yo nací y mientras me atendían, mi cordón umbilical aún seguía ligado a la placenta. Cuando mi madre pujó nuevamente. Salió todo lo que quedaba en su útero, y allí salió una placenta entera sin romper, vacía a la que estaba ligada mi cordón umbilical y dentro contenía otro, pero vacío. No había otro bebé al cuál estar agarrado.

—Iban a ser mellizos o mellizas, entonces.

—La enfermera le dijo que suele suceder que el niño más fuerte se fusiona al más débil.

—Pero, ¿te dijo tu madre si la placenta era grande o chica? La segunda que salió.

—Era una bolsa que podía albergar un bebé tan igual de grande como era yo al nacer. Aparte ella dice que tenía un vientre muy agrandado. Sin embargo estuvo consciente durante todo el parto y no hubo otro bebé.

—Vaya, es la primera vez que sé de algo así. Creo que aunque esa mujer hoy te ha hecho enojar, deberías preguntar más sobre esto.

—Me pregunto por qué me lo habrá contado recién a estas alturas de mi vida, y de la nada.

—Tú indágala. Vamos que te acompaño y mañana iremos juntos al instituto. Nos quedaremos un rato en la biblioteca y cuando veamos que es posible, bajamos al laboratorio a ver los fetos. Quizá encontramos algo así.

Esa noche la tormenta más fuerte en los últimos cinco años llegó al pequeño suburbio. Cordelia dormía junto a su hermana en un cuarto con ventanas hacia el jardín que tenía su madre. Apenas dividía una mesita de noche las dos camas. Se llevaban ahora bastante bien. De niña, Ingrid la odiaba, al igual que su hermano mayor, el primogénito preferido de su mamá.

Este dormitorio deteriorado, y tener una cama para cada una era un lujo comparado a la niñez en la que todos dormían juntos.

—Corde, ¿recuerdas cuando llegaban estas noches de invierno y dormíamos en la cama de hierro, con mucho frío, y como no parábamos de hablar, papá comenzaba a contarnos sobre cómo se escuchaba el crepitar de las cadenas, de un hombre sin rostro que las arrastraba?

—Claro que sí. Recuerdo que Franco dormía solo en una cama al lado de papá. Sumamente abrigado. Y nosotras del lado de mamá, al lado de la ventana. Tiritábamos siempre de frío porque apenas teníamos unas mantitas, y de miedo, o al menos yo, porque juro que escuchaba las cadenas de ese hombre que papá describía.

—Es que siempre fuiste rara. Para colmo quizá esos cuentos deberían haber terminado cuando la abuela murió, porque desde ahí todo fue a peor.

—¿Con la muerte de la abuela? ¿Pero si papá ni la sufrió? Aparte recuerdo que no éramos apegados a ella.

—¿En verdad no te acuerdas de lo que sucedió?

—No. ¿Qué pasó?

—La prima Soraya y tú, las únicas pelirrojas pecosas, casi que parecían hermanas, se llevaban muy bien y tenían la misma edad. Dicen que las pelirrojas suelen ser brujas. Tenían siete años, quizá ambas eran demasiado pequeñas. Cuando vieron el cuerpo de la abuela y los adultos indicaron que saludaran, ustedes se miraron una a la otra y comenzaron a reír a carcajadas. La monja que estaba cercana a ustedes las abofeteó a ambas y las dejó fuera.

—¿Mamá estaría que hervía de rabia, no?

—No ella estaba ida, así como es ella. Aunque creo que va a peor. Lo que espantó a toda la gente de ustedes dos es que no parabas de reír, y por ende, Soraya seguía riendo de tu risa. Estaban enterrando a la abuela y te echaste a patalear de risa al suelo y la tierra con la que la sepultaban, volaba de tus pies hacia el vestido de Soraya. A ella le causaba tanta gracia eso, e intentando cubrirse la cara, reía pero ya no tanto. Comenzó a retirarse hacia atrás y se cayó en una fosa vacía. La mala caída hizo que se quebrara el cuello…

—¿Qué dices, Ingrid? Yo he visto a Soraya.

—¿Qué dices tú, Cordelia? Soraya murió aquel día. Para colmo Franco, que es la persona más fría que conozco, hizo una broma ácida de que ya había quedado pronta para tirarle tierra. La tía Ernestina nos trajo a los tres a casa y dijo que quedábamos excluidos de todo acto familiar, pero sobre todo tú, porque eras una hija de Satanás.

—¿Cómo le dice eso a una niña? Ni siquiera debí estar ahí ni Soraya. Pero… No me cierra esta historia. Me… me ha dado náuseas y dolor de cabeza. Necesito ir al baño.

El baño quedaba fuera de la casa. Así eran las casas de campo. Tenía que tomar un paraguas y pasar mirando hacia aquellos árboles oscuros hasta entrar en el toilette de puerta destartalada. Vomitó absolutamente todo. Apretó fuertemente su ojo izquierdo. Siempre le comentaba a su madre que sentía que se le saldría de la cuenca.

Ella incluso había salido a un parque con Soraya. ¿Cómo es que estaba muerta? Debía hablar con su madre.

—¿Qué ocurre? ¿Otra vez ese ojo? Vas a tener que ir al médico.

—Ingrid me habló del funeral de la abuela, la madre de papá.

—Qué buenas historias cuentan en una noche como esta.

—¿Es cierto que Soraya murió ese día?

—Pero… ¿qué estás diciendo? —su hermana asomada a la puerta junto a su hermano mayor reían a carcajadas viendo la paranoia e ingenuidad de Cordelia.

—Tonta, ahora no crees en el hombre que arrastra las cadenas y seguro que comenzarías a creer en la prima Soraya muriendo por tu culpa.

—Vayan todos a la cama. Mientras vivan en esta casa, me importa nada sus edades, los quiero respetando las buenas costumbres.

—Sí, madre —la sonrisa se les borró del rostro.

Vaya jugada hicieron a Cordelia. Pero algo no estaba bien. Ella sabía que debido a la vez que le asestaron una pedrada en su lóbulo frontal su memoria había quedado algo fragmentada. Por lo tanto, volvió a la cocina y le pidió a su madre que le respondiera algo más.

—Es cierto que comenzamos a reír al ver el cadáver y nos echaron del funeral.

—Sí, eso es verdad. Pero supongo que serían nervios. No debí llevarte. Igual no la dejaste ir en paz ya que tu abuela te quería mucho, hasta un cierto día que no quiso verte más.

—¿Qué te pasa que estás confesando tantas cosas últimamente? ¿Es ganas de que sepa que nunca fui querida?

—Para empezar, tú estás hurgando en el pasado.

—Sí, pero no te pregunté quién me quiere o quién no. Ya me bastó con saber que tú no lo hacías.

—Cordelia… por favor. Cuando quise abortar fue porque apenas podía sustentar la vida. No olvides que tu padre fue siempre un alcohólico y yo la única que trabajaba. Y la razón por la que si quieres saber cosas te las contaré es porque tengo poco oxígeno llegando a mi cerebro. He tenido varios desmayos. No sabemos cuándo podría dañarse mi mente y ya bastante tenemos con tus lagunas mentales.

—¿Mis lagunas son herencia de ese mal tuyo?

—No. Tú no tienes un problema más que psicológico. Has olvidado cosas, símbolo de situaciones traumáticas.

—¿Qué me pasó? ¿Y por qué la abuela no me quería?

—Te quería. Hasta después de lo que te pasó, y no porque te discriminara, sino porque ella insistía que luego de eso, ella no te veía a ti, veía a otra persona en tu lugar. Alguien que era como tú, pero siniestro.

—Mamá, me voy a volver loca. Cuéntame.

—Estuviste más de dos días intentando mantenerte a flote en un aljibe. Como había venido una tormenta como estas, lo taparon. Tuviste suerte y a la vez no. La tapa tenía un pedazo roto. Te sacamos de ahí gracias a lo mucho que subió el agua, pero luchaste mucho por no ahogarte, y aun así la hipotermia casi te lleva.

—¿Mamá, dónde estabas tú?

—Trabajando en horario completo. Tus hermanos callejeando y tu padre en el bar.

—Nadie se preocupó nunca por mí.

—Yo hice lo que pude. Di hasta donde pude. Tuviste suerte que tu madrina solía estar al pendiente de ti, y fue ella quien te encontró. Al tiempo, te recuperaste. Pero cuando tu abuela vino a verte, aunque llevabas un vestido blanco y una sonrisa, ella decía que estabas vestida de luto y que tus ojos verdes eran negros. Sabíamos que estaba muy vieja. Pero recuerdo que comenzó a guiñar solo su ojo izquierdo sin parar cada vez que te le parabas delante, como un tic nervioso. Y hasta se quiso ir. Más adelante cuando íbamos a su casa, comenzaba nuevamente con eso si te hacías presente. Dejé de llevarte el día que te tomó por el cuello y comenzó a gritar que te fueras. Que eras un demonio. Que por algo no fuiste engendrada. Luego de un tiempo la hospitalizamos, y las enfermeras nos contaban que no paraba de escarbar su ojo izquierdo. No le encontraron nada.

De repente Cordelia tuvo un flash como si estuviera fuera de su cuerpo. Vio dos niñas, una de cada lado, mirando un ataúd y comenzando a reír. Y cuando forzó más su mente para recodar, observó que el ataúd tenía algo singular. Su abuela tenía el ojo izquierdo abierto y tieso. Creyó haber encontrado el motivo de la risa en su memoria.

—Entonces, ¿lo que me sucede en el ojo no es una patología heredada?

—Supongo que no, pues ella no tenía ningún problema en su vista.

—¿Hay alguna otra cosa siniestra de la que deba enterarme? Digo, es el día perfecto. Tomentoso y tétrico. Soy todo oídos, luego me iré a dormir.

—¿Qué está pasando con tu memoria, Cordelia? Todo cambió luego de ese funeral. Un día comenzaste a traer del colegio tan solo gente dibujada en ataúdes con su ojo abierto y le ponías los nombres. Todas esas personas que dibujabas era gente viva.

—Cuán perturbada debo haber quedado.

—¿Tú? No tienes idea de lo mucho que he llegado a temerte. Incluso le pedí a Jehová que te liberara, o que nos liberara de ti.

—Por favor. No mereces ser llamada madre…

—Pues no lo hagas. Pero no veo día que te vayas de este lugar. Cordelia, cada nombre que diste a esos dibujos…Esas personas… ¡Oh, por el amor de Dios! Morían exactamente a los dos días de que los dibujabas —.La mujer comenzó a sollozar y prosiguió —: Una vez dibujaste dedos separados de una mano y sangre. De la escuela querían echarte porque asustabas a tus compañeros con ese trance que te entraba. Creo que los cuentos para asustar niños comenzaron a ser suplantados por ti en vez de los clásicos. Ese día, miré el dibujo de la mano y comenzaste a temblar. De repente, llamaron de la fábrica donde recién comenzaba a trabajar tu hermana, y me informaron que ella estaba llevando los dedos de un compañero que se había cortado con una máquina.

Todo lo que decías o dibujabas, sucedía. Creí que eras mi castigo. El castigo por tener una hija ya siendo mayor. Por el alcoholismo de tu padre, por mi cercanía a la menopausia. Que tuvieras algún autismo. Pero no. Antes de eso no eras así. La caída al pozo y la muerte de tu abuela cambiaron tu ser para siempre. Por eso desde que te ha dado la pérdida de memoria estamos todos más en paz.

Tus hermanos no debieron molestarte con esa broma ya que es como que incitaran al Diablo.

Cordelia salió corriendo. No le importó la noche, la lluvia… nada. Fue hasta el arroyo, y parada sobre la piedra que visitaban a menudo con Walter, gritó y gritó como si se desgarrara.

Dejó que la lluvia la empapara tirada mirando la nada. Quiso sentir nuevamente la hipotermia a ver si podía volver a ser quien fue antes de aquellos cortos siete años.

Llegó a la casa, y así empapada como estaba se durmió.

Sus sueños no fueron felices. Las cenizas que volaron al viento, comenzaban a retroceder para armar el cuadro panorámico con claridad. Despertó y pensó que debía visitar a su prima. Quizá ella podría aportar algo más.

A la mañana, en el instituto, contó todo a Walter. Sintió escalofríos, pero no se espantó de ella como todos, de hecho consideró que había un patrón allí que resolver.

Bajaron al laboratorio y la mayoría de los fetos eran de animales. Y un único embrión humano.

No encontraron nada que ayudase allí. Ni en los libros.

Tampoco encontraron al profesor de Biología para poder hablar sobre el tema de la doble bolsa de agua.Pero sí hubo algo inquietante y reiterativo. El embrión humano tenía un ojo negro abierto que parecía latente. De inmediato le provocó aquel dolor detrás de su ojo a ella. Pidió a Walter salir de allí, se despidieron y ella fue a ver a su prima.

Cuando se encontraron rieron y se abrazaron. Siempre se habían llevado bien. Compañeras de risas de funerales. Cordelia indagó a Soraya sobre aquel día del que todos hablaban, y aunque no hubo mucha diferencia, sí hubo dos cosas que aportaron algo más.

—La abuela no era precisamente normal. Siempre había soñado con muertos y decía que los muertos le hablaban. Un día volvió de tu casa y dijo que tú estabas poseída y había que quitarte todo de adentro. Que si no hubieras sufrido aquella caída ese ojo no habría despertado.

—Me han dicho que la abuela siempre parpadeaba sin cesar el ojo izquierdo cuando me veía.

—Es cierto. Pero no lo notaba. Era algo descomunal y horrible. Dame un segundo. Me ha dado como un mareo —Soraya se sostuvo la cara por un instante. Cuando alzó el rostro nuevamente, su ojo izquierdo comenzó a sangrar y parpadear sin cesar.

—¿Es un chiste? Por favor, ¿qué sucede? Soraya, toma, limpia tu ojo.

—Pero si no tengo nada. ¿Me ha cagado una paloma?

—Estás sangrando.

—No, Cordelia. Mira… debo irme. Estoy bien. Olvida el pasado. Ahora estás bien y lo bueno es que toda esa época ha pasado.

—Pero….

—Adiós, querida prima —y entonces el pasado regreso con toda la fuerza. Antes de que Soraya se parara del banco donde estaban sentadas vio un ataúd. Un ataúd mohoso, putrefacto. Como si tuviese años bajo tierra.

En el camino Soraya, miró hacia el cementerio en el que había sucedido todo aquel episodio de risa. Pasó a saludar a su abuela. Aún sonreía de la tontería junto a su prima. De repente, otra vez, su ojo le molestó. Fue a tal punto la molestia que tuvo que buscar algo a lo que afirmarse, pero no había nada. Trastabilló y no pudo dar pie. Cayó en una fosa vacía en la que se quebró el cuello, y pasaría un tiempo, hasta que cuando la dieran por perdida, se le ocurriera a alguien buscarla allí. Para ese entonces estaría bastante descompuesta.

Cordelia llegó a la piedra del arroyo antes que Walter. Necesitaba olvidar todo por un rato.

Cuando él llegó sugirió que se quitaran la ropa y se metieran al arroyo a nadar. Desnudos se besaron. Él estaba tan enamorado de ella, y ella tan agradecida de que él existiera. Era el único que no la trataba como un monstruo.

Hicieron el amor una y otra vez sobre el césped fresco y blando. Al fin Cordelia sentía menos tensión.

Tumbados viendo los árboles, él se estaba adormeciendo tras un coito sin interrupciones y tan demandante. Ella, acariciaba su cabello y mientas observaba las hojas, en el ruido de la naturaleza escuchó:

—¡Cordelia come niños!… ¡Come niños!… mala, mala, come niños.

—¿Quién está ahí?

—Mala, come niños…

—Muéstrate —pero nadie se asomó. De hecho la voz parecía que venía de al lado suyo. Sin embargo nada había.

Como era predecible, el sexo puede engendrar. Pasado un mes, sin decir nada siquiera a Walter, se pidió cita con el médico. Las primeras ultrasonido no eran de lo mejor, pero sí lo suficiente como para ver algo tan descomunal como lo que observó junto a su médico.

—Cordelia, estás embarazada, pero de aire.

—¿Cómo dice?

—Observa allí. Son dos bolsas para albergar a dos bebés. Hay latidos, sin embargo no hay bebés —su ojo punzó fuerte. Sintió que alguien le asestaba una patada desde adentro.

De la nada vio a su madre cayendo y enterrándose un tenedor redundanteme, en su ojo izquierdo. Muriendo desangrada en su cocina.

Vio a su padre morir ahogado en una zanja por su borrachera.

Vio al médico teniendo un accidente de tránsito, y un campo lleno de ataúdes podridos que iban emergiendo.

La voz del doctor se perdía. Sentía que de su ojo salía pus, putrefacción y gusanos. Entonces gritó de dolor y se llevó la mano a él.

—Cordelia, debemos hacer un legrado. Este caso, si me permites, debo registrarlo y llamar a médicos del exterior, porque jamás vi esto. Es como si albergaras fantasmas —rió con humor, para hacer las cosas más suaves.

—Doctor, ¿puede verlo? A mi ojo, digo… obsérvelo…

—No veo nada, pero mientras pido que preparen el quirófano para hacer el legrado, te puedo examinar el ojo.

—Estoy sangrando, algo me está saliendo de él… Por favor, hoy no maneje. Está estresado. Camine a casa o tome un taxi.

—¿Qué ocurre, niña? Estás paranoica. Después de todo te has salvado. ¿Imagina que hubieras tenido un niño a tu edad o peor aún, dos? Todo saldrá bien —entretanto iba buscando los materiales para observar ese ojo que ella decía que se le desbordaba.

Cuando el doctor expuso a la luz el ojo, llamando a su colega oftalmólogo para que le observara con mayor precisión, ambos le pidieron que dejara de parpadear, pero les dijo que era algo que no podía detener.

Al rato, despertó en una camilla porque tuvieron que sedarla de lo inestable que estaba.

—Despertaste. Bien. Mira, hemos encontrado algo muy peculiar. A simple vista nadie lo notaría, pero tienes un problema de tener una doble pupila. Hemos percibido que mientras tu ojo se mueve, otro ojo se mueve detrás. Es una malformación de nacimiento. Has desarrollado dos ojos en la misma cuenca. Lo curioso es que el tuyo es verde, y el que se ve por detrás es negro. Por cierto, quizá sientas dolor luego de los calmantes, ya hemos hecho el legrado. Sé que no es bueno que te diga esto, pero en el líquido amniótico salió un pequeño puntito que fue todo el resto humano que había. Era el ojo de un embrión, pero lo extraño es que latía como un corazón. Pienso que eres un caso muy particular, y en el anonimato, analizaremos tu historial lo más que podamos y te ayudaremos con ese problema ocular. Por favor, empieza con la anticoncepción. No te recomendaría ningún embarazo con este tipo de extrañezas. Al menos hasta que podamos avanzar en algo. Por hoy quédate aquí. Necesitas reponer en suero varias cosas. Mañana te veo, adiós.

Perpleja y al borde del llanto todas sus memorias de dibujos de la infancia, comportamientos e incluso visiones llegaron.

Recordaba ver a un niño malformado diciéndole:

—Mala, come niños. Te perseguiré toda la vida, a todas partes. Haré que pierdas todo lo que me robaste. Haré que cargues conmigo. Verás toda calamidad de antemano —el niño deforme parpadeaba con su único ojo color negro. Un ojo izquierdo, con un párpado que bajaba y subía sin cesar.

A la mañana el médico no llegó. Tomó un taxi como ella sugirió y quedó atascado en las vías del tren. Misteriosamente no pudieron abrir sus puertas para salir ni pasajero ni conductor y entonces el tren los aplastó.

Su madre yacía en un charco de sangre con el tenedor clavado en el ojo izquierdo y las moscas comenzando a rodearle. Su padre ahogado en una zanja. Sus hermanos les encontrarían más tarde y antes de enterrarlos comenzarían a disputar la humilde casa entre ellos dos, dejando completamente de lado a Cordelia.

Walter sin saber nada la esperó en la piedra, pero el calor le llevó a arrojarse al agua, para luego tenderse en el césped donde le asestó una gran mordida, tal cual a un manjar, una potente Mamba Negra que le proporcionó una muerte lenta, dolorosa y en soledad.

Cordelia sintió que comenzaba a caer sangre por su entrepierna y corrió al baño dolorida y sin fuerza. Pero antes de higienizarse, se detuvo ante el espejo… se acercó lo suficiente como para abrir grande su ojo y notar que tal cual un eclipse de luna, el verde se iba haciendo a un lado y el negro sobresalía.

Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y se dijo:

—¿Con que irás a todas partes junto a mí, no?

Lo último que se escuchó en su cabeza de aquella voz perturbante, y esa sensación de putrefacción tras su ojo, fue el alarido casi inhumano que salió por su boca aunque no era de ella.

Había tomado un bisturí escabulléndose al quirófano y arrancó toda la órbita ocular por completo, y luego, así, desangrándose, se acostó a dormir en la camilla del hospital.

5 Comments on “Fetus in Fetu (@Sheelag)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: