Dos mujeres, un reflejo (relato, Dra J)

En el momento en que miró a “aquella mujer” recordó todo lo que había sufrido por su causa.

Quizá no debía culparla por lo sucedido, pero era su imagen la que venía a su cabeza cada vez que se acordaba del momento más bochornoso y doloroso de su vida.

Cuando la encontró con él, ese que una vez fue el amor de su vida, quiso que la tierra se volviera un hoyo negro y que su cuerpo fuera tragado o trasladado a otra galaxia; todo con tal de no estar presente. Sintió que el pecho se le comprimía e implosionaba y apenas podía respirar. Un nudo en la garganta le impedía usar ni siquiera una palabra, o un sonido aunque fuese gutural. Solo una lágrima, que pareció un mar en su mirada, fue capaz de hacer brotar por sus mejillas. Sus ojos no veían nada de tanto llanto acumulado en tan solo unos segundos; y esa lágrima, gruesa como una ola del mar, corrió con la fluidez de un río hasta su barbilla y de ahí, en cuestión de instantes, justo hasta sus pies. Ni siquiera el frío salado en sus dedos la sacó del  horroroso ente mental que había provocado aquella imagen.

Aquella mujer, toda ella, con su cuerpo sudoroso desnudo cabalgando sobre su esposo, fue la imagen que se convirtió en la idea fija, que aún cinco años después y ya estando divorciada, le exprimía la mente. Incluso en los días más alegres le venía a la cabeza, como una típica obsesión, inevitable y repleta de pena.

El momento en que dejó esa habitación, la de su propia casa, con ellos dos espantados por haber sido sorprendidos in fraganti, fue el inicio del fin de su vida.

Muchos fueron los intentos de él por terminar la relación en buenos términos. Pero después de aquella charla en la que le dejó claro que no la quería más, sino a “aquella mujer” y tras haber vivido aquella hiriente escena que creyó que solo vería en esas malas telenovelas, no habían buenos términos para aquella ruptura.

Sabía que no era lógico que la odiara a ella más que a él, pero la mente humana es así y la femenina está llena de explosiones histéricas genéticas difíciles de bloquear. Nunca había creído en eso de enfocar a cada género en los estigmas de las diferencias; lo consideraba ilógico, irracional e inhumano, pero esta vez la biología le jugó la mala pasada de la huella de la evolución.

Al final, como todo pasa y la mayoría de las veces las experiencias dolorosas nos aportan elementos positivos insospechados, todo ese sufrimiento le sirvió para algo, le sirvió para ser más fuerte; y sí que lo tuvo que ser cuando solo seis meses después le sobrevino lo peor que había vivido hasta sus cortos 36 años.

Aquella agonía del desengaño fue brutal sin dudas, le dejó la mente agrietada de por vida, pero aquella situación no fue remotamente cercana a lo que sufrió después cuando le diagnosticaron Cáncer de mama. Algo que solo había leído en libros y por pura curiosidad y sed de conocimiento, se había convertido en la tela negra que cubría su vida, aún después de cuatro años. Haber tenido el apoyo de su familia no fue suficiente para apagar la tristeza que acompañó a la situación, aunque sí fue la clave indispensable para rebasar aquella etapa lúgubre, que aún parecía reciente.

Cada vez que iba a las consultas de seguimiento y control, sentía aquella opresión en el pecho, la verdadera angustia por la remota posibilidad de una recidiva. Aún conociendo el protocolo, no podía evitar que todo su sistema nervioso se disparara y la sumiera en un estado de alarma y excitación, que solo terminaba cuando el Doctor le decía: “todo continúa bien, nos vemos en seis meses”;  y ese era justo el momento que acababa de terminar, aquel en el que, cada vez, respiraba profundamente de alivio al irse la desesperación y cruzar al fin la puerta de salida de aquel cíclico purgatorio.

Por eso, aun viendo a “aquella mujer” justo frente a ella, no pudo más que tomar su mano y apretarla fuertemente contra su pecho. Todo el odio del mundo no fue suficiente para borrar aquel llamado de la sala de “Cuidados paliativos”, adonde se dirigió “aquella mujer”, luego de hacer caer dos lágrimas, justo sobre sus pies.

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