Crueldad Animal

 

 

 

«Eres un animal salvaje de lo que dicen por ahí»
Fan de ti, Sidecars

Alguien me dijo que las arañas andan de a par. No lo cuestioné. Lo tomé como una verdad.

Por esa razón aquel día que estaba en el baño y uno de esos arácnidos del tamaño de la palma de la mano casi me roza, perdí la razón y comencé a gritar de impresión.

Acto seguido, llegó mi esposo y la aplastó.

Él tampoco suele matarlas, intenta levantarlas en una hoja o en lo que sea que esté a su alcance, y las lleva con todo temple afuera, pese a que a él es a quien le dan impresión.

Mi reacción es esa para con todo ser vivo pequeño. Lo pequeño me asusta. Pero no me atrevía a matar.

Fui siempre gentil al punto de dejarme a un lado a mí misma. Cuando mi perra ya fallecida tuvo sus nueve cachorros que se aduñaron de mi cama, recluyéndome a dormir en el suelo, lo veía con ternura y mis ojos brillaban.

Así fui siempre en general, y la gente lo notaba, y mucha se aprovechaba de esa generosidad.

Cierto día, pasados muchos años de las cosas que cuento, de mi debilidad al ver perritos abandonados, gatitos, avecillas a la venta en la feria local; ya lejos de todo eso que me torturaba y enfurecía contra las personas, siempre tan oportunistas y otras, tan desmedidamente crueles, mi hijo pidió tener un gato.

Algunos padres somos tan consentidores que le dimos uno.

El gato abandonado, destetado a la primera, casi a la muerte, hizo su impronta conmigo.

Pasé a ser eso que amasa y chupetea como si fuese su mamá. No lo hacía con otra persona, pues yo era la hembra de la casa, y así, tan pequeño y todo, lo sabía.

Morí de ternura y fui quien lo sacó adelante y no lo dejó morir.

Pero luego de meses notando que el acto de mamar contra mi camiseta no acababa, comenzó a causarme ataques de rabia que lo mandaban al otro extremo de la habitación.

—¡Ya deja de hacer eso, carajo!

—«Es que no tuvo mamá.». —Debía soportar a mi hijo repetir las palabras que yo misma decía. Bien dicen que el pez muere por la boca.

—Ya está grande. Va para seis meses. Es un gato grande, pesado, ni siquiera entra contra mi cuello. Se supone que debía irse ese hábito a sus tres meses dijo el veterinario  —le explicaba yo intentando ocultar la histeria que sentía de que un animal me acosara en la casa, pues así se sentía, un acoso.

Había encontrado desde pequeño ese hueco en mi cuello y chupeteaba mi camiseta. No importa si llevaba perfume, lana, seda, algodón, lo que sea servía para simular a una madre. Ya no causaba ternura y se estaba volviendo un tormento.

Mi hijo se fue de vacaciones con el colegio. Tuve que quedarme unos días sola a causa del trabajo de mi esposo.

Hacía tiempo que el gato malcriado que comía como rey, desde atún, el  pienso más balanceado, el paté favorito de gatos y todas esas tonterías, subía a la mesa y robaba nuestra comida.

Esa comida que yo elaboraba o mi esposo con todo amor y dedicación para comer en familia.

El maldito ser de cuatro patas arrastraba hacia algún rincón los muslos de pollo, los bifes de pescado marinado, todo aquello que olía delicioso. Lo peor de todo es que no lo comía, los rasguñaba y mordisqueaba para dejarlo tirado, y así se estropeaba nuestro alimento y en más de una ocasión, nos dejó sin comer,  generando graves controversias respecto a él, y el odio en creciente que se tejía dentro de mí.

Aproveché esos días en soledad. Me quedé sentada, desde lejos, donde tenía una perspectiva fenomenal de la mesa.

Dejé allí servido mi almuerzo: unas patitas de pollo rebosadas con puré de calabacín. Inmutable, tan solo respirando, observé cómo las robaba, y una vez más, las dejaba desperdiciadas por doquier.

Eché la comida al cesto. Ya no estaba hambrienta luego de ver su actitud incalificable.

Me duché, preparé una infusión y llegada la nochecita, me fui a la cama.

El gato siempre me seguía e intentaba lo de siempre, subirse a mi rostro igual si  es que así lograba su cometido, para mordisquear mi camiseta en la zona del cuello y dormirse así, como si aún mamara.

Siempre leí libros sobre la mente, sobre todo aquellos que tratan la conducta humana. Tenemos más conductas o hábitos primigenios de lo que imaginamos. Y en este hogar se formó una guerra entre una matriarca humana, y un gato.

Toda mi ideología de que somos de este mundo y por ende, tenemos que vivir a la par, concediendo los mismos derechos a todos; todo eso que suena precioso e idealista lo eché por la borda cuando un solo ser vino a deshacer mis días pacíficos.

Todos sabemos que la paz no se compra con nada, y que estar en paz trae felicidad, quien te molesta o lo que molesta, no trae paz, por lo tanto debe ser eliminado.

Dejé que el gato me siguiera, lo acaricié y comenzó a buscar esa parte de mi cuello que arañaba, apretaba y succionaba con un ruido molesto, asqueroso, como si estuviese famélico.

Lo acaricié fuerte y el ronroneo era cada vez mayor, hasta que en determinado momento, le abracé sin piedad su cabeza, exclamando:

—¿Así que quieres mamar? ¿Así que a ti te gusta robar aunque eres un gato que come y vive bien mientras otros mueren en la calle? ¿Así agradeces que se te haya rescatado? ¡Gato maldito!

Sentí mi corazón latir fuerte mientras aflojaba los brazos. Ya no necesitaba apretar, y podía quedarme tranquila que los días de rutina pacífica volverían.

Mi hijo sabía que los gatos eran animales muy libres que un día por explorar podían irse y no volver, y ya era lo suficientemente maduro como para entenderlo sin problemas.

Mi esposo me observaría así como siempre lo hace con suspicacia, amor y ese gesto de mover la cabeza de lado a lado señalándome con sus dos dedos índices como si fuese un pistolero: ¨You’re the boss, here, baby¨.

Quizá le asombraría. Me conoció pidiendo perdón a una hormiga por pisarla. Pero todo tiene límites en la vida, y la crueldad es innata, no es verdad absoluta que algún día no pueda emerger.

Eché al gato al vertedero de basura que era vaciado todas las noches. Volví, me duché nuevamente, y dormí mejor que nunca, sin culpas ni molestias.

9 Comments on “Crueldad Animal

      • Sí, los gatos por sus hábitos desafiantes, son más propicios para retorcerlos el pescuezo como el de tu relato. Con una historia de un perrito, seguramente, hubiéramos acabado soltando alguna lágrimita. 😁👍

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      • Y yo hasta de lío con los del PETA explicando que solo es ficción (lo digo porque en esta vida defienden más a los perritos que a los gatos, jaaa. Pobres gatos… son unos discriminados)

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      • Me imagino la escena con un investigador. Un señor más bien bajito, con el pelo revuelto y un chaleco a modo de gabardina que no se quita ni con 40º, haciendo preguntas sin parar hasta que tu delito por aburrimiento confieses.
        Si te ha tocado el Colombo de la PETA ya te veo haciendo trabajos sociales, en perreras municipales, hasta cumplir tu condena; por mucho que te empeñes en que, el gato, solo era asesinado en el relato. 😂😂🖐🏼

        Le gusta a 2 personas

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