Tormento a medianoche (relato de terror Olga LaFuente)

Solo un ajado sillón se conservaba en aquel salón repleto de cajas de la mudanza. El gato de la nueva inquilina se apropio de él en cuanto lo vio. Tal vez, con ellos, hubiera mejor suerte, y no tendrían que salir huyendo cuando diera la medianoche.

Al acabar la jornada, a la joven sólo le apetecía cenar ligero y tirarse en el colchón que había colocado en el suelo de la habitación de la planta superior. Preparó la comida a su gata Mimosa y la felina volvió al sillón, dispuesta a dormir. Después, la joven subió a la habitación, se puso el pijama y se tumbó en la colchoneta.

En la oscuridad, sintió que la gata había subido las escaleras y se colocaba con suavidad a su lado. Su dueña comprendió que Mimosa quisiera estar acompañada esa primera noche, la acarició, y un estremecimiento como el de una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. Era una piel sin pelo. Abrió los ojos y se encontró frente a la espeluznante sonrisa de un joven demacrado que la miraba fijamente.

La mujer salió gritando de la habitación en tinieblas. Al final de las escaleras, estaba el distribuidor donde se encontraba el sofá de la gata, pero, allí, su corazón casi se paró. Mimosa estaba en brazos de una joven pálida, de marcadas ojeras y cubierta con un camisón raído.

La dueña intentó taparse los ojos y volvió a gritar horrorizada. Vio a la muchacha correr hacia el patio interior de la casa, y descubrió que su gata ya no estaba ahí. Se precipitó a buscarla a la cocina, y, cuando llegó, se topó con otro hombre que la miraba con vileza y portaba un gran cuchillo. Ella se agachó y se cubrió la cabeza con ambas manos, como si aquella aparición le fuera a lanzar el arma. Allí mismo, en cuclillas, y aún, con las manos sujetando el pelo, observó que el ser se había evaporado.

Huyó al salón del sillón. Estaba a oscuras. No sabía dónde se situaban los interruptores. Buscaba a su gata entre las cajas, y prestó atención por si la minina hacía algún ruido. Susurraba su nombre mientras avanzaba por aquel laberinto de cartones y chismes, y se paró en medio de la negrura esperando un movimiento del animal. Entonces, sintió una mano rozando su cabello por detrás. Al girarse, se topó con la cara del hombre que se apareció en su colchón. Corrió al otro lado del salón a la vez que tropezaba con los embalajes, seguía buscando un interruptor pero alguien sopló en su oído. Era el otro ente que vio en la cocina. Alcanzó su abrigo y pegó la espalda a uno de los muros de aquel salón. Se colocó la prenda a modo de capa y se cubrió la cabeza, hombros y manos. Sólo los ojos quedaban al descubierto. Temía que esos engendros le rozaran la piel, y se quedó vigilante frente al patio interno, por donde desapareció el espectro que se llevó a la gata.

Ya no susurraba ni se escondía, gritaba el nombre de Mimosa. Era su forma de enfrentarse a aquellos espíritus. Cuando le rozaron el pelo pensó en salir de la casa, pero no quiso abandonar a la felina en poder de esos seres. Los dos espectros se materializaron ante la puerta del patio y la inquilina consiguió tentar a ciegas, una escoba. La agarró con ambas manos con la intención de utilizarla como arma. La movía en zigzag, y ese gesto pareció intimidar a los espectros, que retrocedieron hacia el patio.

En aquel momento, apareció la mujer que se llevó a Mimosa y la dueña sintió que la cabeza le explotaba. Gritó de ira y terror a la vez.

—¡Devuélveme mi gata! ¡Devuélvemela, bastarda! —Sentía que el sudor y las lágrimas le bañaban la cara— ¡Dámela! ¡Monstruo! ¡No me iré hasta que no me la devuelvas!

El cuerpo le temblaba, sus piernas ya no la sostenían y tenía el pijama pegado a la piel. Aquellos espíritus la miraban furibundos, pero la más joven había desaparecido de nuevo. Poco después, los otros dos aparecidos también se evaporaron, como si hubieran atravesado el muro que separaba el patio con el del vecino.

Ahora, en la soledad de la noche, el terror era más intenso. Apoyada contra la gruesa pared del salón, estaba flanqueada por sendos arcos que daban al zaguán y temía que los espectros aparecieran por cada uno de ellos acorralándola a ambos lados. Oía su corazón y los latidos le golpeaban la sien. La respiración era cada vez más agitada y, a pesar de que sudaba por todo el cuerpo, no dejaba de aferrarse al abrigo. No sabe cuánto tiempo pasó mirando hacia el patio, tratando de oír cualquier ruido que delatara la presencia de los entes. Pasó una eternidad hasta que una diminuta sombra cruzó el umbral de la puerta del patio y emitió un maullido. Ese sonido le dio un brinco al corazón, entrecerró los ojos para vislumbrar entre la oscuridad y vio a Mimosa acercarse a ella. Su dueña la cogió en brazos, la colocó bajo el gabán y planeó cómo salir de aquel antro.

Debía cruzar uno de los arcos dirección al zaguán, visualizó dónde había dejado las llaves, pensó que no debía tardar ni una milésima en introducirlas en la cerradura, ni cometer un error en la oscuridad para no dar ninguna oportunidad a los espíritus que rondaban el lugar. Hizo acopio de valor, inspiró con fuerza y atravesó el arco, cogió las llaves de la casa y el coche donde las recordaba, en el aparador de la entrada, e intentó abrir la puerta. Tardó en conseguirlo mientras sentía que el minino le clavaba las uñas en el pecho.

Salió a la calle y huyó al coche dejándose las llaves en la cerradura y la puerta abierta.

En la casa contigua, se asomó una señora que la vio correr con el abrigo aún cubriéndole la cabeza. Por debajo, asomaba el pijama y unos pies desnudos. Cuando llegó al coche, abrió la puerta y echó el pequeño animal al asiento del copiloto. La inquilina se metió y arrancó el auto sin tener tiempo de encender las luces. La puerta del vehículo se cerró cuando ya estaba circulando.

La vecina atrancó la puerta de su casa con cuidado y se dirigió a su salón. En dos sofás, estaban tendidos tres adolescentes cuyos rostros mostraban agotamiento bajo una gruesa capa corrida de maquillaje blanco.

— ¿Por qué ha tardado tanto? —preguntó la mujer.

—No quería irse sin su gato —contestó el mayor de los jóvenes.

—El animal se coló en nuestra casa. Lo estuvimos buscando pero no ha aparecido hasta ahora —intervino el otro muchacho.

—Yo sólo lo quise coger en brazos pero me asusté cuando la mujer gritó y se me escapó —se defendió la chica.

— ¡Pues, con la tontería, nos hemos pasado la noche en vela! —Vociferó la madre—. Y la gente, pronto empezará a salir a la calle. Id a la casa y buscad lo que haya de valor. Quiero tenerla lista para otro inquilino antes de que acabe el mes.

Los jóvenes se levantaron con desgana y se dirigieron al patio interior. Allí, se colaron por una estrecha abertura del muro que comunicaba con el patio vecino.

La madre se tumbó en uno de los sofás y resopló con fuerza.

—¡Vaya nochecita que nos ha dado la buena mujer con el gato!

Olga LaFuente

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