Mi nombre es un olivo (relato Alicia Adam)

MI NOMBRE ES UN OLIVO

Para Servando, cada campo de olivos exhibía su propio peinado. Las explanadas colmadas de árboles plantados a cierta distancia unos de otros con esmerada pulcritud aludían a los hermosos recogidos que las señoras de postín lucían los domingos y las fiestas de guardar. Algunas laderas evocaban la cabellera de Jacinta, frondosa, pero con poco lustre por la falta de medios. Los valles con olivos milenarios que desafiaban a la muerte, generación tras generación de aceituneros, y que eran fieles testigos del traspaso del legado de conocimientos del oficio se le antojaban similares a los pasadores de pelo que constituían parte de la herencia transmitida de madres a hijas y que otorgaban el broche de oro a un semirrecogido. La devastación de los incendios, la mayoría provocados por la mano del hombre, reducía los montes a ceniza, salpicaba el pelaje natural con calvas producidas por el fuego y, como si de un cáncer se tratara, acarreaba la ruina a las familias afectadas. En tal estado se hallaba él, como un campo de olivos lamido por las llamas. Atrapado en un cascarón de huevo, atormentado por fantasmas añejos y con una máxima conclusiva de la opinión que le merecía la enfermedad: «Ningún hombre debería verse jamás reducido a tan poco».

Llevaba seis meses entrando y saliendo del hospital San Agustín de Linares; a esas alturas, lo consideraba una especie de segunda casa, el alojamiento que le permitía arañar algunos meses a su existencia. A sus setenta y siete años, sabía que no debía quejarse: muchos de los compañeros del monte estaban criando malvas, un par ocupaban plazas en una residencia y el resto, a excepción de Fernando, convertido en la marioneta de hijos y nietos, subsistían a duras penas con un pie en el hospital y el otro en el cementerio. Contuvo el acceso de congoja que provocaban tales razonamientos, el llanto y la inquietud zarandeaban su cuerpo de forma similar al vareo del olivo. No obstante, no gozó de semejante suerte para deshacerse de las ganas de vomitar. Se incorporó con tal urgencia que experimentó un súbito mareo. Antes de posar el primer pie en el frío granito esperó unos segundos. Tan pronto como dio los primeros pasos fuera de la cama, advirtió que había sido una pésima idea. En su mente andaba de forma liviana hacia la puerta del baño; pero la realidad fue distinta, cada paso significaba un esfuerzo indescriptible para no desplomarse. Regurgitó una bocanada del almuerzo. Por un instante olvidó el orgullo y que al muchacho con el que compartía habitación le acababan de dar el alta y buscó su presencia para que tocara el timbre que conectaba la habitación con el control de enfermería. Se sermoneó: «Es mejor así. Los hombres curtidos no sucumben a la primera de cambio». Al llegar a la puerta del baño, agarró con ambas manos los bastidores, visualizó el inodoro y se dejó caer de rodillas en su dirección. Después de trocar el vómito por bilis y este por agua, susurró a las paredes: «Guardas tantos secretos, por qué no va a ser este uno más». Se levantó apoyándose en el excusado y limpió el rastro agrio que persistía con arrogancia; aunque con el sabor amargo que afloró al contemplar la imagen vejada en el espejo no podía hacer nada. Esa mañana, el médico informó que incluiría morfina en el tratamiento para paliar los dolores; sin embargo, no mencionó que por añadidura sufriría episodios de pérdida de cordura y escasa movilidad, así que urgía zanjar el pasado. Estaba dispuesto a portar la culpa hasta la tumba, pero no los secretos. Cerró los ojos y se imaginó recién casado. Apenas habían cumplido los dieciocho años. Jacinta acariciaba amorosamente su vientre. Ella con el cabello de color miel recogido en un pañuelo, él castaño; ambos enjutos y con la piel morena aceituna. En el monte no tardaban demasiadas lunas en adquirir ese color, oler y saber a aceituna. Liberó una risita pícara que se cobró una punzada en el estómago y un crujido en el cerebro. Aceptó el pago con gusto porque Jacinta valía eso y más.

El reflejo sacudió aquellos recuerdos y, henchido de orgullo, se deleitó en la imagen parcial de detrás: el menor de sus cinco hijos, alto, apuesto y con brazos y espalda anchos; Antonio, uno de los enfermeros del hospital.

—Dime, ¿piensas quedarte ahí todo el día contemplando lo guapo que eres? —remarcó su hijo con un soniquete burlón para granjearse una sonrisa. Se la concedió. Él también liberó una que murió de forma súbita en cuanto Servando arrugó el entrecejo y se acarició el dolor punzante de la frente. Imaginó que con ese gesto aspiraba a que el dolor menguara. Las piernas le temblaron al descompensar la estabilidad que dispensaba sujetarse con las dos manos al lavabo. El enfermero se anticipó a una inminente caída, lo asió del brazo y lo condujo a la cama—. ¿Qué tal has dormido hoy?

—Bien, hijo, bien… —Durante toda la noche había estado rumiando una idea y optó por ir al grano—. De esta salgo con los pies por delante y necesito ultimar detalles… —Antonio, a pesar de que se había enfundado en una cara de póker para no revelar su desazón, decidió no proporcionar falsas esperanzas. Negar la evidencia no le haría ningún bien; en cambio, la experiencia cosechada en el hospital dictaba que pacientes y familiares agradecían una despedida.

—Hace más de veinte años que hiciste el testamento. Y somos conscientes —habló no solo por sus hermanos, sino por todos los miembros de la familia— de que quieres ser incinerado y que depositemos las cenizas en el olivo que lleva tu nombre.

—Ese último punto preferiría modificarlo. No creo que quede gran cosa del árbol. Andará como yo, más muerto que vivo, si no me equivoco. Había pensado que esparcierais mis cenizas entre el mirador de Vilches y la sierra de Cazorla. —Antonio asintió.

—Creí que cuando murió madre dejaste atrás esa cantinela. ¿No te creerás de verdad esas cosas? Son solo supercherías. —Servando levantó una mano en el aire para cortar las protestas, pero Antonio continuó con la exposición de los hechos que consideraba irrefutables—. Su olivo sigue dando fruto.

—En realidad no, os mentí —rebatió el anciano.

—¿Cómo? Me llevaste a ver el árbol. —Solapó con aquella afirmación sospechas que estimaba infundadas.

—Mereces una explicación. ¿Es posible ahora? —preguntó mirando al uniforme—. No quiero acarrearte problemas con tu jefa.

—No te preocupes. Esta es la última parada de mi turno. Aún no me he cambiado de ropa. —Adivinó la siguiente pregunta y añadió—: No tengo prisa en llegar a casa, así que —lo alentó con una floritura de la mano en el aire, impaciente por que desvelara los detalles— te escucho.

—La tarde que me comunicaste la noticia de la muerte de tu madre, que un tipo borracho la había atropellado… —Servando tragó saliva—. En parte fue culpa mía.

—¡No digas tonterías! Tú no estabas presente, trabajabas. No pudiste hacer nada.

—¡Calla y escucha a tu padre!

Antonio cerró los ojos resignado. Quizás el tumor del cerebro hacía mella en su cordura. Recordó la tradición de la zona: cada jornalero grababa su nombre y los de los miembros allegados de la familia en el tronco de un olivo. Circulaba la creencia de que de ese modo la vida del frutal se ligaba a la de la persona y de que si perecía uno, el otro también lo hacía. Caviló sobre el posible origen de aquella costumbre, esa fe inquebrantable que los capataces alimentaban aseguraba la prosperidad en sus tierras, o por lo menos que los trabajadores tratasen con mimo el sector que les correspondía ordeñar. Pero esa verdad que había creído como un dogma se desmontó tras la muerte de su madre. El olivo seguía en pie y daba aceitunas para la mesa. Sin embargo, poco después de su fallecimiento, al probar la primera oliva verbalizó un pensamiento que, por las miradas que suscitó, supo que todos compartían: «Las aceitunas de mamá no parecen las mismas». Servando contestó sin levantar la vista del plato: «Es normal, hijo. El dolor hace que todo parezca diferente».

El anciano lo extrajo de sus reflexiones al proseguir.

—Me gustaba almorzar a la sombra del árbol de Jacinta, una costumbre que inicié cuando empezamos a salir y que no quise perder con los años de casado. —Servando cogió la mano de su hijo y la apretó; después de aquella confesión las cosas cambiarían para siempre entre ambos y, presagió apesadumbrado, se crearía una fisura imposible de remendar—. Tras la comida me fumé un cigarro y luego volví a la faena. ¿No recuerdas nada especial ese día?

El enfermero entrecerró los ojos atribulado.

—No entiendo a dónde quieres llegar. No recuerdo nada o casi nada. Solo lo que me contaron que pasó, pero no son mis recuerdos. —Leyó en su memoria las distintas versiones—. Mamá caminaba por la acera, en la esquina que daba a casa, y un forastero que iba pasado de copas la arrolló. Según dicen, yo saqué al tipo del coche y lo molí a palos. No quiso presentar cargos, supongo que para ganar algunos puntos de cara al juicio. No mucho más tarde, la fortuna hizo que muriera del mismo modo, pero en esta ocasión el conductor se dio a la fuga. —Dejó escapar una sonrisa ácida—. Sería sano mentirte, pero no lo haré; me alegro. Recé tanto para que tuviese ese final que sentí que mis oraciones fueron escuchadas. Ahora sé que no fue precisamente Dios quien atendió mis súplicas.

—Entonces, ¿quién crees que fue? —Miró de forma inquisitiva a su hijo. Siempre había guardado con celo las suposiciones al respecto y deseaba confirmarlas antes de irse al otro barrio.

—¿Acaso importa? —El enfermero se levantó, se dirigió a la ventana y, de espaldas, zanjó el tema—: Viene a ser la historia de siempre, ¿verdad? Un tipo rico, con un buen abogado que consigue una condena irrisoria. Obtuvo su merecido. Padre, no quiero hablar sobre esto.

Cuando aquel tipo salió de la cárcel, Antonio empezó a seguirlo de forma sistemática y fue anotando sus rutinas, para determinar el momento conveniente en el que eliminar de la faz de la tierra al insecto que había asesinado a su madre. Esa era su obsesión y su único aliciente. Los rezos vespertinos concluían con la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. Él lo personalizó: «quien mata atropellando, atropellado ha de morir». En la fecha propicia, amparado en la clandestinidad de la noche, cometió el crimen. No hubo testigos y la policía nunca llamó a su puerta. Después de aquello, la satisfacción del deber cumplido aplastó cualquier amago de remordimientos.

—De acuerdo, como prefieras —concedió el anciano. Observó a su hijo, que permanecía de espaldas. Las dudas se disiparon, abrigó la certeza de que había sido él—. Quiero que conozcas mi versión. Cuando acudiste a darme la noticia, quedaban restos de humo y ceniza en mi ropa. Acababa de apagar un pequeño incendio que se originó en el árbol de madre, por un cigarro mal apagado, el mío. El árbol murió. —Los ojos se le humedecieron.

Petrificado, Antonio contempló a su padre. Una punzada en la sesera accionó el resorte que desencadenó los recuerdos de aquella fatídica tarde como en una película de super-8. En el plano que enfocaba la cámara observaba aquella escena. Servando lloraba como un niño. Hasta entonces había pensado que su llanto se originó al anunciarle la noticia; pero no, ya estaba llorando cuando él llegó. El ambiente estaba enrarecido por el humo y su ropa tenía restos de hollín. Apestaba a tabaco y a culpa. ¿Cómo no ató cabos antes? ¿Por qué, por qué, por qué? Antonio liberó una a una las preguntas que le atenazaban: ¿por qué su madre murió así? ¿Por qué aquella escoria se había llevado a la persona que más amaba y no a cualquier otra? ¿Por qué dejó de fumar tras la muerte de Jacinta? Para todas aquellas cuestiones había una respuesta inequívoca: él fue el autor moral de la muerte como consecuencia de un estúpido descuido. Había negado la columna vertebral que sostenía su supervivencia; la redujo a supercherías, basándose en una mentira que asumió cegado por el dolor. Añadió una pregunta más a la lista: ¿por qué confesaba ahora? Porque era un viejo egoísta incapaz de asumir un secreto de tamaña magnitud e imploraba perdón antes de comparecer ante el Altísimo.

El enfermero se acercó meditabundo y le susurró al oído:

—Espero que ardas en el infierno.

Salió de la habitación como alma que lleva el diablo. Consideró que no había más que añadir. Cada zancada lo alejaba del monstruo al tiempo que nutría el odio. Condujo con celeridad hasta el monte y se dispuso a presentar sus respetos al sitio donde, según rememoró con cierta dificultad, estuvo plantado el verdadero árbol de su madre. En el lugar había un hueco que nadie se había atrevido a repoblar, por seguir una regla no escrita sustentada en el temor de correr similar suerte. Se arrodilló, cogió un puñado de tierra y la olió. Se secó las lágrimas grises tintadas por los restos de tierra y oscuridad y con celeridad anduvo hasta el árbol impostor. Dilucidó que así debía llamarse el frutal de su padre. Observó con parsimonia que solo conservaba un pequeño brote de vida que se apagaba en una de las ramas.

—Madre, por fin vamos a descansar en paz. —Sacó un mechero con pulsador fijo y lo acercó al brote—. Quien a fuego mata, a fuego ha de morir.

Con la mirada ida en el horizonte, se sintió satisfecho, hasta que la auténtica respuesta a la última pregunta se mostró ante él:

—¡Eres escoria, me has utilizado! —gritó alzando la mirada al cielo—. Espero que ardas en el infierno. Solo había una cosa que temías más que a la muerte, ¿verdad? La agonía y el sufrimiento. Verte reducido a un despojo.

El móvil sonó, era una de sus hermanas.

—Padre ha muerto —dijo con más entereza de la que disponía.

—Lo sé, lo he sentido —musitó arrepentido por servirle en bandeja una muerte más dulce de la que se merecía.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—No ha sufrido. Ha muerto con una sonrisa en los labios —matizó ella con la voz entrecortada por el dolor de la pérdida—. ¿Sabes cuál ha sido su última palabra?

—Mi nombre.

 

Autora: Alicia Adam

Corrección: Laura Cerezo

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